
Imagogenia
@mar_naa
Pues el chisme se puso bueno, y es que desde la semana pasada en redes sociales se viralizó un conjunto de historias que subió Brooklyn Peltz Beckham, donde hace públicos los motivos del distanciamiento con sus padres —y, en general, con su familia—. Y es que, si bien este es un chisme de farándula, aquí también está involucrada la construcción de la imagen de una marca. Primero debemos entender que la imagen pública no se improvisa ni se hereda de forma automática: se construye con tiempo, disciplina y coherencia. Y aunque existen muchos artistas que han tenido un impulso importante gracias a la fama que tienen sus padres, esto no siempre significa éxito garantizado.
En el caso de los Beckham, hablamos de una de las marcas personales y familiares más sólidas del mundo del entretenimiento y el deporte. David y Victoria no solo acumularon fama; la administraron, la profesionalizaron y la transformaron en un legado global que trasciende generaciones y fronteras.
Ahora bien, debemos entender que Brooklyn Beckham ha crecido bajo el “cobijo” de ese apellido, aunque él lo perciba como algo tóxico. Sin embargo, su visibilidad, sus oportunidades profesionales y su presencia mediática existen, en gran medida, gracias a la plataforma que construyeron sus padres. El problema aparece cuando el beneficiario de ese capital simbólico —que es la imagen de los Beckham— busca romper con la narrativa que lo sostiene sin haber construido aún una identidad propia lo suficientemente sólida como para sostenerse por sí misma. Separarse emocionalmente de una familia es una decisión personal que no necesita justificación; separarse de una marca global sin una estrategia clara es un riesgo reputacional. Y ojo: no estamos hablando aquí de quién tiene la verdad y quién está mintiendo, sino de los riesgos de sus acciones.
Las historias que compartió Brooklyn, además de cuestionar a sus padres como figuras privadas, también buscan restar legitimidad a la narrativa bajo la cual se ha construido su imagen. Sin embargo, cuando una marca es fuerte, tiende a protegerse con el silencio, con apariciones cuidadosamente calculadas y con gestos simbólicos que refuercen su narrativa central; aquí, el silencio sobre “el problema” comunica aún más. Y eso es exactamente lo que David y Victoria han hecho: no se han ensuciado las manos, se han presentado unidos, acompañados de sus hijos y de las parejas de estos, recordándole al mundo el poder de su imagen. Son gestos simbólicos que refuerzan su narrativa central y eclipsan la percepción de Brooklyn sobre el problema.
Sin duda, Brooklyn debe sopesar el poder de la imagen de su familia frente a lo que él ha construido. Basta ver cómo Oreo capitalizó la problemática y relanzó una campaña para las nuevas galletas Oreo Creme Egg —unas galletas que amalgaman dos sabores absolutamente icónicos en tierras británicas: el de la crema de las galletas Oreo y el del praliné de chocolate de los Creme Eggs de Cadbury—, rebautizándolas como “nepo cookies”. Al igual que Brooklyn Beckham, un “nepobaby”, estas galletas son hijas de dos íconos de la cultura pop. Esto deja en claro que la imagen del hijo mayor de los Beckham se vio mucho más afectada que la del resto de la familia.
Al final, para Brooklyn, este episodio debería marcar un punto de inflexión. Si desea dejar de ser percibido como un “nepobaby”, necesita aceptar el origen de sus privilegios, agradecerlos y, a partir de ahí, empezar a construir una identidad propia con trabajo sostenido, criterio y paciencia. Porque, ciertamente, no basta con distanciarse; hay que demostrar quién se es cuando el apellido deja de ser el argumento principal. Por su parte, seguramente David y Victoria seguirán protegiendo su imagen como lo que es: un legado. Porque cuando una marca ha sido construida durante toda una vida, no se defiende con explicaciones, sino con consistencia y coherencia, y en el mundo de la imagen pública, esa sigue siendo la forma más poderosa de autoridad.