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Es sabido que, para garantizar una correcta comunicación, el lenguaje debe ser claro y preciso, ya que así se asegura que el receptor entienda el mensaje del emisor. Ahora bien, hay personas e instituciones, en determinados ámbitos, que prefieren ‘cantinflear’, como intento explicar en este escrito.
En primer lugar, es preciso señalar que con la expresión ‘cantinflear’, en recuerdo del genial Fortino Mario Alfonso Moreno Reyes (Cantinflas, 1911 – 1993), se entiende una manera de hablar enredada. Ese verbo está aceptado en el diccionario de la RAE: hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia. Podríamos reproducir infinidad de ejemplos, pero los siguientes ya me parecen ilustrativos:
- ‘Ya lo dijo el gran poeta, que en realidad no lo dijo sino lo escribió, aunque antes lo dijo en su mente y lo transcribió en un papel, que mientras uno diga lo que tiene que decir, todo quedará dicho como dice el dicho’
- ‘Estamos en guerra porque ya estamos. ¿Por qué razones?, ustedes me dirán. Y yo les contestaré: razones fundamentales que todo conglomerado debe entender y son tres: la primera, la segunda y la tercera. ¿Qué cosas verdad? Pues así es’.
- ‘Para mí todas las ideas son respetables, aunque sean ideítas o ideotas’.
Y a lo largo de la historia múltiples estudiosos han analizado el lenguaje, como Platón, en su obra Cratylus (Crátilo, escrita en 360 a. C.), en la que:
‘Hermógenes le pide a Sócrates que intervenga en la discusión que mantiene con Crátilo sobre si el significado de las palabras viene dado de forma natural (como postula Crátilo) o si por el contrario es arbitrario y depende del hábito de los hablantes (como propone Hermógenes). Crátilo sostiene la concepción presocrática de que la palabra contiene ciertos sonidos que expresan la esencia de lo nombrado. Así, dice: ‘el que conoce los nombres conoce también las cosas’ (…) La tesis de Hermógenes es muy diferente, afirma que la relación entre el nombre y lo nombrado viene dado por la costumbre y la convención. Los nombres no expresan la esencia de las cosas, y pueden reemplazarse por otros si los que emplean la palabra así lo acuerdan. (…) Sócrates no se muestra de acuerdo con ninguna de las dos propuestas, y rechaza el lenguaje como revelador de la verdad’.
En su poema El Golem, Jorge Luis Borges evoca la polémica del mencionado coloquio platónico, diciendo: ‘Sí (como afirma el griego en el Crátilo) El nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa. Y todo el Nilo en la palabra Nilo’.
(fuente Wikipedia)
Y más recientemente, diferentes disciplinas, como la lingüística, la semántica, la pragmática, etc., han analizado y clarificado los aspectos que inciden en nuestra forma de hablar. Y prescindiendo de tecnicismos y academicismos, popularmente estamos de acuerdo aceptando que el lenguaje debe respetar la regla de llamar: ‘Al pan, pan y al vino, vino’ (*), y que es preferible decir las cosas sin rodeos y con sinceridad.
(*) Según algunas informaciones, esta expresión viene de los tiempos de Martin Lutero, Ulrico Zuinglio e Ítalo Calvino, al discutir si en la eucaristía, estos alimentos eran sólo eso y meros símbolos del cuerpo y sangre de Jesús.
Me parece que el tema del presente escrito ya ha quedado suficientemente claro, y no es preciso detenernos en otros postulados con controversias sobre el pensamiento y lenguaje, como los que expresaron Lev Semeónovitx Vigotsky (1896 – 1934), Jean William Fritz Piaget (1896 – 1980) o Noam Chomsky (n. 1928)
De este largo preámbulo se desprende, asimismo, que en toda comunicación ha de haber un interés y voluntad de ser transparentes y sinceros; pero sabemos que, desgraciadamente, muchas veces hay intereses que buscan ‘cantinflear’, para no decir nada. Y, lo que es más grave, hay ocasiones en las que determinados líderes políticos, económicos, religiosos, etc., carentes del requisito básico del servicio público y de toda ética y moral, mienten más que hablan, como dice el chiste: ‘Cuando un diplomático dice sí, quiere decir quizá; cuando dice quizá, quiere decir no; y cuando dice no, no es un diplomático’.
