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En los plenos del congreso de diputados de ayer (09/07), el de la mañana, dedicado a debatir sobre la corrupción y, el de la tarde, a la política sobre el incremento de armamento exigido por la OTAN, pudimos ver que los mensajes de todos los partidos políticos rozaban el populismo, más que argumentaciones éticas y objetivas, como intento exponer a continuación.
Todos, o muchos, desean ser populares, famosos, y este deseo, en sí mismo, no es positivo ni negativo, pues toda valoración dependerá del propio objetivo, motivo, las causas y los medios utilizados para conseguir esa popularidad.
Asimismo, el término ‘populismo’ sí que tiene una significación peyorativa, y generalmente se asocia a sentimientos antisistema y antipolíticos, si bien, como vemos, los partidos políticos sistémicos, como el PSOE y el PP, también buscan enfatizar la idea de sintonizar y representar a la ‘mayoría’ ciudadana, cuando, en realidad, eso no son más que excusas para ‘justificar’ las medidas que más convienen a sus propios intereses.
Esa estrategia, en realidad, es una falacia muy antigua, conocida como el ‘argumentum ad populum’ (dirigido al pueblo), que es un sofisma basado en la supuesta opinión popular, que se suele tomar como válida, porque mucha gente lo cree así. Por ejemplo, ‘si para la mayoría A, es verdadero, A es verdadero’.
Pero en la democracia, una decisión no se puede catalogar como verdadera o falsa, buena o mala, de acuerdo con el número de votantes; eso, lo único que demuestra es que más gente quiere esa decisión. Es evidente, Donald Trump ganó las elecciones, y eso demuestra que en aquel momento obtuvo más votos.
Y en el reciente congreso del PP, del pasado fin de semana, el nefasto José María Aznar, en su papel más populista, en el sentido más despectivo y peyorativo, apeló a los bajos instintos de sus acólitos, vociferando, refiriéndose a Pedro Sánchez: ‘si negocias presupuestos en una prisión, te asocias con presidiarios y pactas una amnistía con delincuentes, no te extrañe acabar en la cárcel, porque ese es tu ambiente (…) en la España de Sánchez, los delincuentes escriben la ley y el gobierno viola el derecho (…) el cambio es urgente, para que los delincuentes dejen de estar en los despachos legislando y pasen a estar en la cárcel (…)’.
Y esos mensajes, como los de Trump, calan muy bien y rápido entre la población acrítica, ávida de sus propias ambiciones y egoísmo, deseosas de conseguir lo mejor, lo máximo, con el menor esfuerzo y con nulo sacrificio.
Filosóficamente, lograr el máximo con el mínimo esfuerzo, es decir, con el mínimo gasto de energía, es una opción inteligente y eficiente.
Pero no es el caso, obviamente, en las situaciones de los ejemplos mencionados (Trump y Aznar, pero también Alberto Núñez Feijóo y Pedro Sánchez, claro), pues, la supuesta inteligencia nos debería permitir ver más allá del cortoplacismo que nos proponen esos nefastos ‘políticos’.
Tradicionalmente se ha asociado el éxito al sacrificio, al esfuerzo y a la persistencia (la letra con sangre entra); pero todo debe estar ponderado y equilibrado, ya que el sacrificio extremo es contraproducente, tanto para la salud física como psicológica y, también, para la convivencia, para la sociabilidad.
Así, constatamos que tanto la ley del mínimo esfuerzo, como la del sacrificio máximo, tienen efectos secundarios adversos, como los tiene la consideración de que la opción fácil debe ser valorada como buena, como la mejor.
Y, asimismo, también tienen efectos adversos las filosofías y psicoterapias consideradas de autoayuda, presentando argumentos extraídos de culturas ajenas (orientales), como, por ejemplo, el concepto japonés ‘kaizen’ (cambio a mejor), base de la ‘mejora continua’.
Pero toda esta situación, tan negra y pesimista, no nos debe llevar al desánimo ni a la desesperación, ni mucho menos. Debemos ser capaces de ver el tremendo Mar de los Sargazos, o del Triángulo de las Bermúdas, en el que nos encontramos, por más alejados que nos consideremos del océano Atlántico.
Sólo así podremos ser capaces de reconocer que el mayor peligro de cada uno de nosotros, somos nosotros mismos, nuestras creencias, nuestras ilusiones, nuestros deseos. Y, llegado ese momento, podremos ponderar, adecuadamente, los caminos a seguir para alcanzar la meta deseada: las República Catalana.
Así que, en gran parte, depende de nosotros, de nuestra capacidad de aislamiento del ruido medioambiental generado por el reino español que, como el mencionado Triángulo de las Bermúdas, produce efectos muy extraños que rozan lo paranormal.