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‘Embolica que fa fort’ (expresión catalana que indica que una situación se complica)

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

Ayer, Donald Trump pronosticó el final de la civilización europea, y Salvador Illa defendió su gestión, para que su estancia en la FIL de Guadalajara, no sea su ‘Ventorro’ (el restaurante en el que estaba el miserable Carlos Mazón, durante la dana valenciana); pero, más pronto que tarde, todos acaban y acabamos teniendo nuestro Waterloo, la batalla decisiva, en 1815, para Napoleón Bonaparte (1769 – 1821), pues, afortunadamente, nada es eterno, aunque es españolistas crean lo contrario.

En primer lugar, quiero pedir perdón, pues en mi escrito de ayer confundí a Benito Taibo, por Paco Ignacio Taibo.

Pues bien, dicho eso, que Trump, en un nuevo documento sobre política internacional, refleje su ‘pensamiento’, diciendo que:

‘Europa se enfrentará a la cruda perspectiva de la desaparición de su civilización (…) si bien prometió que los Estados Unidos darán soporte a los partidos ‘patrióticos’ afines de todo el continente, partidos que luchan contra la inmigración y promueven el nacionalismo, para evitar un futuro en el que ciertos miembros de la OTAN sean mayoritariamente no europeos (…) En todo lo que hacemos, ponemos a los Estados Unidos en primer lugar (American First) para seguir siendo la nación más grande y con mayor éxito de la historia de la humanidad (…) mientras que Europa se encuentra en un camino irreconocible, a causa de las políticas migratorias que están debilitando las identidades nacionales de los países europeos (…) por eso, la política de los EUA, a lo largo de las próximas décadas, debería ser la de ayudar a Europa a corregir su trayectoria actual (…) queremos que Europa continúe siendo europea, que recupere la confianza en sí misma como civilización y que abandone su enfoque fallido de la asfixia regulatoria (…) los gobiernos europeos, apoyados por partidos minoritarios e inestables, muchos de los cuales pisotean principios básicos de la democracia para suprimir a la oposición, tienen expectativas que no son realistas sobre la guerra.

Asimismo, acusa a la UE y otros organismos transnacionales de minar la libertad y la soberanía, de censurar la libertad de expresión, de pisotear principios básicos de la democracia para suprimir a la oposición política y de perder la autoconfianza (…) el aumento de la influencia de los partidos patrióticos europeos es, ciertamente, motivo de gran optimismo (…)’   

(M. D. Shear / J. Smialek / L. Jakes, The New York Times, artículo reproducido en el Ara de hoy, 6 de diciembre)

El ministro de exteriores alemán, Johan Wadephul, replicó ayer, diciendo que: ‘No creemos que necesitemos consejos de ningún país o partido’. Pero todos los demás líderes, permanecen callados, no sea que molesten a su ‘jefe’.

Tradicionalmente, la sociología diferenciaba tres fases: salvajismo, barbarie y civilización; pero ahora sabemos que tras la civilización vuelve una nueva fase de salvajismo.

El término civilización se refiere a una sociedad compleja, con rasgos definitorios y organizaciones (ideología, creencias, valores, cultura, costumbres, leyes, instituciones, estructura social, tecnología, etc.); así, a lo largo de la historia hemos visto la civilización egipcia, micénica, griega, romana, china, inca, maya, persa, islámica, cristiana, occidental, rusa, etc. Y no siempre, ese término se ha correspondido con los imperios, como el portugués, español, británico, francés, etc.; si bien otros, por ejemplo, el imperio romano sí que podían ser considerados como una civilización.

Jean-Jacques Rousseau (1712 – 1778) vio la degradación en el paso de la naturaleza del buen salvaje, al estado de civilización, en el que el hombre está pervertido y corrompido por la sociedad. Visión ‘superada’ por el positivismo de Isidore Marie Auguste François Xavier Comte (1798 – 1857).

‘Tanto el Oxford Dictionary como el DRAE, coinciden en que:

Civilizar es sacar a algo o alguien de un estado bárbaro o salvaje, instruyéndole en las artes de la vida, de modo que pueda progresar en la escala humana. O sea que, aunque una civilización sea el conjunto de creencias y valores que conforman una comunidad, a la civilización en sí puede definirse como el progreso a secas. Las civilizaciones, en cambio, constituyen un concepto más ambiguo e impuro: hacen referencia no sólo a los valores culturales, éticos o de cualquier otro tipo que sustentan la sociedad, sino también a sistemas o mecanismos de organización de la misma. Tienen, por eso, que ver con la cultura y la educación, pero también, y en gran medida, con el poder.

