
Imagogenia
@mar_naa
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, detonó bloqueos, incendios y una reacción inmediata de violencia; pero también propició que se volviera tema de conversación un problema más profundo y persistente: la percepción de México como un país violento. Y aunque esto tristemente no es nuevo, en un entorno digital donde la percepción global es instantánea y los eventos son narrados en vivo y en carne propia por los usuarios que están inmersos en la problemática, este tipo de sucesos “locales” dejan de serlo y se convierten en narrativas internacionales que moldean una idea de México que, aunque no es equivocada, opaca todo aquello positivo que sí tenemos para ofrecer al mundo.
Y es que cuando la violencia interrumpe la movilidad, paraliza comercios y obliga a cerrar operaciones, el impacto es tanto económico como simbólico, porque se instala la idea de “riesgo”. Ese fenómeno tiene un doble efecto. Internamente, modifica hábitos sociales y de consumo; externamente, influye en decisiones de inversión, turismo y cooperación internacional. Esta “marca país” herida, tiene un precio real. Por ejemplo, el Mexico Peace Index estima que el impacto económico de la violencia alcanza los 4.5 billones de pesos, un 18% del PIB que se esfuma en gastos de protección y oportunidades perdidas. Cuando una ciudad como León reporta pérdidas de 500 millones de pesos en un sólo episodio de bloqueos, o cuando el sector aéreo pierde 28 mil millones de pesos en la Bolsa tras una jornada violenta, para las empresas el costo no termina en los daños materiales; se extiende al gasto en protección, a la caída de ventas y al deterioro reputacional de las ciudades donde operan. Y esto se traduce en la erosión del valor de marca “México” como socio confiable.
Lo anterior nos lleva a considerar un indicador aún más importante: la percepción, elemento crucial en la construcción de la imagen. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana más reciente se señala que más del 63% de la población urbana considera insegura su ciudad, destacando casos como Uruapan, Culiacán y Ecatepec de Morelos. La percepción, aunque no siempre coincide con la estadística delictiva, sí impacta directamente en la conducta social y económica.
Este fenómeno se amplifica cuando organismos internacionales como Armed Conflict Location & Event Data (ACLED), sitúa en su más reciente publicación sobre el Índice de Conflictos y Violencia Política 2025, a nuestro país como el cuarto más peligroso del mundo, compartiendo posición con naciones en guerra abierta como Palestina o Ucrania. La comparación resulta particularmente delicada porque México no se encuentra en un conflicto bélico formal, lo que genera una narrativa internacional centrada en la criminalidad y la fragmentación territorial, y lo que sucedió el domingo sólo refuerza esta percepción sobre nuestro país.
Ahora, después de todo esto, se presenta un reto interesante para México: la Copa Mundial de la FIFA 2026. Este evento, en teoría, debe ser la vitrina para mostrar un México moderno, lleno de cultura, gastronomía Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, historia y mucho más, pero actualmente se perfila como un examen de supervivencia de imagen, donde tenemos poco tiempo para cambiar la narrativa y sostenerla. Porque sedes como Guadalajara, donde habrá partidos clave, son epicentro de la influencia del CJNG y estuvieron inmersas en lo más delicado del conflicto que se vivió el fin de semana pasado, lo que ciertamente pone en duda la certeza que debe ofrecer un país respecto a la seguridad en este tipo de eventos. Lo cierto es que la verdadera rentabilidad del país no vendrá de los estadios llenos, porque los fanáticos del fútbol no dejarán de asistir a un partido por este tipo de sucesos, pero sí pueden modificar sus expectativas de consumo; un consumo que prometía dejar una alta derrama económica.
Al final, hay que entender que en el escenario global, la percepción también es realidad, y la reputación nacional se convierte en uno de los factores más determinantes para la inversión, el turismo y el desarrollo. Y para eso, hoy más que nunca debemos recuperar la confianza interna y externa, porque la seguridad no es sólo un tema de orden público, es en este momento, el activo más valioso de nuestra competitividad en cualquier esfera social.