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Es muy fácil hablar de genocidio, de racismo, de clasismo, de sexismo, de paternalismo, de machismo, etc., refiriéndonos a sociedades ajenas, lejanas, pero, es difícil, si nos referimos a nuestra sociedad, a nuestro colectivo; ya que destacar nuestras interacciones, es más complejo, pues, en realidad, es hablar de nosotros mismos, como intento exponer a continuación.
Sobre el particular, en primer lugar, para centrar el análisis, me parece interesante resaltar los últimos sucesos del reino español:
- El pasado 9 de julio, en la localidad murciana de Torre-Pacheco, un vecino de 68 años fue agredido mientras paseaba su perro; las horas y días siguientes se difundió por las redes sociales que el agresor había sido un emigrante marroquí (el 30% de la población der esa localidad 400.000 habitantes, tiene ese origen), y el 11 de julio y siguientes, se efectuó una manifestación de extrema derecha, de cacería y venganza;
- El 15 de julio, un incendio ocasionado quemó la mezquita de la localidad de Piera (Barcelona), con 17.550 habitantes (el 34,64% de origen marroquí, a finales del 2022);
- El 28 de julio, el pleno del ayuntamiento de Jumilla (Murcia), presidido por el PP, aprobó una moción de Vox, para instar a la corporación a prohibir la celebración musulmana de la Fiesta del Cordero y ‘otras conmemoraciones similares ajenas a nuestras tradiciones, en espacios públicos’;
- Hoy, 11 de agosto, el gobierno español ha activado la polémica distribución por la península, de los menores extranjeros no acompañados (menas) localizados en las Islas Canarias, en cuyo archipiélago, a principios de año, había 5500 menores y, en este año ya han llegado otros 2800;
- Etc.
Viendo el avance de los partidos políticos de extrema derecha y derecha en el mundo occidental; fundamentando sus programas en el racismo, y, viendo que esos programas van siendo asumidos por los todavía considerados, y autoconsiderados, partidos de izquierdas, es evidente deducir que las diferentes sociedades, progresivamente, se van convirtiendo en exclusivas, perdiendo su original inclusivo.
Y así, los pronombres ‘nosotros’ y ‘vosotros’, son términos que pierden parcialmente su contenido, ya que:
‘Nosotros’ significaba ‘yo y otros más’; si bien, etimológicamente, el ‘nos’ en latín no hacía referencia al ‘yo’, su origen está en el ‘nes’ (nosotros) indoeuropeo; y no fue hasta la Edad Media que las lenguas romances introdujeron el ‘nos’ mayestático, de majestad y pleitesía. Así, el ‘yo’ del nosotros, según los lingüistas, es un yo sociativo, inclusivo.
‘Vosotros’, siguiendo esa misma línea etimológica, se refería al ‘tu y otros’, y, como en el caso anterior, el ‘alter’, acabó desplazando al ‘alius’ (otro distinto, diferente). Y, como el ‘nos’, el ‘vos’, también es de origen tardío.
Así, en ambos casos, el ‘yo y otros’ frente al ‘tu y otros’, marcan una diferencia clara, como destacan los especialistas, que señalan que ‘nosotros’ no es un plural como libros, ya que libros es una suma de libro, libro, libro…, y el total es las veces en que libro aparece en libros. Mientras que ‘nosotros’ no es la suma de yo, yo, yo…, pues el yo sólo aparece una vez.
Y así, nos encontramos, el yo y los otros (no yo, pero que consideramos similares), con el tu (otro no yo) con otros similares a ese no yo, y disimilares a nuestro yo.
Visto así, parece que la soledad del yo, se compensa, o puede complementar, con los otros similares. Y, por lo tanto, la sociabilidad depende de esa semejanza.
Y esa semejanza no deja de ser artificiosa, pues depende del factor de similitud que adoptemos en cada caso y situación. Así, unas veces el factor es económico, religioso, de género y orientación sexual, deportivo, etc.
Y para analizar objetivamente cada situación ‘problemática’, es imprescindible reconocer ese factor que se considera diferenciador en cada caso concreto; pues, en caso contrario, obviar el factor diferenciable, y generalizarlo a la religión, que es el recurso más fácil, es potenciar el odio, pues los pensamientos relativos a las creencias, a la fe, son bastiones irreductibles, como nos han demostrado las infinitas guerras entre las religiones.
La constitución establece que el estado es laico, aconfesional, pero claro, es fácil obviar ese factor religioso, permitiendo todo tipo de manifestaciones y procesiones de la religión católica; al asumirlas ‘cultural e históricamente’, y, denostar las manifestaciones de otras religiones. Por lo tanto, el rasero debería ser único y homogéneo, solo así se evitarían diferencias de trato y de consideración. Y, en ese sentido, el laicismo debería ser total.
Por su parte, el ‘buenismo’ utópico nos haría pensar que la característica de persona, de ser humano, es la única que debería ser válida para unirnos, para ver las coincidencias entre los diferentes ‘yos’, y, así, superar las diferencias que comportan las alteridades.
Pero la realidad es compleja y, así como nosotros mismos somos volubles, y nuestro yo es dependiente de las circunstancias puntuales y temporales; deberíamos ser capaces de comprender esa variabilidad, también, en los otros.
Y, llegado el momento, deberíamos ser capaces de ser coherentes con nuestras propias convicciones, pues, si la integración de la inmigración es compleja, en gran parte lo es por un problema económico, ya que si pudiesen solucionar sus problemas administrativos por sus ‘papeles’ de identificación y consideración cívica (derechos y deberes), y pudiesen trabajar con salarios dignos que les permitiesen vidas vivibles, con viviendas y seguridad, con gran probabilidad se reducirían los actuales guetos, y las consecuentes derivadas de concentraciones en los centros educativos y sanitarios.
Obviamente, si el gobierno central actuase de forma objetiva y moral, facilitaría los recursos económicos precisos, para que cada comunidad autonómica pudiese acoger correctamente a los inmigrantes, contemplando toda su problemática socio-sanitaria, para posibilitar su integración, y no, como en la actualidad, olvidándose de los menores, al cumplir los 18 años, y librarlos a la suerte de la jungla, como hacen en la actualidad.
Por eso, si proseguimos con nuestros prejuicios implícitos y explícitos, y seguimos valorando nuestros estereotipos, continuaremos considerándolos extraños, pero, claro, no nos autoconsideraremos racistas, esa etiqueta la aplicamos a los otros, nunca a nosotros mismos, cuando, la realidad es que todos lo somos (consciente o inconscientemente); por eso es tan popular, en las redes, la pregunta retórica ¿qué somos, leones o huevones?
Es evidente que si fuéramos y nos considerásemos ciudadanos, con plenitud de interacciones sociales, derechos y obligaciones con los ‘otros’, seríamos leones; ahora bien, mientras sigamos siendo clientes, con interacciones económicas, dependientes de partidos políticos que nos venden sus programas y sus ideas, y, por lo tanto, con derechos y obligaciones únicamente si les compramos sus programas, productos y estereotipos (los que no los compran, según esa lógica, no tienen ni esos derechos y obligaciones), seguiremos siendo huevones (tontos, cortos de entendimiento)
En definitiva, deberíamos ser críticos, e intentar ir al fondo del problema, y para eso es preciso realizar un verdadero análisis factorial y, posteriormente, ponderar las conclusiones atendiendo a la complejidad psico-socio-cultural. Y nunca, extrapolar y generalizar los hechos, los problemas puntuales, como tienden a hacer los partidos políticos y los medios de comunicación subvencionados por unos u otros.