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El lado oscuro, la sombra

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

Desgraciada (o afortunadamente) no todo es luz y claridad. Es sabido que a nivel personal también hay claroscuros, Freud y Jung estudiaron ampliamente la ‘sombra’, el inconsciente, determinante de rasgos y actitudes que el yo (consciente) no reconoce como propios. Igualmente, a nivel social podemos observar zonas negras, conformadas por acciones realizadas conscientemente, pero que no hacemos públicas, pues sabemos que no son ‘aceptables políticamente’. Y a esta compleja inestabilidad le llamamos vida y sociabilidad.

Atendiendo a los aspectos personales, en ese equilibrio inciden diferentes aspectos, si bien en este escrito me centro en los dos siguientes:

  • el conformismo y la obediencia (que definen la relación fundamental entre el grupo de referencia y la persona individual, como estudió el psicólogo Solomon Asch, 1907 – 1996) Asch estudió, asimismo, diferentes efectos: el efecto ‘halo’, consistente en inferir destrezas, capacidades y atributos a ciertas personas; y el efecto de la primacía de los medios de comunicación como estímulos del pensamiento; etc.; y
  • la cosificación (una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y, por lo tanto, no se considera responsable directa, como estudió Stanley Milgram, 1933 – 1984) Este psicólogo investigador efectuó experimentos con descargas eléctricas (ficticias sobre un actor) si bien los estudiantes creían que eran reales las cargas, los efectos y el sufrimiento del sujeto. También estudió la diferencia entre dañar o matar de forma anónima a una persona próxima o a cientos de desconocidos, lejanos.

Y todo eso, amparado por el paraguas de la banalidad del mal, como describió Hannah Arendt (1906 – 1975) en su ensayo ‘Eichmann en Jerusalén’ (1963)

Es decir, tenemos muchos mecanismos de defensa para autojustificarnos y para justificar acciones de las personas que consideramos, o con las queremos considerarnos afines.

Y claro, la variabilidad es inmensa, dada la población mundial, de alrededor de 8237 millones de personas; y los estándares dominantes, aceptados como ‘correctos’, varían en función de los diferentes ámbitos culturales. Ahora bien, sobre todo, prevalece, o debería prevalecer, la premisa de ‘no hacer a los otros, lo que no quieres para ti mismo’, pues esa es la regla de oro de toda ética (‘nunca hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti’, como dijo Confucio, Kongzi, 551 a.C. – 479 a.C.)

Pero con todo, sabemos y vemos que hay acciones, como las guerras, la explotación económica y climática, etc., que son adoptadas obviando toda ética y moral, e, incluso, dudo que tengan el mínimo aval racional, ya que lo que impera es la avaricia, la acumulación por la acumulación, prescindiendo del mal causado o que pueda causar (por ejemplo, el genocidio en Gaza, la muerte por la falta de alimentos y medicinas, etc.)

Todas estas ideas y pensamientos me los he replanteado tras la lectura, ayer, de un artículo en Vilaweb, reproduciendo el publicado por Terrence McCoy y Marina Días, en The Washington Post. El artículo de Vilaweb se titula ‘La lucha solitaria del sacerdote que ha destapado el ‘campo de concentración’ de Volkswagen en la Amazonia’, y explica las décadas de investigación del sacerdote y activista por los derechos humanos, Ricardo Rezende, que ha conseguido llevar a Volkswagen a los juzgados por sus prácticas laborales en la Amazonía, donde centenares de hombres fueron esclavizados y torturados durante décadas. Rezende pudo documentar, desde 1977 a 1987.

Obviamente, recomiendo la lectura completa de ese artículo, a pesar de ser duro. Pero la realidad es la que es. Y la mencionada empresa debería ser castigada y penalizada para afrontar todo tipo de compensaciones. 

Conocemos que, durante el nazismo, muchas empresas (y no sólo en Alemania) se beneficiaron utilizando mano de obra esclava; igualmente, tras la victoria del dictador y asesino Franco, aquí utilizaron a millares de presos para construir diferentes obras, entre ellas, su maldito Valle de los Caídos; y en la actualidad, hay empresas extractivas que siguen explotando tierras africanas, utilizando prácticas muy alejadas de los derechos humanos, pero claro, obteniendo millonarios resultados. Esta dinámica es tan antigua como la humanidad. Pero no es justificable, y menos en pleno siglo XXI.

Pero sabemos que incluso en este siglo, los poderes siguen manteniéndose y autoprotegiéndose, blindándose con todo tipo de leyes y artilugios (por ejemplo, para evitar que votemos, que expresemos nuestra voluntad), ese es el poder del ‘lado oscuro de la fuerza’ que sigue el camino del mal, aprovechándose del miedo y el sufrimiento, como Darth Vader y Darth Sidious en la saga de la Guerra de las Galaxias (Star Wars, de George Lucas, estrenada en 1977)

Y siguiendo con esa metáfora, la gran masa somos incapaces de unirnos, soñamos con la aparición de los Jedi, que nos rescaten, con el mínimo coste y sacrificio por nuestra parte.

Y es evidente que no es saludable esperar ayudas angelicales y milagrosas, todo requiere sacrificios y esfuerzos, motivación e ilusión.

Nota final: en mi escrito de ayer, hice mención al pensamiento del historiador Borja de Riquer i Permanyer, pero, por error, lo atribuí a su padre, el filólogo Martí de Riquer i Morera; un ejemplo más de la influencia del lado oscuro.