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Aceptación vs resignación

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

En primer lugar, me parece de interés destacar que la manifestación de ayer (11/09), la Diada de Catalunya, fue un gran éxito para demostrar que el sentimiento independentista no está muerto. Evidentemente, la participación fue menor que en años precedentes, pero, como siempre, muy superior a la que cifran, interesadamente, las respectivas guardias urbanas de Barcelona, Girona y Tortosa, que determinaron 40.000 participantes en total, mientras que los organizadores señalaron que fuimos el doble. Pero, aún así, la realidad, es decir, la persistencia, a pesar de la deprimente actuación de los partidos independentistas, demostró tanto la resilencia (o resiliencia) del sentimiento y deseo de conseguir la República Catalana, como el notable relevo generacional, y eso es importante, como intento explicar a continuación.

Ya sabíamos que los medios de comunicación y opinadores tertulianos de turno, se limitarían a efectuar comparaciones numéricas, para autoconfirmar su opinión sobre el declive de nuestra fuerza movilizadora, basándose en la teoría de la profecía autocumplida, autorrealizada, de William I. Thomas (1863 – 1947), en su libro ‘Los niños en América: problemas conductuales y programas’ (1928), que fijó que ‘si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias’.

Y esas opiniones, descontextualizadas, parciales e interesadas, no merecen la menor atención ni respeto, pues criticar una manifestación. de 40.000 personas, cuando esa cifra no la consiguen nunca las concentraciones del PP y Vox, son de pena, de pura envidia, y una muestra más de su capacidad castradora.

Pero me interesa más centrarme en nuestro movimiento independentista, y sobre el particular, creo conveniente distinguir entre los términos aceptación y resignación, que, por más que se diga, no son completamente sinónimos, pues resignarse significa renunciar, rendirse, abandonar el objetivo, inacción y frustración; mientras que la aceptación no significa resignación, ni renuncia, si no, reconocer la realidad, afrontar la vida, el momento, con sus dificultades e inconvenientes, para, racionalmente, afrontar nuevos enfoques con renovados impulsos para afrontar las responsabilidades.

Según diferentes estudios psicosociales, la aceptación es una actitud positiva que comporta un propósito de cambio, pues entendemos que la realidad es así y a partir de ella podemos poner todas nuestras fuerzas en reconstruir lo que queremos; mientras que la resignación es una actitud pasiva, de impotencia y de conformidad, que te invita a no hacer nada, y aceptar la vida, el valle de lágrimas, sintiéndonos víctimas.

Así, la aceptación puede invitar a no luchar con lo que no se puede cambiar, pero si a centrarse en los aspectos que podemos cambiar, centrando nuestras energías en los aspectos que sí que son útiles. Mientras que la resignación es una rendición total, por agotamiento de las fuerzas, que nos dejan frustrados en plan víctimas, y buscar acciones de distracción y de evasión para aliviar nuestra carga negativa.

En síntesis, resignarse significa conformarse con las adversidades; y se emplea para hablar de algo negativo que se acepta; y, por contraposición, el ‘no resignarse’ niega esa aceptación. Por lo tanto, resignarse es rendirse sin esperanza, mientras que aceptar es mirar la realidad con nuevas perspectivas, si bien, sin olvidar el presente. Aceptar no es someterse, es participar en una nueva visión.

Según los estudios, cuando aceptamos una situación, en realidad pasamos página de una forma sana, mientras que cuando nos resignamos, nos quedamos anclados y mantenemos el dolor. Aceptar es estar abiertos a aprender, ser responsable de la respuesta ante las nuevas circunstancias; mientras que resignarse es mantenerse víctima en la equivocación.

Pues bien, ante esta diferencia, no sólo semántica, como hemos visto, me parece claro que en el movimiento independentista hay ciudadanos que han aceptado y otras que se han resignado, que han bajado la cabeza ante la potencia española, pues su ‘pragmatismo’ les ha hecho ver nuestra impotencia, y por eso han claudicado.

Evidentemente, lecturas de entrevistas, como las de ayer (en el Ara), a líderes políticos relevantes del 2017, como Jordi Sánchez (secretario general de la ANC) y Carme Forcadell (presidenta del Parlament), diciendo que, en aquel momento, fueron ingenuos, que no calibraron la desmesurada respuesta del estado ni tenían una correcta evaluación de la situación catalana, y eso no es nada motivador, pues nos confirma, a posteriori, que no eran los líderes necesarios, no eran las personas adecuadas para ocupar dichos puestos en ese momento. Y eso también es una enseñanza para el futuro, pues debemos ser más exigentes y, claro, no dejarnos deslumbrar por los destellos mediáticos, ni por las ‘medallas’ honestamente obtenidas.

Y volviendo a nuestro colectivo, es evidente, también, que deberíamos recuperar a los resignados, y para eso, es preciso efectuar un correcto análisis y diagnóstico, así como un adecuado pronóstico (una predicción informada sobre la probable evolución) y, en base a todo ello, plantear un plan y su correspondiente estrategia y las acciones pertinentes.

Todos creemos que, teniendo claro el objetivo, la independencia y la consecución de la República Catalana, ya es suficiente; pero no es así, necesitamos planes de acción y estrategias organizadas que nos aproximen al objetivo.

Y no podemos continuar como hasta ahora, pues eso nos llevará a la irrelevancia.

Debemos efectuar el correspondiente proceso de aceptación de la situación actual, con sus pros y contras, y enfocar nuestras energías en nuevas estrategias y acciones, compartidas con otros grupos homogéneos, ya que seguir actuando por libre, no lleva a ningún lugar, como hemos venido constatando.

Y en ese proceso, con toda seguridad emergerán nuevos líderes, que esperamos que sean menos ingenuos que los citados y como otros similares en ese momento.

Y la piedra angular será, a mi modo de ver, esa renovación generacional de líderes, pues los actuales ya cumplieron su papel, en mayor o menor medida, y están amortizados. Aunque sea duro decir eso, de personas que sacrificaron años de libertad, en parte por esa ingenuidad mencionada. Y, claro, no hay que olvidar, que, en gran medida, hicieron un bien trabajo, todo hay que decirlo.

Capítulo aparte, a mi modo de ver, es el president legítimo Carles Puigdemont, irregularmente cesado por el estado, y que, desde el exilio ha hecho una buena labor, aunque no haya dado el necesario fruto, dadas las fortalezas del estado español y de sus socios del mercado de la UE. Y, efectivamente, si un día, que mucho me temo que no será pronto, Puigdemont puede volver a Catalunya, obviamente será un revulsivo catalizador.

Pero no podemos ni debemos dormirnos en esos laureles y confiar en esa opción, ya que el verdadero motor, que deberá ser, nuevamente, el revulsivo, será la ciudadanía, las bases; y, llegado ese momento, si el president está disponible al 100%, perfecto, si no, saldrán otras personas con capacidad de hacer una correcta y adecuada lectura del momento, nada ingenua, que apoye y sea apoyado por las bases, para emprender, de nuevo, el camino desde el punto que lo dejamos el 1 de octubre del 2017.

Por eso, la manifestación de ayer, a mi modo de ver, tiene y debe tener una lectura positiva, pues vimos, de nuevo, una notable participación juvenil, savia nueva, que nos renovará las fuerzas y energías, y con esa nueva vitalidad, afrontaremos el futuro siendo más sabios, y dejaremos de resignarnos, y trabajaremos por aquello que sí que podemos cambiar.