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El efecto bandwagon

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

Mañana, martes 27, el consejo de asuntos generales de la UE votará la oficialidad del catalán, el euskera y el gallego, es decir, si pasen a ser lenguas reconocidas en las instituciones europeas. Pero no podemos cantar victoria, ya que el PP está trabajando para conseguir que no se llegue ni a votar, o que se rechace la propuesta, esa es su distorsión cognitiva (definida por León Festinger en 1957), como explico seguidamente.

En la actualidad, la UE tiene 447 millones de ciudadanos de 27 países, y la documentación se publica en 24 lenguas oficiales (pues hay lenguas, como el neerlandés, que es oficial en los Países Bajos y Bélgica; el francés, en Francia, Bélgica y Luxemburgo; el griego en Grecia y Chipre; y el alemán en Alemania y Austria), si bien, en realidad, en la UE hay otras 60 lenguas habladas (regionales), que también se remontan a la Edad Media, que fue una época de división entre diferentes naciones, por lo que se crearon muchas lenguas vernáculas. Por eso, el lema de la UE especifica ‘in varietate concordia’ (unida en la diversidad).

Es preciso señalar que, ‘curiosamente’, la salida del Reino Unido de la UE en el año 2020, no supuso la eliminación del inglés como lengua oficial, ya que es la lengua franca internacional. Las tres lenguas de trabajo de la Comisión Europea son el inglés, el francés y el alemán, las tres más habladas; en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea es el francés; y en el Banco Central Europeo, el inglés.

Entre las lenguas oficiales se encuentran las minoritarias como el maltés y el irlandés, por lo que, según los acuerdos, no todos los documentos deben ser traducidos a esas lenguas.

Aún así, para el reconocimiento del catalán, euskera y gallego, hay estados como los Bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) que se oponen, argumentando que eso abriría la puerta para el futuro reconocimiento del ruso, que en esos estados es la segunda lengua más hablada; si bien, en su constitución no se contempla como cooficial. Pero también Alemania, Francia e Italia no están por la labor de esos reconocimientos, ya que eso, a la larga, podría comportar demandas de lenguas ‘regionales’ minorizadas en su país. Asimismo, Francia argumenta que, si bien ahora Pedro Sánchez se compromete a pagar el coste de la traducción, y contra-argumenta que, en el futuro, con otro gobierno (PP y Vox) ese ‘compromiso’ podría decaer, con el consecuente ‘inconveniente’. Pero, ‘cosas de la falsedad política’, ninguno de esos países quiere quedar como el único a negar la incorporación de esas tres lenguas.

Por eso, la situación no es para echar las campanas al vuelo, pues, además de esos inconvenientes mencionados, que, no lo olvidemos, con un único voto negativo, la situación decae, ya que ha de ser aprobada la moción por una unanimidad (las abstenciones, no frenan el proceso, se añaden a la mayoría resultante), y podría ser que el catalán continuase en el limbo, a pesar de ser hablado por muchos más ciudadanos que las lenguas bálticas, el irlandés, el maltés, etc.

Pero el ‘problema’ mayor para ese reconocimiento, lo tenemos en el reino español, ya que el PP y Vox están en contra, pues consideran que se rompe la unidad, su unidad, de lo que ellos se empeñan en llamar ‘español’, a pesar de que la constitución le denomina, correctamente, como castellano.

Y para frenar el acceso de las tres lenguas (catalán, euskera y gallego) se han movilizado, para ‘convencer’ a sus afines conservadores, con el argumento de que Pedro Sánchez no lo promueve por cuestiones legales ni lingüísticas, sino por conveniencia política (pacto con Carles Puigdemont, para conseguir la investidura de la presidenta del congreso de los diputados, Francina Armengol). Es preciso recordar que, en setiembre del año 2023, ya consiguieron posponer la votación

Por todo ello, nos encontramos en una situación geopolítica, en la que los principales líderes presentan una disonancia cognitiva, pues dicen una cosa y hacen o piensan otra totalmente distinta. Por ejemplo, Pedro Sánchez tiene un ADN español-castellanizado, pero se ve forzado a promover el reconocimiento de las lenguas cooficiales por pura y exclusiva conveniencia personal, para perpetuarse en el poder. Igualmente, Alberto Núñez Feijóo (PP), argumenta excusas varias, pero no clarifica que su pensamiento único y prioritario, es mantener la sacrosanta unidad española (su política en las comunidades autonómicas que gobierna, aplica una política de división del catalán (valenciano, mallorquín, menorquín, etc.) y de reducción de su protección y de reconocimiento. Igualmente, los líderes europeos como Emmanuel Macron, Giorgia Meloni, etc., tienen sus ‘problemáticas’ específicas. 

Es decir, todos ellos tienen el conflicto interno entre sus creencias y la oportunidad, por lo que esa votación les comporta una gran incomodidad y tensión política.  Y si bien la disonancia cognitiva se da cuando los sujetos son libres para pensar y actuar (en el caso de no serlo, las estrategias son justificaciones de evitación), por eso, hasta mañana no sabremos si se llega a votar (y cómo) o si se vuelve a posponer. Que el ministro de asuntos exteriores, José Manuel Albares, no tenga previsto desplazarse mañana, no es un buen augurio, y podría confirmarnos, nuevamente, que nos encontramos ante una nueva estrategia del tahúr Pedro Sánchez; y, si es así, mañana será otro día nefasti (nefasto)

Es sabido que los nacionalistas españoles tienen el mencionado sesgo cognitivo, es decir, el prejuicio o predisposición cognitiva de base, que determina y configura su pensamiento; y esas alteraciones son difíciles de eliminar y/o superar; y de ahí la distorsión cognitiva mencionada.

