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No todas las ideologías son éticas ni morales, y tampoco lo son las estrategias que, ‘oficialmente’, se justifican para conseguir un determinado efecto, pero, en realidad, su verdadero objetivo se mantiene oculto. Sobre esta segunda casuística, me parece un claro ejemplo la expresada ayer (16/12) por Salvador Illa (155), en la clausura del ‘año Candel’, sacándose de la chistera que convertirá como lectura curricular en las escuelas e institutos, ‘Els altres catalans’, del citado Francesc (Paco) Candel Tortajada (1925 – 2007).
Efectivamente, ‘casi’ todas las lecturas son enriquecedoras (en mayor o menor medida), y cualquier acción para fomentarla, es positiva; ahora bien, la obligatoriedad, y más de forma generalizada, puede comportar y comporta, reacciones contrarias; pero este es otro tema, que escapa al objetivo del presente escrito, ya que me quiero centrar en la ideología.
En primer lugar, y para situar el tema, es preciso recordar que el mencionado autor, Paco Candel, era natural de Cases Altes (El Racó d’Ademús), una comarca del interior del País Valencià, de habla castellana, se instaló, de pequeño en. Barcelona, ya que su familia, como muchos otros inmigrantes, vino a buscar un mejor futuro. Aquí se instalaron en unas barracas de Montjuïc, y después, en las Casas Barates de Can Tunis, que inspiraron su libro ‘Donde la ciudad cambia de nombre’ (1957). Durante la Segunda República Española, estudió en el grupo escolar Sant Raimon de Penyafort, del cual siempre guardó un buen recuerdo, como explicó en su obra ‘Les meves escoles’ (1997). Su formación posterior fue autodidacta, si bien mejoró su conocimiento del catalán, siguiendo clases particulares con Joan Triadú i Font (1921 – 2010), un escritor, pedagogo y activista catalán; lo que le facilitó desarrollar su labor periodística en diferentes diarios y revistas. También realizó una gestión política, como senador, regidor y diputado. Es decir, fue un buen prototipo del emigrante interesado en integrarse, respetando la cultura del país receptor.
Ahora bien, como expuse ampliamente en tres escritos del pasado mes de setiembre, titulados: ‘Temas delicados que deben afrontarse racionalmente’; ‘Otros temas delicados que requieren concreción y determinación’ y ‘Continuando con los delicados temas catalanes’, con motivo de la edición del libro ‘Prosa de combat’, compilando diferentes artículos de Manuel de Pedrolo y Molina (1918 – 1990), por la editorial Comanegra (setiembre del 2025).
En mis escritos ya comenté la diferente visión de Pedrolo, el escritor más perseguido por la censura franquista (por haber combatido en el bando republicano), y ‘olvidado’ por el ‘pujolismo y el socialismo catalán’, ya que Pedrolo, en todos sus escritos mantuvo una total coherencia y compromiso intelectual como defensor de los ‘Països Catalans’, por lo que fue incómodo para la intelectualidad oficialista; en contraposición a la que defendía Candel, respaldado por dichos poderes, que le convirtieron en el ‘gurú’ y defensor de la inmigración, sin más.
En la mencionada edición de ‘Prosa de combat’ (*), se incluye el artículo titulado ‘Entorn d’una expressió’ (escrito inédito, pues si bien fue escrito aproximadamente en 1966, no fue publicado, hasta este momento).
(*) Título similar a la compilación de artículos de Joan Fuster i Ortells (Sueca, 1922 – 1992), autor de ‘Nosaltres els valencians’ (1962); artículos publicados en diferentes medios, y reeditados como ‘Escrits de combat: pamflets polítics, 1962 – 1983’ (edit. Tres i Quatre, s.l., València, diciembre 2020)
En este momento, me parece indispensable reproducir el citado escrito de Pedrolo, titulado ‘Entorn d’una expressió’, que reproduzco íntegramente, ya que sigue siendo actual, incluso más, pues la situación del catalán, ahora, es más crítica:
‘Últimamente parece que ha hecho fortuna en ciertos ambientes del país, la expresión ‘els altres catalans’ que Candel forjó como título de uno de sus libros. De la obra, poca cosa he de decir: me parece un texto extraordinariamente revelador que puede contribuir a hacer abrir los ojos, y a reaccionar, a muchos catalanes distraídos o mal informados que ignoran la importancia de un problema que un día será preciso que solucionemos de una manera u otra. Me cuesta más entender que el autor, que pertenece por derecho propio a la clase de los desposeídos, con la cual debe sentirse solidario, no mantenga tan decididamente, tan comprometidamente si se quiere, esta línea de conducta cuando se encuentra ante un pueblo menostenido como el nuestro, una comunidad a la cual hace años que se le quiere negar todo. Casi estoy seguro que Candel se rebela al ver la injusticia de la sociedad americana blanca con sus negros, que le disgustan los imperialismos y que su primer impulso siempre es ponerse al lado de los desvalidos, de las víctimas del abuso. Pero ahora, cuando tenía el problema en casa, o si no, a las puertas de su casa, cuando lo ha podido estudiar directamente, parece que ha preferido -o se ha visto obligado- a hacer un poco de hilo azul hilo negro y a jugar con un cierto equívoco que ejemplifican suficientemente las líneas finales de su texto. Es curioso, es deprimente, pero también resultar aleccionador. En todo caso, es éste el objeto específico de mi esbozo de hoy.
