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12 de octubre, nada que celebrar y mucho que lamentar

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

De nuevo el reino español ha celebrado su mascarada habitual, que, a lo largo de los años ha ido recibiendo diferentes nombres: ‘día de la hispanidad’, ‘día de la raza’, de nuevo vuelta con la hispanidad, ‘día de las fuerzas armadas’ y ‘fiesta nacional de España’, pero, en todo caso, el mismo pósito, el mismo ADN conquistador y colonialista de ‘rancio abolengo’; y, claro, ‘olvidando’ las vergüenzas que la historia objetiva (no la oficial) ha confirmado y que la supuesta ‘democracia’ no ha querido asumir; ni corregir su lectura de añoranza imperialista españolista y españolizante, basado en ‘una sola fe y una sola lengua’.

En el reino español se celebra el 12 de octubre desde 1892, mediante el real decreto firmado por la reina regente, María Cristina de Habsburgo Lorena, en nombre de su hijo Alfonso XIII, menor de edad, y en presencia del autor de la propuesta, el presidente del gobierno, Antonio Cánovas del Castillo, en el monasterio de La Rábida, estableció que:

‘El 12 de octubre Fiesta Nacional. Se autoriza al gobierno para presentar a las Cortes en su reunión próxima, un proyecto de ley para declarar perpetuamente fiesta nacional el 12 de octubre en conmemoración del descubrimiento de América’.  

Tras numerosas modificaciones, la ley 18/1987, de 7 de octubre, que confirma el día de la fiesta nacional en el 12 de octubre, no puede ser más abstruso, falso y mal redactado, ya que, en su exposición de motivos, dice:

‘La conmemoración de la Fiesta Nacional, práctica común en el mundo actual, tiene como finalidad recordar solemnemente momentos de la historia colectiva que forman parte del patrimonio histórico, cultural y social común, asumido como tal por la gran mayoría de los ciudadanos.

Sin menoscabo de la indiscutible complejidad que implica el pasado de una nación tan diversa como la española, ha de procurarse que el hecho histórico que se celebre represente uno de los momentos más relevantes para su convivencia política, el acervo cultural y la afirmación misma de la identidad estatal y la singularidad nacional de ese pueblo.

La normativa vigente en nuestro país a este respecto se caracteriza por una cierta confusión, al coexistir, al menos en el plano formal, distintas fechas como fiestas de carácter cívico o exclusivamente oficial.

Se hace conveniente, por lo tanto, una nueva regulación para dotar inequívocamente a una única fecha de la adecuada solemnidad.

La fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma Monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos.

La presente Ley trata de subrayar, a través de la decisión de los legítimos representantes del pueblo español, la especial solemnidad de la fecha’.

Es vergonzoso ‘celebrar’ una conquista sangrienta, por las armas, y aniquilante de las culturas existentes; una excepción que nos confirma que ‘Spain is different’, como popularizó en 1960 el ministro franquista de turismo e información, Manuel Fraga Iribarne (1922 – 2012), de nefasto recuerdo.

Igualmente, es vergonzoso que, en la mencionada ley del 1987, firmada por el trampantojo Felipe González Márquez, mezclase términos como cultura, civismo, pluralidad, etc., y, la expresión máxima sea un desfile militar, con la cabra de la legión, como máxima vedette, a la par de la casa real borbónica. 

Y que en este 2025, ese ritual carnavalesco prepotente se siga manteniendo, es otra de las claras diferencias con los países europeos que tuvieron colonias, y que, tras pedir perdón, de una forma u otra, de modo más o menos leal o forzada, al menos no tienen la indignidad de celebrar esas efemérides.

Y desde el año pasado, a ese ritual macabro, se apunta, orgullosamente, el monaguillo Salvador Illa (president de la Generalitat), obviando que esas fuerzas militares son las herederas y siguen simbolizando la represión de los catalanes, desde 1714. 

Por todo ello, me parece interesante recordar, de nuevo, la genial y clarividente canción ‘El Muro’ (The Wall) de Pink Floyd, editada el 30 de noviembre de 1979; una canción conceptual con más de 30 millones de copias vendidas:

‘Otro ladrillo en el Muro’

Parte 1

Papi ha volado sobre el océano

dejando sólo un recuerdo

una instantánea en el álbum familiar.

