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Hoy, lunes 16, Salvador Illa ha decidido reaparecer, y lo ha hecho, aparentemente, en buena forma (que celebro), ya que, ha bajado de su coche oficial, cargado de carpetas (como cuando salió del hospital, para dar la infantil imagen de su actividad constante) y nos lo han enseñado subiendo la gran escalinata, sin necesidad de muletas. Y, en su discurso institucional, de ocho minutos, ha remarcado que ‘sé lo que el país necesita’; por eso comparo esa reaparición con la falsa caída de Pablo de Tarso, que comento en este escrito.
En ese discurso institucional, Illa, tras agradecer a Albert Dalmau y a todo su gobierno el trabajo realizado, ha dicho que:
‘(…) Sé lo que Catalunya necesita. Sé lo que los catalanes y catalanas reclaman. Sé lo que es preciso hacer. Y hoy les digo, de nuevo, que lo haremos. No es tiempo ni de fatalismos, ni de conformismos, ni de irresponsabilidades (…) un país se construye con consciencia y con exigencia. Con valores y con razones. Cada uno ha de cumplir con su deber y su trabajo. Trabajo que estoy muy contento, y más determinado que nunca, para poder continuar haciendo desde hoy mismo.
(…)
La primera certeza es que todos formamos parte de la misma comunidad, todos formamos parte de la misma sociedad y del mismo país; y que entre todos tenemos la capacidad para superar cualquier dificultad.
(…)
Soy plenamente consciente de lo que Catalunya ha vivido estas cuatro semanas, durante el período en que he debido de delegar mis funciones; han sido días difíciles para el país y para el conjunto de la ciudadanía, en especial, los episodios meteorológicos extremos que han supuesto la pérdida de vidas humanas (…) han sido días duros, las cosas importantes de la vida no tiene precio, ni la familia, ni los amigos ni la salud tienen precio, es necesario tomar consciencia que en todo momento la prioridad absoluta es nuestra seguridad y protección, y lo más importante: hemos de tener plena confianza en que Catalunya está preparada para afrontar y resolver cualquier situación.
(…)
Es el momento de ofrecer soluciones, de ofrecer respuestas y de ofrecer la verdad, y el gobierno está plenamente dedicado para preparar mejor el país, para reforzar todos los servicios y todas las infraestructuras que hagan falta (…) es preciso fijar un rumbo de exigencia y de ambición, que el gobierno ejecutará de manera exhaustiva, metódica y rigurosa para garantizar la cualidad y excelencia que los trabajadores, servidores públicos, usuarios, empresas y toda la ciudadanía merece.
(…)
Hemos de recuperar la política de los valores, que pone delante de todo el sentido de humanidad, esta humanidad es la que hoy está en juego en el mundo. También en nuestra casa. No podemos caer en la trampa de deshumanizarnos entre nosotros. En ninguna circunstancia: ni en el debate político, ni en las relaciones humanas, ni en las relaciones entre territorios (…)’.
Y, muy acertadamente, el president legítimo, Carles Puigdemont, en su cuenta de X, ha comentado:
‘Con todo el respeto y contento de vuestra recuperación, president. Pero hace un año y medio que gobernáis, y se supone que ya sabíais lo que Catalunya necesitaba. No podéis hacer ver que empezáis de cero, como si todo lo que ha pasado os fuera ajeno. ¿Hasta ahora no lo sabíais?
Particularmente, el discurso institucional del represor Illa, me ha parecido abstracto y difuso, vacío de compromisos y de referencias concretas, y alejado de la realidad, en concreto, respecto al sistema sanitario, al que ha elogiado, ignorando que hoy mismo, este sector está de huelga para reivindicar mejoras profesionales y personales.
Por eso, el mencionado discurso me ha recordado la falsa caída del caballo de Pablo de Tarso:
Pablo (Saulo) de Tarso (n. entre los años 5 y 8; y m. entre los años 64 y 67), es conocido como el ‘apóstol de los gentiles’ (es decir, de los no judíos), era un rabino de los fariseos (rama del judaísmo) y agresivo perseguidor de los cristianos (como legionario romano), según el Nuevo Testamento, cuando se dirigía a Damasco:
‘(…) Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que, al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo, y cayendo en tierra, oyó una voz que decía ‘Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues’. ¿Quién eres, Señor?, preguntó Saulo. ‘Yo soy Jesús, a quién tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón’.
Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que haga? Y el Señor le dijo ‘Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie.
Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le entraron a Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.
Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: ‘Ananías’. Y él respondió: Heme aquí, Señor. Y el Señor le dijo: ‘levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora, y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista. Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; y aún aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. El Señor le dijo: ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de los reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre (…)’
(Hecho de los apóstoles, 9)
Es decir, la Biblia no señala ninguna caída del caballo; la imagen del caballo proviene de la tradición artística y pinturas como las figuras icónicas de Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571 – 1610) y el arte del Renacimiento.
Según la ‘historia’, Pablo cambió de actitud, pero dudo que Salvador Illa (155) haga un giro copernicano, que es lo que podría deducirse de su sermón (y nunca mejor dicho). Así que la única semblanza entre ambos personajes es la falsa caída del caballo de Pablo, y la quimérica caída del burro por parte de Illa; pues, de defensor del poder español y perseguidor del independentismo, dudo (mejor dicho, sé) que no se convertirá en un claro defensor de Catalunya, por encima de otras obligaciones estatales y monárquicas.
Por todo ello, no debemos dejarnos engañar por falsas búsquedas de ententes y entelequias; si no van acompañadas de hechos y acciones efectivas, que deben ser inmediatas, dada la actual situación crítica en todos los sectores.