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Marca de la mancha España

Amadeo Palliser Cifuentes

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

No deja de ser curioso que dado el actual tsunami de noticias sobre la corrupción española: ahora, viendo que la UCO investiga a la propia guardia civil, es decir, se autoinvestiga, para encontrar pruebas del llamado ‘Zorro’, ‘Z’ o ‘ZZZ’, en el chat de Danilo Diazgranados; y sabiendo que el poder judicial fue incapaz de saber quien era el tal ‘M. Rajoy’, pero sí que será capaz de saber que el ‘Zorro’ era Zapatero; aún así y con todo, es penoso que siga prevaleciendo el comportamiento estereotipado de la población, propio de la zoocosis o del síndrome de Estocolmo; a pesar de que la actual situación descalifique la marca España como una verdadera mancha, como comento a continuación,.

En etología, se conoce la zoocosis como el síndrome que afecta a los animales nacidos y criados en cautiverio, describe acciones repetitivas, sin un motivo aparente, causadas por el estrés crónico, el aburrimiento y la falta de estimulación en espacios reducidos.

(fuente: Wikipedia)

Y los efectos de ese síndrome son la apatía, el aburrimiento, por la inflexibilidad conductual. Y, a mi modo de ver, esas características son las que se observan en la población en general, ya sea española o catalana, que, ante la falta de estímulos, tiende a mantener el statu quo, por temor a salir de su estado de confort, a un cambio que consideran que será a peor.

Efectivamente, un gobierno del PP y Vox, será peor. 

Pero mantener el gobierno de Pedro Sánchez, con lo que sabemos, y aunque, en gran parte, el actual tsunami judicial esté motivado por un pseudo-golpe de estado de los poderes ultraconservadores, no deja de ser un mal gobierno, como apuntan todos los indicios y su historia de promesas incumplidas. 

Debemos recordar que, como dijo Hannah (Johanna) Arendt (1906 – 1975), conectando con su famoso concepto de la ‘banalidad del mal’, en su ensayo ‘Responsabilidad personal bajo una dictadura’ (1967), escribió:

  • ‘aceptar un mal menor para evitar uno mayor, es una trampa mortal. Al elegir el mal menor, las personas olvidan rápidamente que, en última instancia, siguen legitimando y eligiendo el mal’
  • (…)
  • ‘aceptar el mal menor sirve de forma consciente para condicionar a los individuos a tolerar situaciones cada vez más resbaladiza y aberrante’. 
  • (…)
  • ‘al justificar la opción menos mala, se pierde el juicio crítico. El sistema totalitario logra que la sociedad coopere de forma gradual’.
  • (…)
  • ‘durante el nazismo, muchos colaboracionistas justificaron sus actos apoyando las ‘medidas necesarias’ o ‘el mal menor’ (como deportar a judíos para evitar peores masacres inmediatas), lo que condujo directo al Holocausto’.

Asimismo, podemos constatar que, ante la actual situación, la población en general expresa una especie de ‘síndrome de Estocolmo’ (*), pues es evidente que se da un cierto vínculo psicológico, entre la población y los políticos al mando, que se expresa con una cierta lealtad o empatía.

(*) que ya he explicado en un par de ocasiones, y que se refiere al concepto acuñado en 1973 por el psiquiatra sueco Nils Bejot, a raíz del secuestro de un banco en Norrmalmstorg, Estocolmo.

Las principales características detectadas por el citado psiquiatra fueron: una determinada percepción de bondad de los secuestradores, por parte de las víctimas; un sentimiento reforzado por su aislamiento e instinto de supervivencia; a pesar del abuso y violencia de los secuestradores. 

Ese síndrome, no está reconocido oficialmente, y no se incluye en el manual diagnóstico DSM-5, pues, más bien, lo consideran un síntoma derivado del trastorno de estrés postraumático (TEPT).

Sea como sea, e, independientemente de la etiqueta que le pongamos, me parece claro que las características mencionadas, junto a las de la citada zoocosis, explican, o pueden explicar, la ‘conformidad’ observada en general, y su consecuente pasotismo, no deja de ser una aceptación de la banalidad del mal señalada.

Como he apuntado, es evidente que la alternativa de un gobierno del PP y Vox, partidos de derecha y/o ultraderecha, será peor. Y ese argumento, ‘de cuanto peor, mejor’, no debe avalar los continuados errores del gobierno actual.