Papi qué más dejaste para mí

papi qué dejaste atrás para mí.

Al fin y al cabo es sólo un ladrillo en el muro

Al fin y al cabo es sólo un ladrillo en el muro.

Parte 2

‘No necesitamos ‘la no educación’ (doble negativa)

No necesitamos ‘la falta de control mental’.

No al sarcasmo oscuro en la clase,

profesores dejad a los niños en paz.

¡Hey! ¡profesores! ¡dejad a los niños en paz!

A fin de cuentas, es sólo otro ladrillo en la pared.

A fin de cuentas, sólo eres otro ladrillo en la pared.

‘No necesitamos ‘la no educación’

No necesitamos ‘la falta de control mental’.

No al sarcasmo oscuro en la clase,

profesores dejad a los niños en paz.

¡Hey! ¡profesores! ¡dejad a los niños en paz!

A fin de cuentas, es sólo otro ladrillo en la pared.

A fin de cuentas, sólo eres otro ladrillo en la pared.

¡Mal, hazlo otra vez!

si no te comes la carne,

no comerás pudin.

¿cómo puedes comer pudin

si no te comes la carne?

¡tú!, ¡sí, tú, el de detrás de la caseta de las bicis,

ponte derecho, chaval!

Ayer, en una fiesta popular en mi barrio, un grupo tocó, entre otras, esta canción y, a la mitad de la misma, pararon un momento, y uno de los guitarristas agradeció la asistencia de niños, diciendo que ‘es muy positivo que desde pequeños oigan música en directo, dada la dificultad que tienen, por la gran cantidad de artilugios de los que disponen’, y recordó, ‘asimismo, que sin músicos no hay música’.

Es evidente que todos estamos doblegados a las ‘exigencias’ y características de cada momento, como las expresadas por Pink Floyd y por los intérpretes de ayer; y ahora, me parece perfectamente válida, para aplicarla a la festividad que los españolistas celebran, entre ellos, Salvador Illa, que se creen que su España es lo mejor de lo mejor, el no va más.

Esta mañana, en un programa radiofónico, he oído un fragmento del primer capítulo de la serie ‘The Newsroom’, (primera temporada), creada por Aaron Sorkin en 2012; y en la que Will McAvouy (Jeff Daniels), responde a la pregunta ‘¿Por qué EEUU es el mejor país del mundo?, y Will responde:

‘En cuanto a ti (señala a la alumna que formuló la pregunta), ah, pijilla, si por casualidad entras en una cabina a votar, hay varias cosas que deberías saber y una de ellas es que no hay una sola prueba que apoye la afirmación de que somos el mejor país del mundo. Somos el séptimo en alfabetización, el vigésimo segundo en ciencia, el cuadragésimo noveno en esperanza de vida, el 178 en mortalidad infantil, el tercero en ingresos por hogar, el cuarto en mano de obra y el cuarto en exportaciones. Somos líderes mundiales en sólo tres categorías: número de encarcelados per cápita, número de adultos que creen que los ángeles existen y en gastos de defensa, ya que gastamos más que los 26 siguientes juntos, 25 de los cuales son aliados.

Ahora bien, de esto no tiene la culpa una universitaria de 20 años, pero perteneces, sin embargo y sin duda alguna, a la peor generación que haya existido jamás, así que cuando me preguntas por qué somos el mejor país del mundo, no sé de qué coño me estas hablando. ¿de Yosemite?’

Es evidente que esta realidad, ahora, con Donald Trump, se ha deteriorado.

Y ese discurso (que es muy popular en las redes sociales) me parece que, saltando ciertas distancias, bien podría replicarse ajustándolo al reino español, al que tan gustosamente defiende y avala Salvador Illa, sin el menor sentido crítico de la historia y de la actualidad.  

Por todo eso, debemos esforzarnos para dejar de oír a esos ‘falsos profesores’, a esos políticos, y también al nefasto Borbón (que disfruta como un crío, vestido con su uniforme militar y su gran medalla); y sólo así dejaremos de ser meros ladrillos en su muro, en su pared en la que nos tienen encastados.