Y dada esta compleja situación, es comprensible la interesada confusión respecto a temas y conceptos más complejos, como el del genocidio, los crímenes de guerra, los crímenes de lesa humanidad, por ejemplo. Y este es el núcleo duro del presente escrito, inspirado en los comentarios y lectura que ayer, un compañero, amablemente nos compartió, en la manifestación de Meridiana Resisteix (los miércoles, dedicamos un tiempo a lo que denominamos ‘placeta literària’)
Pues bien, nuestro compañero, tras destacar el reciente interés en la utilización del término ‘genocidio’, sin matices, en diferentes medios de comunicación, hizo una breve referencia a Raphael Lemkin (1900 – 1959), jurista judío polaco, que acuñó el término ‘genocidio’ y que fue el principal impulsor para que fuese reconocido como delito por el derecho internacional. El término genocidio apareció, por primera vez, en su libro ‘Axis Rule in Occupied Europe’, publicado en los EUA en 1944.
Asimismo, nuestro compañero nos informó de la traducción de esa obra, efectuada por Gonzalo Rodrigo Paz Mahecha, y nos facilitó la reseña para poder ampliar la información al respecto, y por la que podemos ver algunas especificaciones como:
‘¿Sería asesinato masivo un nombre adecuado para el fenómeno del ‘genocidio’? creemos que no, ya que no connota la motivación del crimen, especialmente cuando la motivación está basada en consideraciones raciales, nacionales o religiosas. Hasta ahora, el intento de destruir una nación y de destruir su personalidad cultural había recibido el nombre de desnacionalización. Este término parece ser inadecuado, dado que no connota la destrucción biológica. (…) Así, los términos ‘germanización’, ‘italianización’ y ‘magiarización’, por ejemplo, se utilizan para connotar la imposición por parte de una nación más fuerte de su patrón nacional sobre un grupo controlado por ella. Estos términos también son inadecuados, ya que no connotan la destrucción biológica (…)’
(https://share.google/Parc0i2KYEJPkwR1c)
Siguiendo con la información de Wikipedia, podemos ver que:
‘Lemkin compuso la palabra genocidio a partir del sustantivo griego ‘genos’ (raza, pueblo) y del sufijo latino ‘cide, cidio’ (de cadere, matar)
Con ese término expresó: la puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilación. (…) por sus características nacionales, religiosas y étnicas.
Y con esa expresión quiso superar las ambigüedades de la época: Winston Churchill le llamaba ‘el crimen sin nombre’ (1944); y Franklin Delano Roosevelt, pidió a Lemkin ‘paciencia’.
(…)
Para Lemkin, el genocidio iba más allá de la eliminación física en masa, que consistía en una multiplicidad de acciones destinadas a destruir las bases de la supervivencia de un grupo en tanto que grupo.
Posteriormente, en diciembre de 1948, la Asamblea General de la ONU aprobó la Convención para le Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, que después fue ratificada por cada uno de los estados miembros. Y de esa Convención nació el Tribunal Internacional de Justicia, ‘de acuerdo con la idea lemkiana que el ataque contra un grupo humano equivale a atentar contra la humanidad’.
Pero la presión de la Unión Soviética hizo que de la definición de genocidio cayese la referencia a ‘grupos políticos y de otra clase’, que aparecía en la resolución de 1946, salvaguardando así la política exterior estalinista durante la guerra y la postguerra.
Así, el artículo II de la Convención consideró genocidio ‘todo acto cometido con la intención de destruir, totalmente o en parte, un grupo nacional, étnico, racial o religioso (pero no político o de otro tipo); así, incluye los siguientes actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, racial o religioso:
- Matar miembros del grupo
- Causar graves daños físicos o mentales a los miembros del grupo.
- Someter intencionalmente al grupo a condiciones de vida destinadas a causar su destrucción física, total o parcial.
- Imponer medidas destinadas a impedir el nacimiento de niños dentro del grupo.
- Trasladar por la fuerza a niños del grupo a otro grupo.
En los años 1950 Lemkin fue apartado de su lugar en la Universidad de Yale, y gastó todos sus ahorros en la defensa de la causa a la que dedicó toda su vida, llegando a la pobreza; murió en 1959 en Nueva York, de un infarto’.