Ese argumento, llevado a un nivel estrambótico, lo expresó Mariano Rajoy (en 2017), con una frase que se hizo famosa, viral: ‘Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo beneficio político’; un lapsus que denotó su irregular pensamiento. (A este respecto es preciso recordar la famosa controversia ‘pensamiento vs lenguaje’ de Lev Vygostky, Jean Piaget, Noam Chomsky, etc.; sobre si el pensamiento determina el lenguaje o es al revés; pero explicar esto precisaría otro artículo).

Así, el contexto político actual, con tantos escándalos de corrupción que crispan a la sociedad, pero que, por la aritmética parlamentaria, dificultan una regeneración por falta de alternativas mejores, mantienen y perpetua la inestabilidad institucional y, en definitiva, hacen que la marca España sea, en realidad, la de una gran mancha de la democracia.

Por todo lo expuesto, y desde la óptica independentista catalana, me parece que la situación es, en cierto modo, más sencilla, ya que:

  • podemos desatender, obviar, el conflicto del gobierno español, y que ellos se lo compongan y solucionen sus problemas;
  • mientras que nosotros, en unas futuras elecciones, podríamos concentrar nuestro voto en el president legítimo de la Generalitat, Carles Puigdemont, irregular e ilegalmente destituido por el estado español el 28 de octubre del 2017, mediante la aplicación abusiva del artículo 155 de su constitución. 

Y reconociendo su legitimidad, como 130 president de la Generalitat (que traicionó ERC en diversas ocasiones y, de forma especial, Roger Torrent, siendo president del Parlament), podríamos optar por una nueva etapa hacia un futuro de libertad.

Evidentemente, el estado español no lo pondría fácil, ya que seguiría exigiendo su retorno e inmediato encarcelamiento; pues la legislación española, y la reglamentación del Parlament de Catalunya, exigen la presencia física del candidato en el hemiciclo, para ser investido, y recordamos, asimismo, las trabas para el voto telemático.

Pero, y ahí está el núcleo gordiano del problema, ya que, si bien el tribunal constitucional, en 2019, avaló la aplicación del 155 y el cese del gobierno y decapitación del Parlament, los catalanes podríamos plantear el conflicto por su restitución, no por su votación como un nuevo candidato.

Sabemos que nos regimos por un Estatut mutilado, no votado por la ciudadanía ni respaldado por el congreso / senado ni por su rey, y eso es una irregularidad legal, tolerada por los poderes del estado, pues no les convino, ni les conviene, replantear el tema. Y si el marco jurídico propio está en esa situación irregular, restituir la legitimidad del president, sería una irregularidad legal añadida, que, evidentemente, no sería tolerada por el estado. 

Aún así, ¿qué pasaría si, tras unas futuras elecciones planteadas por los independentistas como ‘restitutivas’, el futuro Parlament, votase restituir a Puigdemont, a pesar de no ser reconocido por el estado? 

Con toda seguridad, el estado imputaría y reprimiría, de nuevo, al president del Parlament, a la mesa y a los diputados destacados en esa acción. Y ese es el riesgo ante el seguro daño que el estado les aplicaría. Pero, una alternativa, para evitar la segura represión, sería que ante la imposibilidad de elegir como president a Puigdemont, se tuvieran que repetir las elecciones, y así, indefinidamente, entrando en un ciclo de una notable inseguridad e inestabilidad en todos los ámbitos, incluido el económico. 

Vemos que Pedro Sánchez prorroga los presupuestos de forma repetitiva, por falta de votos favorables; y, esa incompetencia, no le impide gobernar. ¿Así que, por qué los catalanes tenemos que ser más papistas que el papa, y querer tenerlo todo atado y bien atado?

En fin, creo que plantearnos esa nueva etapa irregular e inestable, podría ser nuestra baza, asumiendo las consecuencias.

Y, de ese modo, entrando en ese ciclo, irregular, frentista e incierto, no banalizaríamos el actual mal menor, comentado, ni asumiríamos responsabilidades respecto a la extrema derecha; y clarificaríamos nuestra situación de acuerdo con nuestros deseos de libertad, pues, como dijo Matilda Joslyn Gage (1826 – 1898), que cité en un escrito de hace un par de días: ‘Hay una palabra más dulce que madre, hogar o cielo. Esta palabra es Libertad’.

Sé que todo lo expuesto no deja de ser más que una elucubración mental, quizás fruto de las altas temperaturas que tenemos estos días, pero me parece que plantearnos una situación disruptiva, sería una alternativa para romper el ‘más de lo mismo’ que supone la asunción dócil y mansamente, de la represión que nos impusieron en diciembre del 2017 y que nos siguen imponiendo.  Sólo se trata de dejar de jugar con las cartas marcadas por el estado español e intentar clarificar el futuro de nuestros hijos y nietos. Nada más y nada menos.