En la historia de las culturas desempeña, a no dudar, un papel relevante la de las religiones, y de ahí se deriva el frecuente abuso intelectual que tiende a confundir éstas con las civilizaciones propiamente dichas (…)’

(Wikipedia)

Efectivamente, el poder determina a la propia civilización, pero, es más, determina y condiciona a todas las posibles civilizaciones contemporáneas. Y desde la globalización (1989) encontramos diferentes grupos de poder: G-8, G-20, EUA, UE, BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica). Y en la actualidad, parece que el poder todavía se ha concentrado más, incluso se ha personalizado en Donald Trump, Vladimir Putin y Xi JinPing.

Y todos ellos están cegados por la soberbia de su poder, como también lo estuvieron Alejandro Magno (356 a. C. – 323 a. C.), el citado Napoleón Bonaparte (1769 – 1821), Adolf Hitler (1889 – 1945), etc., pues todos ellos fueron incapaces de ver sus debilidades y posibilidades, es decir, perdieron el contacto con la realidad de su momento.

No hace falta extendernos para recordar la caída del imperio romano, a manos de Odoacro, rey de los hérulos, que derrocó al último emperador romano, Rómulo Augústulo, en el año 476. Y la república romana cayó por la incapacidad de su aristocracia para admitir cambios institucionales, políticos y sociales; o introducirlas sin los apoyos sociales pertinentes. Una visión que se centraba en el ‘sí mismo’ (varones romanos libres) como modelo único, que excluía a las mujeres, esclavos, etc. Y todo lo ajeno era ‘bar-bar’, como denominaban, despectivamente, a los extranjeros, sus lenguas y sus costumbres, todos esos eran considerados sus enemigos.

Volviendo a Trump, por lo que vemos, sigue ese esquema, pues su ideología se centra en el perfil del hombre blanco americano y multimillonario. Esos son los pilares de su credo. Y todos los que no presenten ese perfil, son / somos considerados ‘alienígenas’ perniciosos, peligrosos, si no asumimos el rol de consumidores de sus productos y financiadores de su estrategia de guerra. Es decir, con ese patrón reduccionista, se ‘olvidan’ todos los valores morales y éticos que conforman a toda sociedad.

Por lo tanto, Trump nos considera como enemigos a los europeos que no avalamos a sus partidos afines como el Reform UK de Nigel Farage, en el Reino Unido, la Alternativa para Alemania (AfD), Vox en el reino español, Ressemblement National (agrupación nacional) de Marine Le Pen, etc.

Trump, en el citado documento, hace eco de la teoría del Gran Reemplazamiento, una teoría de conspiración nacionalista de la extrema derecha francesa que advierte de un esfuerzo deliberado para sustituir a la población blanca y católica y cristiana en general, por inmigrantes no blancos islámicos, especialmente árabes, bereberes, subsaharianos, etc. Teoría financiada y promocionada por el ideólogo Steve Bannon

Y es evidente que la política de Trump provoca una gran crisis en todos los estados, una crispación y malestar en general y, en paralelo, miedo y sumisión en todos los dirigentes, por las inestables y variables decisiones del bucanero Trump.

Y una de las consecuencias de este contexto actual, es que nadie confía en nadie, todos son nuestros enemigos, contrincantes; y esa consecuencia está fomentada por los poderes, incluso por los poderes aparentemente ‘blandos’, como el de Pedro Sánchez y su monaguillo Salvador Illa, pues saben que la división de sus opositores, el tradicional  divide y vencerás (el ‘divide et impera’ de Julio César) les beneficia y, a la vez, provoca un aumento de la confusión en la ciudadanía, ya que ‘a rio revuelto, ganancia de pescadores’. Y esa desmotivación es la que buscan.

Sabemos que las fuerzas oscuras ultraconservadoras, al mando del Darth Vader Trump, ya han cruzado su Rubicón, por eso, no debemos ser cándidos como Obi-Wan Kenobi, ni dejarnos engañar por falsos Yodas. Debemos dejar de estar dormidos, y no dejarnos manipular por el gran enredador, el que lo complica todo pues confunde civilización con poder económico, como muy bien expresa el dicho catalán ‘embolica que fa fort’, y Trump es un perfecto prototipo de esa estrategia.