Y la consecuencia es que así, se potencia el efecto bandwagon (*) que he citado en el título de este escrito, es decir, el efecto arrastre, efecto de la moda, que magnifica el oportunismo y el comportamiento gregario.

(*) anglicismo que significa un carro que lleva una banda en un desfile, circo u otro espectáculo. Denominación usada por primera vez en la política estadounidense en 1848, por causa de Dan Rice (Daniel McLaren, 1823 – 1900), bufón personal de Abraham Lincoln (1809 – 1865), que utilizó su bandwagon de payaso profesional, como ‘llamada’ en las apariciones del candidato en la campaña.

El efecto bandwagon, finalmente, es la razón del éxito del ‘argumentum ad populum’, que es la ‘probabilidad de que los individuos adopten determinada acción, se incrementa con la proporción de quienes ya lo han hecho’. Y ese fenómeno es observable en las elecciones de toda índole, pues muchos sujetos votan a aquellos candidatos o partidos que es probable que resulten ganadores (o que las encuestan dan como vencedores), pues muchas personas son acomodaticias, oportunistas, y quieren sentirse del lado triunfador. Y ese es el resultado del efecto arrastre de los sujetos acríticos.

Es cierto que en el reino español predomina el pensamiento con un poso franquista o neofranquista, que se autojustifica mediante la unidad de su patria, ‘atada y bien atada’, como la dejó el dictador y asesino. Y en ese caldo de cultivo, los líderes nacionalistas españoles, desde Pedro Sánchez hasta Alberto Núñez Feijóo, se basan en esa oclocracia mental, es decir, avalando el gobierno de esa muchedumbre (en griego, ojlokratia, era el poder de la turba), y se refería a una forma indirecta de gobierno autoritario, que era la degeneración de la democracia.

Así, nos encontramos en una situación que es un claro ejemplo de ‘principio de no autoridad’, que afirma que ‘la importancia y relevancia de una determinada afirmación es independiente de la importancia, relevancia o estatus de su autor’; principio que es fundamental en las ciencias, pero que es nefasto a nivel de las conductas sociales, ya que comporta el mencionado efecto arrastre, con sus consecuencias borreguiles.

Y ante esa conformidad, ese conformismo pasivo, ejerce de cohesión social, como lo vimos en octubre del 2017, que ‘despedían’ a sus policías con el grito de ‘a por ellos’, que éramos nosotros, los independentistas catalanes. Y así, vemos que en el reino español no hay nada que cohesione más, que criticar o atacar a Catalunya.

Por eso, sólo nos queda una salida, evitar la ‘espiral de silencio’ que nos quieren imponer (Salvador Illa, 155) es el gran defensor de esa espiral, siguiendo a su jefe Pedro Sánchez. 

La politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann (1916 – 2010) definió esa espiral, en su libro ‘La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social’ (1977), demostrando que el control social comporta que los individuos adapten sus comportamientos a las actitudes predominantes, obviando lo que es aceptable o no. Para esa autora, ‘la opinión pública es la piel que da cohesión a la sociedad y, en consecuencia, se aíslan a los individuos que expresan posiciones contrarias a las asumidas como mayoritarias, de tal forma que el comportamiento del público está influido por la percepción que se tiene del clima de opinión dominante’.

Hace muchos meses cité el libro ‘Yo piel’ (1987), del psicoanalista francés Didier Anzieu (1923 – 1999), que considera la piel como metáfora de la función del yo, como delimitación y protección.

Pero la distorsión se da cuando nuestra piel pasa a ser la opinión pública, como señaló Noelle-Neumann. 

Por eso debemos potenciar la colaboración entre los independentistas, pues sólo así potenciaremos la inteligencia colectiva. 

El príncipe ruso Piotr Alekséyevich Kropotkin (1842 – 1921), geógrafo y teórico político escribió ‘El apoyo mutuo: un factor en la evolución’ (1902), basándose en la experiencia del día a día en expediciones científicas a Siberia, para ilustrar el fenómeno de la cooperación:

‘Pero la sociedad, en la humanidad, de ningún modo se ha creado sobre el amor ni tampoco sobre la simpatía. Se ha creado sobre la conciencia -aunque sea instintiva- de la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los hombres. Se ha creado sobre el reconocimiento inconsciente – semiconsciente – de la fuerza que la práctica común de dependencia estrecha de la felicidad de cada individuo, de la felicidad de todos, y sobre los sentimientos de justicia o de equidad, que obligan al individuo a considerar los derechos de cada uno de los otros como iguales a sus propios derechos’.

En definitiva, que, ante esos poderes represores, y el consecuente círculo vicioso mental entre la ciudadanía y sus ‘pseudo-líderes’, a los independentistas catalanes sólo nos queda la imperiosa necesidad de coordinarnos y apoyarnos mutuamente, pues sólo así podremos romper la actual dinámica devastadora del efecto bandwagon que nos quiere arrastrar (anular e invisibilizar)