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El refugio que se vuelve prisión

Miguel Ángel Sosa
mangelsosar@gmail.com
@Mik3_Sosa

La ansiedad se ha convertido en una de las emociones más comunes de nuestro tiempo. Vivimos en una era de estímulos constantes, incertidumbre económica y presión social permanente. En ese contexto, muchas personas buscan formas rápidas de aliviar el malestar interno. ¿Qué ocurre cuando ese alivio parece encontrarse en el consumo de alcohol, medicamentos o drogas? Lo que comienza como una estrategia para calmar la mente puede transformarse en una cadena invisible. La pregunta es inquietante pero necesaria: ¿estamos tratando la ansiedad o simplemente anestesiándola?

La relación entre ansiedad y abuso de sustancias no es casual. Diversos especialistas en psicología clínica señalan que muchas personas recurren a sustancias como una forma de automedicación emocional. El psiquiatra Edward Khantzian, conocido por su teoría de la automedicación, ha señalado que las personas no eligen una sustancia al azar; suelen elegir aquella que momentáneamente calma el dolor que sienten. El alcohol puede parecer un sedante social, ciertos fármacos prometen silencio mental y algunas drogas ofrecen una ilusión de control. Pero lo que comienza como alivio suele convertirse en dependencia.

En México, este fenómeno refleja una tensión cultural profunda. Por un lado, hablar de salud mental todavía enfrenta estigmas; por otro, el consumo de alcohol está profundamente normalizado en contextos sociales. ¿Cuántas veces escuchamos frases como “un trago para relajarse”? La ansiedad cotidiana —provocada por estrés laboral, presión económica o conflictos personales— encuentra en estas prácticas un escape aparentemente aceptable. Sin embargo, cuando la sustancia se vuelve la única estrategia de regulación emocional, el problema ya no es solo la ansiedad: es la relación que establecemos con ella.

Los expertos coinciden en que la ansiedad no es un enemigo que deba eliminarse, sino una señal que necesita ser comprendida. La psicóloga Susan David ha dicho que “las emociones difíciles no son señales de debilidad, son datos”. Si la ansiedad es un mensaje del cuerpo y la mente, el abuso de sustancias funciona como un botón de silencio. El problema es que silenciar el mensaje no resuelve aquello que lo originó. Al contrario, muchas sustancias pueden intensificar los síntomas de ansiedad a largo plazo, generando un ciclo difícil de romper.

Existen ejemplos cotidianos que ilustran este proceso. Un profesionista que comienza a beber para dormir después de jornadas estresantes. Un estudiante que utiliza estimulantes para rendir académicamente. Una persona que depende de ansiolíticos sin acompañamiento terapéutico. En todos estos casos, la sustancia aparece como una solución rápida frente a una emoción compleja. Pero la verdadera pregunta es otra: ¿qué necesita realmente esa persona que la sustancia intenta sustituir?

Frente a este panorama, las propuestas de intervención están evolucionando. Hoy se habla cada vez más de enfoques integrales que combinan psicoterapia, educación emocional y redes de apoyo social. Terapias como la cognitivo-conductual o las prácticas de atención plena han demostrado ser herramientas efectivas para comprender y regular la ansiedad. Más que eliminar la emoción, se trata de aprender a convivir con ella de una forma más consciente. ¿Y si en lugar de escapar de la ansiedad aprendiéramos a escuchar lo que intenta decirnos?

Tal vez el verdadero desafío social no sea solo reducir el consumo de sustancias, sino transformar nuestra relación con el malestar emocional. Vivimos en una cultura que busca soluciones inmediatas para experiencias humanas complejas. Pero la ansiedad, como muchas emociones, requiere tiempo, comprensión y acompañamiento. Reconocerlo podría ser un cambio profundo. Porque cuando una sociedad aprende a hablar abiertamente de su ansiedad, quizás ya no necesita esconderla detrás de una botella o una pastilla.