(fuente Wikipedia)
En definitiva, es preciso matizar que:
- El genocidio se diferencia de los crímenes de lesa humanidad, pues éstos no observan al conjunto reprimido como ‘grupo nacional, racial, religioso, etc.’, sino como individuos.
- Los crímenes de lesa humanidad son actos criminales generalizados y sistemáticos; mientras que el genocidio no necesariamente es preciso que sea generalizado, pero sí deben tener la intención o el conocimiento específico de destruir a un grupo legalmente protegido.
- Y finalmente, ‘los crímenes de guerra’ tienen únicamente lugar en situaciones de conflicto armado, mientras que los crímenes de lesa humanidad y los genocidios pueden ocurrir en cualquier tiempo, sea de paz o de guerra.
Ahora bien, ya hemos visto que, por encima de las definiciones, de la lingüística, la semántica, la pragmática, y de toda la filosofía del lenguaje, está la voluntad política y, en última instancia la honestidad, la ética y la moralidad, para asumir correcta y plenamente los términos; y esas buenas intenciones normalmente están ausentes, como he señalado al destacar el recorte impuesto por la Unión Soviética del momento, como requisito para su aprobación de un significado capado.
Thomas L. Friedman, periodista tres veces ganador del premio Pulitzer y periodista de The New York Times, en su artículo titulado ‘Israel se está convirtiendo en un estado paria’, reproducido en el diario Ara de hoy, empieza diciendo:
‘Dejo que los historiadores debatan si Israel está cometiendo un genocidio en la Franja de Gaza o no. Pero lo que tengo absolutamente claro ahora mismo es que este gobierno israelí está cometiendo suicidios, homicidios y fratricidios. Está destruyendo la posición de Israel en el mundo, está matando civiles en Gaza sin ningún tipo de respeto por la vida humana inocente y está destrozando la sociedad israelita y el judaísmo mundial.
Me sorprendió este párrafo del reportaje que el lunes el New York Times publicó desde Israel sobre los ataques israelitas contra un hospital al sur de Gaza (…)
(…) no estamos hablando solo de homicidio; Israel también está cometiendo suicidio y fratricidio, y ahora está en el camino de convertirse en un estado paria.
(…) desgraciadamente, si esto es suicidio geopolítico, como creo que es, se ha convertido en suicidio asistido. Hay una persona que podría páralo todo ahora mismo, y es el presidente Donald Trump. Espero equivocarme, pero me parece que, de la misma manera que Trump fue engañado por el presidente ruso, Vladímir Putin, para que renunciase a un alto el fuego en Ucrania y optase, en cambio, por la quimera de la paz total, Trump ha sido engañado por Netanyahu para que renunciase a un alto el fuego en Gaza, persiguiendo la fantasía de una ‘victoria total’’.
(Ara, 28 de agosto)
Me ha parecido interesante reproducir estos párrafos, iniciados con la expresión: ‘Dejo que los historiadores debatan si Israel está cometiendo un genocidio en la Franja de Gaza o no’, pues me parece una clara muestra, en este caso, del miedo a definirse, en concreto, para considerar como genocidio a la actuación ordenada por Netanyahu; cuando tanto la actuación realizada en Gaza, como en Cisjordania, si bien, con notables diferencias, ambas se ajustan a la definición aceptada en la actualidad para el término ‘genocidio’.
Y ese ‘miedo’ lo tiene tanto el autor del texto original, como Friedman que lo reproduce y comenta, sin entrar, tampoco en el término ‘genocidio’, contrastando con el uso repetitivo, desde hace unos meses, por parte de algunos medios españoles (y catalanes). Todo es estrategia, está claro; pero por encima de todo está el temor a la represión, por eso, The New York Times va con pies de plomo, y no utiliza el término.
Pero, la realidad es la que es, y, como dice el refrán que he citado en el título, necesitamos un lenguaje sincero, libre, para poder decir ‘al pan, pan y al vino, al vino’. Pero todo tiene un coste, ya hemos visto que Raphael Lemkin murió en la pobreza, desahuciado, por perseguir su ideal de justicia. Así es la vida.