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Pueblos y Naciones democráticos frente al despotismo imperial

Carles Castellanos i Llorenç,

La historia del mundo es un forcejeo entre la tendencia humana a la cooperación y la intervención agresiva del imperialismo. La propia esclavitud muestra un primer episodio cruel que rompe la cooperación que ha ido permitiendo el avance humano e impone el pillaje y la sumisión.

Desde entonces todos los regímenes políticos y todos los sistemas económicos pueden entenderse más claramente a través de este prisma fundamental. La lucha de clases misma, motor de la historia en los análisis materialistas, se ve atravesada por la agresión imperialista de los grandes estados. Los avances sociales del mundo occidental no habrían sido los mismos sin los procesos de pillaje económico ejercidos sobre otras poblaciones. La agresión de los estados imperialistas ha marcado la vida de la humanidad lanzando a la miseria pueblos enteros, destruyendo sus economías y aniquilando sus culturas y lenguas, un proceso que se ha combatido parcialmente mediante luchas de liberación que han triunfado, en cierto número de casos, a lo largo del siglo pasado.

Pero la mayoría de los pueblos y naciones de la tierra siguen sometidos a formas de dominación no sólo económicas sino también ideológicas, culturales y lingüísticas. De las cerca de 5.000 lenguas existentes en nuestro planeta, más de 4.000 siguen fuertemente subordinadas y la mayoría no tienen el futuro asegurado. Como ejemplos de la continuidad en las formas de subordinación, podemos observar que las independencias americanas del siglo XIX y las africanas del siglo XX han dado como resultado el predominio de lenguas de los estados colonialistas. En el África post-colonial, por ejemplo, las fronteras y las lenguas oficiales de la mayoría de los estados son las que fueron creadas por el colonialismo.

Sin embargo, la respuesta de los movimientos de liberación de los pueblos y naciones democráticos ha llegado a detener algunas nuevas agresiones poniendo freno a ambiciones ilegítimas que campaban por la escena internacional. La constitución de la ONU (Organización de las Naciones Unidas) y el creciente interés por el reconocimiento del Derecho Internacional, la Libertad y especialmente el Derecho de Autodeterminación, como medio predominante para regular las relaciones entre los pueblos, son factores que pueden llevar una cierta esperanza. De la misma forma que la Declaración de los Derechos Lingüísticos proclamada en Barcelona en 1996, y que se encuentra hoy en un proceso de actualización, son iniciativas que muestran el camino a seguir contra el avance de un nuevo despotismo a escala mundial.

La defensa de la libertad y la cooperación en el seno de la sociedad llevan más de cien años marcando un camino para detener guerras y conflictos derivados de la opresión de unos poderes despóticos que quieren pervivir abjurando de los principios democráticos. El sistema capitalista, opuesto a la cooperación a causa de su carrera irracional e ilimitada hacia el enriquecimiento individual, ya no puede comportarse como democrático. El capitalismo se hunde hoy en el individualismo más atroz de un puñado de multimillonarios, nacidos y engordados sin limitación económica ni moral.

El gran problema de nuestro mundo no es sólo ideológico y en el seno de las instituciones (entre unas ‘derechas’ que van avanzando y unas ‘izquierdas’ en decadencia), porque las autodenominadas izquierdas de hoy, dentro de instituciones como la monarquía o similares, están igualmente formadas por políticos profesionalizados que defienden regímenes corruptos, cómplices de la represión y restricción de los derechos democráticos, como en el caso del PSOE y sus sucursales  autonómicas, son verdaderos puntales del régimen transfranquista español. El serio problema de hoy es la fuerte crisis global del poder vigente que, para mantenerse, necesita restringir las libertades e impedir, por todos los medios, las movilizaciones populares.

Nos encontramos, pues, ante un serio fallo de todo un sistema económico y social que se manifiesta en un hundimiento ideológico y un enloquecimiento en las relaciones internacionales, contrario al principio de cooperación y orientado indefectiblemente hacia la agresividad y la guerra como instrumento privilegiado de intervención internacional. Sólo la fuerza de los pueblos y naciones democráticos, movilizados y unidos con un alcance universal, imponiendo los principios nacional-populares de la cooperación humana, tiene la potencialidad de poner freno a las agresiones del despotismo de nuestro tiempo.

Carles Castellanos i Llorenç, profesor de la UAB y militante de Poble Lliure

(publicado en El Punt Avui el 4 de mayo de 2026)