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Ignasi Aragay, en su artículo ‘Els nostres herois silenciosos’ (Ara de ayer, 5/10) comenta que: ‘Hay gente que crea problemas y otra gente que los soluciona (…) los problemas están, claro. La vida es entropía, tendemos al caos. Los solucionadores acostumbran a ser discretos, trabajadores, amables. Los que se recrean en los problemas ¿problemistas? pueden ser muy vistosos y ruidosos, y con apariencia de justicieros (…)’; y esa constatación creo que es interesante recogerla y comentarla.
Me parece evidente que la involución y la entropía, por lo general, son procesos lentos, como el ‘síndrome de la rana hervida’, y así, la rana colocada en agua tibia que se va calentando, poco a poco, no percibe el peligro y acabará cocida.
Ahora bien, hay momentos puntuales que los sistemas presentan un salto cualitativo hacia el abismo, y la involución, la entropía, el desorden del sistema, presentan un grave y gran deterioro del ‘orden’, hacia el caos; y ese gran salto lo hemos visto con las políticas aplicadas por Trump, Putin, Netanyahu, etc., unos verdaderos problemistas (vistosos, ruidosos, etc., como dijo Aragay). Obviamente, ese salto cualitativo también puede ser positivo, aunque me cuesta encontrar un ejemplo, al margen de algunos de los descubrimientos científicos, especialmente, los del ámbito sanitario.
Y centrándome en la sociedad catalana, en su conjunto, me parece evidente que en estas últimas décadas hemos sufrido el síndrome de la rana hervida, y el shock causado por el problemista estado español.
Respecto al mencionado síndrome, me parece que un buen ejemplo lo podemos observar con el editorial conjunto publicado el 26 de noviembre del 2009, titulada ‘La dignidad de Catalunya’, escrito conjuntamente por consenso, y publicado en catalán y castellano, en los 12 diarios con sede en Catalunya, acerca de la futura sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Autonomía de Catalunya del 2006.
Los 12 diarios que subscribieron y publicaron el editorial fueron: La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, Avui, El Punt, Diari de Girona, Diari de Tarragona, Segre, La Mañana, Regió7, El 9 Nou, Diari de Sabadell y Diari de Terrassa.
Según transcendió, los redactores fueron el periodista de La Vanguardia Enric Juliana y el notario Juan-José López Burniol, colaborador habitual de El Periódico de Catalunya, junto con otros dos redactores cuyos nombres no se dieron a conocer. La iniciativa fue de los directores de ambos diarios. José Antich y, especialmente, de Rafael Nadal, muy ligado al PSC y al Tripartito; y, por lo visto, el conde de Godó no estaba convencido de esa iniciativa, pero accedió, por las presiones, si bien posteriormente se arrepintió.
‘Esta publicación colectiva fue comentada por la mayoría de los informativos catalanes y españoles de radio y televisión, así como buena parte de la prensa escrita, incluso fuera de España; tuvo un tratamiento de noticia principal en muchos medios, mientras que en otros compartió esta preeminencia con otras cuestiones relevantes, como el resultado de la votación por la nueva ley del aborto en España’.
(fuente: Wikipedia)
Seguidamente esa editorial, íntegramente, ya que me parece del máximo interés:
‘La dignidad de Catalunya
Después de casi tres años de lenta deliberación y de continuos escarceos tácticos que han dañado su cohesión y erosionado su prestigio, el Tribunal Constitucional puede estar a punto de emitir sentencia sobre el Estatut de Catalunya, promulgado el 20 de julio del 2006 por el jefe del Estado, el rey Juan Carlos, con el siguiente encabezamiento: ‘Sabed: Que las Cortes Generales han aprobado, los ciudadanos de Catalunya han ratificado en referendo y Yo vengo en sancionar la siguiente ley orgánica’. Será la primera vez desde la restauración democrática de 1977 que el alto tribunal se pronuncia sobre una ley fundamental refrendada por los electores. La expectación es alta.
La expectación es alta y la inquietud no es escasa ante la evidencia de que el Tribunal Constitucional ha sido empujado por los acontecimientos a actuar como una cuarta Cámara, confrontada con el Parlament de Catalunya, las Cortes Generales y la voluntad ciudadana libremente expresada en las urnas. Repetimos, se trata de una situación inédita en democracia. Hay, sin embargo, más motivos de preocupación.
De los 12 magistrados que componen el tribunal, solo 10 podrán emitir sentencia, ya que uno de ello (Pablo Pérez Tremps) se halla recusado tras una espesa maniobra claramente orientada a modificar los equilibrios del debate, y otro (Roberto García-Calvo) ha fallecido. De los 10 jueces con derecho a voto, cuatro siguen en el cargo después del vencimiento de su mandato, como consecuencia del sórdido desacuerdo entre el Gobierno y la oposición sobre la renovación de un organismo definido recientemente por José Luis Rodríguez Zapatero como ‘el corazón de la democracia’. Un corazón con las válvulas obturadas, ya que solo la mitad de sus integrantes se hallan hoy libres de percance o de prórroga. Esta es la corte de casación que está a punto de decidir sobre el Estatut de Catalunya. Por respeto al tribunal -un respeto sin duda superior al que en diversas ocasiones este se ha mostrado a sí mismo-, no haremos mayor alusión a las causas del retraso de la sentencia.