Me interesa, y mucho, esta expresión: els altres catalans. He visto que, frecuentemente, era combatida, con mayor o menor acierto, en general por razones de peso que no es preciso repetir. Querría, en cambio, añadir una que también me parece pertinente y que podría mostrar que la expresión, comprensible como es, no tiene sentido y ha sido utilizada con poco discernimiento. Cuando nos servimos del adjetivo ‘altre’ para indicar que ‘no es la misma persona o cosa que la citada anteriormente o sobreentendida’ – según definición del maestro Fabra -, entendemos que la identidad a la cual se refiere el adjetivo pertenece al orden de aquello de lo que habla. Si digo ‘había dos coches; uno de ellos era negro y el otro era azul’, los dos objetos, el negro y el azul, comparten la cualidad de coche, y es a partir de ella, en relación a ella, que los diferenciamos. Si digo ‘este hombre es otro que el que venía el año pasado’, aludo a la cualidad de hombre que tienen los dos. Y no creo que esto se aplique en el caso de la expresión discutida. Cuando quiero referirme a ‘otro catalán’, entiendo que es un catalán que no soy yo -o aquellas personas con las que hablo- pero esto quiere decir que de antemano ya sé que este individuo es un catalán; alguien que pertenecer a nuestro pueblo y al cual, por lo tanto, conviene un gentilicio anterior al adjetivo. Si no fuera así, no podría referirme a ‘altre català’ sin faltar a la lógica. Una lógica universal, por que, cuando un francés, por ejemplo, se refiere a otro francés, quiere decir, igualmente, un francés que no es él pero que es francés.
Pero los catalanes a los que alude la expresión, resulta que no son catalanes. Son gente de otras tierras que han venido a vivir entre nosotros y que en su mayoría no se han integrado -todavía- en nuestra comunidad, y que, por lo tanto, son ajenos -en gran parte por causas que ahora no es preciso discutir-. Los que se han integrado si que son catalanes, pero no ‘otros catalanes’ en el sentido de la expresión utilizada por Candel. Porque para cada uno de nosotros, todos los hombres que no son yo, son otros, y si hablamos de catalanes, son ‘els altres catalans’, pero si nos referimos a gente que viven en Catalunya sin ser catalanes, serán los otros hombres. O sea, que para tener el derecho, si esto es un derecho, de ser ‘altres catalans’, de entrada hace falta que sean catalanes. Entonces ellos también se encontrarán en situación de hablar de ‘els altres catalans’ cuando hablen de gente del país que no son ellos.
‘Els altres catalans’ y yo formamos una entidad definida, participamos en esta esencia ideal, la catalanidad, y cuando me refiero ‘als altres’ me limito a distinguir una diferencia que hay de catalán a catalán como persona catalana, ya que no solo soy uno y todos los restantes por fuerza han de ser otros. No puedo referirme a alguien como este otro hombre, si para empezar no es un hombre, ni puedo decir aquel otro obrero si no pertenece a la clase trabajadora. No lo puedo distinguir y adjetivar si no pertenece al grupo, comunidad, clase o especie entendida y sobreentendida.
No es este el caso de aquellos que ahora es moda denominar como propone Candel. La condición de catalán no la da, como he escrito otras veces, el hecho de residir, de instalarse en Catalunya. Entre nosotros hay una nutrida colonia de ingleses, alemanes, italianos, etc., y no dicen que son catalanes o ‘altres catalans’. Saben que son alemanes, ingleses, etc. Y no pretenden aquello que no es. Claro, me dirán algunos, que ellos llevan en el bolsillo un pasaporte que da fe de su nacionalidad y que aquí todos llevamos el carnet de identidad de españoles. Pero, como se debe comprender, no hablo de organizaciones estatales que tiene la facultad de extender e imponer documentos oficiales, sino de comunidades nacionales que no es preciso confundir con los estados supranacionales, que no son una exclusiva de la península.
