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Anteayer Gabriel Rufián (portavoz de ERC), en el congreso de los diputados, enseñó un billete de 50 € a los de Junts, y les dijo que esa era su bandera, por haber votado en contra de la aprobación de decreto ley sobre la congelación transitoria de los precios de las viviendas de alquiler. Y esa política de crispación, propia del rufián Rufián, tiene varios objetivos, como expongo a continuación.
Es sabido que la política de crispación constante busca la polarización como estrategia para conseguir la mayor hostilidad y desgastar al contrincante. Una estrategia pensada en su difusión en tuits y, así, llegar a un mayor público, acrítico y alérgico a leer algo más largo que los 140 caracteres al uso.
Es evidente que, en toda negociación, es preciso que ambas partes intenten efectuar aproximaciones, cediendo parcialmente. Pero, en esta ocasión, vimos, contrariamente, como Yolanda Díaz (Sumar) insultó a Junts, acusándole de racista y clasista; y Rufián (ERC), y como he apuntado, sacó el mencionado billete, así como unas hojas con supuestos comentarios de inquilinos cabreados con Junts.
En su exposición desde el atril, Rufián nombró a los siete diputados de Junts, acusándoles de defender intereses personales, espurios, ilegítimos, más que los colectivos; pensándose Sumar y ERC, que son los únicos depositarios de la verdad absoluta en la defensa de la ciudadanía.
Por eso, el president legítimo, Carles Puigdemont, en ambas ocasiones contestó en la red X, de forma coherente y contundente.
Y esa crispación provocada por Rufián, se trasladó a la calle, y la diputada de Junts, Marta Madrenas, fue increpada por un ciudadano y, al mismo tiempo, ese anónimo personaje, escupió a la citada diputada. Y Rufián, ante ese hecho, contestó que los verdaderos cabreados son los 3 millones de inquilinos.
En ese contexto, y paradójicamente, Pedro Sánchez (PSOE) se ha limitado a mirar la confrontación desde la barrera, sin involucrarse en exceso en la defensa del mencionado decreto; ni se ha dedicado a rebajar la tensión. Y eso cuadra con su actual política, dedicada a los temas internacionales, pensando que, de forma interna, su bandera de ‘No a la guerra’ ya será suficiente para tapar todos los otros temas de cocina interna.
De ese modo, la consecuencia en la población es el de potenciar el pasotismo, por cansancio y desprecio generalizado a toda la clase política.
Y esta situación me confirma que faltan estadistas, políticos con un mínimo de ética y de moral, en definitiva, con una asunción de responsabilidad y respeto a las necesidades de la ciudadanía.
Es verdad que Rufián, con sus actuaciones, proyecta, inconscientemente, sus propias carencias y, asimismo, denota su nula visión política global; pues es inconcebible que siempre vierta toda su acritud, toda su bilis negra, contra Junts, ante el regocijo de los unionistas, pues los españolistas aplauden con las orejas al ver la lucha, fraternalmente cainita, como los bíblicos Caín y Abel, los primeros hijos de Adán y Eva. Pues Rufián, como Caín, tiene verdaderos celos, creyendo que las ofrendas de Abel, que ofreció la mejor de sus ovejas, era premiado.
Mientras que Rufián, apoltronado en Madrid, desde hace más de una década, supongo que se ha dado cuenta que su imagen en España puede ser buena, pero, en Catalunya, el independentismo en general, de cada vez le tiene menos aprecio. Incluso, ha perdido la consideración de buena parte de su propio partido (ERC), que no ha aceptado su apuesta de la unión de las izquierdas (olvidando el eje nacional)
Pero, claro, Oriol Junqueras, líder de ERC, no se atreve a relegarlo, ya que, en realidad, sigue creyendo que Rufián favorece la ampliación de la base de votantes, sin importarle que esa base, mayoritariamente jóvenes, acuden a la luz tuitera de Rufián, como las moscas a la luz, pero que, al menor contratiempo, giran y marchan, sin más.
Ante este panorama, me parece evidente que de cada vez tenemos más lejos la independencia, pues, si los partidos, Junts y ERC, no se unen, aunque sea frágilmente, como sucedió con el Junts per el Sí, no tenemos nada que esperar, máxime cuando la CUP, parece que se ha perdido en su propio ensimismamiento, y ahora ya no está ni se le espera.
Y así, me parece claro que nuestra generación lo seguiremos teniendo todo bien negro; y solo podemos seguir soñando en que sean nuestros nietos los que retomen la bandera del 1 de Octubre, y se replanteen y lo implementen, si lo consideran pertinente.