Avance o retroceso
La definición de Catalunya como nación en el preámbulo del Estatut, con la consiguiente emanación de símbolos nacionales (¿acaso no reconoce la Constitución, en su artículo 2, una España integrada por regiones y nacionalidades?); el derecho y el deber de conocer la lengua catalana; la articulación del Poder Judicial en Catalunya, y las relaciones entre el Estado y la Generalitat son, entre otros, los puntos de fricción más evidentes del debate, a tenor de las versiones del mismo, toda vez que una parte significativa del tribunal parece estar optando por posiciones irreductibles. Hay quien vuelve a soñar con cirugías de hierro que cercenen de raíz la complejidad española. Esta podría ser, lamentablemente, la piedra de toque de la sentencia.
No nos confundamos, el dilema real es avance o retroceso; aceptación de la madurez democrática de una España plural, o el bloqueo de la misma. No solo están en juego este o aquel artículo, está en juego la propia dinámica constitucional: el espíritu de 1977, que hizo posible la pacífica transición. Hay motivos serios para la preocupación, ya que podría estar madurando una maniobra para transformar la sentencia sobre el Estatut en un verdadero cerrojazo institucional. Un enroque contrario a la virtud máxima de la Constitución, por consiguiente, no va a decidir únicamente sobre el pleito interpuesto por el Partido Popular contra una ley orgánica del Estado (un PP que ahora se reaproxima a la sociedad catalana con discursos constructivos y actitudes zalameras).
Los pactos obligan
El alto tribunal va a decidir sobre la dimensión real del marco de convivencia español, es decir, sobre el más importante legado que los ciudadanos que vivieron y protagonizaron el cambio de régimen a finales de los años 70 transmitirán a las jóvenes generaciones, educadas en libertad, plenamente insertas en la compleja supranacionalidad europea y confrontadas a los retos de una globalización que relativiza las costuras más rígidas del viejo Estado-nación. Están en juego los pactos profundos que han hecho posibles los 30 años más virtuosos de la historia de España. Y llegados a este punto es imprescindible recordar uno de los principios vertebrales de nuestro sistema jurídico, de raíz romana: Pacta sunt servanda. Lo pactado obliga.
Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que, en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico. Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa.
Estamos en vísperas de una resolución muy importante. Esperamos que el Constitucional decida atendiendo a las circunstancias específicas del asunto que tiene entre manos -que no es otro que la demanda de mejora del autogobierno de un viejo pueblo europeo-, recordando que no existe la justicia absoluta, sino solo la justicia del caso concreto, razón por la que la virtud jurídica por excelencia es la prudencia. Volvemos a recordarlo: el Estatut es fruto de un doble pacto político sometido a referendo.
Solidaridad catalana
Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad. No deseamos presuponer un desenlace negativo y confiamos en la probidad de los jueces, pero nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable’.
Releyendo ese editorial, y considerando que expresan la opinión de los respectivos diarios, mientras que los artículos exponen posturas personales de sus autores, me pregunto ¿qué nos ha pasado como sociedad?, pues estoy convencido de que en este momento sería imposible e impensable, que La Vanguardia y El Periódico de Catalunya, por ejemplo, se avinieran a firmar ese texto.
Por eso, me parece que es la ratificación de que, como sociedad catalana, hemos sufrido el ‘síndrome de la rana hervida’, ya que dudo, incluso, que las reclamaciones que se apuntan como irrenunciables, lo sean todavía, pues buena parte de la sociedad catalana ha abandonado toda pretensión de mejora, ya que les va bien y están de acuerdo con el actual estatus quo, pues, tras el referéndum del 2017, muchos ‘vieron la luz españolista’ por un trastorno de estrés postraumático.
Ahora bien, en estos 16 años desde el editorial del 2009 y, especialmente, en estos últimos 8 años desde el referéndum, hemos clarificado quiénes son los solucionadores o los creadores de problemas (los problemistas), pero la realidad es que ahora somos más frágiles, pues la represión, en todos los ámbitos, pretende dos finalidades claras: la de infundir y provocar miedo, y esa sensación es estresante y adocenante, como bien saben los represores; y la división, como ya había predicho el maléfico José María Aznar.
Por todo ello, me parece exigible que, en las próximas elecciones, sean las que sean, los partidos políticos catalanes presenten sus programas de forma muy clara y específica, para que podamos cuantificarnos de nuevo, votando libremente según nuestra consciencia; y, en base a su resultado, ajustar nuestra estrategia para conseguir el objetivo que muchos consideramos inalterable: la República Catalana Libre.