Catalunya es una comunidad de personas que tienen unos valores y unos puntos de referencia comunes, que comparten una tradición, tanto si la siguen como si la citan o se oponen, que han forjado, y no ahora, su proyecto vital, parcialmente truncado por las circunstancias históricas, pero no han enterrado. Todo esto no es un coto herméticamente cerrado donde no se admite a nadie más; es, justo lo contrario, un campo abierto y dispuesto a adoptar a recién llegados, a los que no rechazaremos el término catalán, por el hecho de haber nacido lejos de nuestras costas. Les daremos nuestra nacionalidad ideal por poco que se avengan, sin necesidad de que la reclamen, y entonces, cuando cada uno de nosotros hable, podrá referirse como ‘els altres catalans’. La única cosa que rechazamos, y que cada día deberíamos rechazar más enérgicamente, es el equívoco que podría llevarnos a una situación como la de los indios americanos, que son extraños en su casa, y no me gusta decir ‘América’, por que ellos, a pesar de que los hayamos bautizado, de americanos no lo eran; me refiero al terreno que ocupaban y en el que ahora, solo son tolerados. También sería muy triste que un día pudiese decirse de nosotros lo que dice Philip Bagby de los galos, cuando asegura que ya no constituyen una cultura independiente porque ya solo quedan unos flecos de los hechos que les hacían distintos. Como un inglés que es, lo debe encontrar bien, pero es posible que los interesados no comparten su opinión y lamentan las circunstancias que les han llegado a despersonalizar.
Esta despersonalización, vista desde fuera, puede parecer poco importante e incluso deseable. En el plano individual, todos sabemos que nos afecta poco -salvo casos excepcionales- la muerte de los otros, y que a veces, cuando alguien nos molesta, hay que incluso se alegran de que ya no les pueda molestar más; esto sí, en los casos extremos, no se opta por el asesinato. Más fácil todavía es desinteresarse de la suerte de un pueblo que no es el nuestro cuando, por un motivo u otro, estorba unas finalidades que exigen su dimisión.
No dudo que la expresión que motiva estas líneas es utilizada de buena fe, y no me pasaría por la cabeza sospechar que sea el inicio de una campaña consciente que puede precipitar el ritmo de descatalanización que hemos sufrido durante años y que substituiría otros intentos de mistificación. Pero nos encontramos en un momento que nos obliga a precisar, a definir, a tratar de retorcer el cuello a todos los posibles confusionismos que, bien aprovechados, siempre tiran el agua a otros molinos que muelen un grano que no es el nuestro. Reservemos, entonces, el nombre de ‘altres catalans’ para los que son catalanes. A los que no lo son, incluso les podría ofender que se les adjetivase así. Y al decir ‘los que no lo son’ aclaro que hago mención de los que no tienen voluntad de serlo y, por lo tanto, no responden a nuestra voluntad antisegregacionista, que no puede ver con buenos ojos la existencia, en nuestra tierra, de dos comunidades hostiles y desea hacer una sola. Y supongo que nadie no nos puede retraer que la queramos catalana en una tierra que todavía lo es.
En definitiva, y como he repetido en mis anteriores escritos, comulgo más con las ideas de Pedrolo que con las de Candel, si bien, me parecería ideal que todos los inmigrantes fueran como éste último. Ahora bien, la utilización acrítica que hace el gobierno del represor Salvador Illa, adoptando a Candel, como guía, forzándola a las nuevas generaciones, está en la línea expresada anteayer por el Borbón Felipe VI, en Hospitalet de Llobregat (Barcelona), que ya comenté, pues se dedican a alabar y agradecer la inmigración, olvidándose, mejor dicho, rechazando, la necesaria defensa de la identidad cultural receptora, en este caso, la catalana, que, de cada vez está más en peligro de disolución, y que, por lo tanto, requiere de todos los esfuerzos para su defensa y potenciación.
Y es evidente que el represor Illa, tiene mucha ‘sensibilidad’ para ponerse la corbata verde en la visita real; pero no tiene el menor interés en proteger nuestra identidad catalana, diferenciada de la española. Y, por eso, debemos hacer lo posible, democráticamente, para que no acabe su mandato.