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Ayer se cumplió el onceavo aniversario de la consulta del 9 de noviembre del 2014, y según Vicent Partal, en su editorial de Vilaweb, dice: ‘Es brutal: hace tan solo once años del 9-N y ya lo hemos enterrado. Con la misma eficacia suicida con la que enterramos todo lo que hacemos, antes de que madure’. Y hoy (10/11) se cumplen 164 años del estreno, en San Petersburgo, de la ópera ‘La fuerza del destino’, de Giuseppe Verdi. Por eso, me parece interesante repensar nuestra situación, uniendo, metafóricamente, ambas efemérides.
Partal, escribe que:
‘Dos millones trescientos mil catalanes desafiando la prohibición española, votando sin permiso, creando de la nada una infraestructura democrática paralela … Y nosotros, ¿qué hacemos ante este milagro, delante esta inyección de confianza? Lo reducimos todo a cenizas con nuestro desprecio retrospectivo. ‘No sirvió para nada’, repetimos, como si esta frase fuese una letanía expiatoria.
(…)
Pero, extrañamente, resulta que una nación que lee su historia como una sucesión ininterrumpida de fracasos, continúa existiendo.
(…)
La enfermedad tiene nombre: nihilismo provinciano. El nihilismo de los pueblos que han interiorizado tan profundamente la subalternidad que ya ni necesitan al opresor externo: se oprimen solos. Madrid ya no necesita enviar a los piolines para reprimirnos; ya no reprimimos nosotros mismos con una eficacia que haría envidiar a cualquier dictadura. Cada vez que decimos que el 9-N y el ‘procés’ ‘no sirvieron para nada’, hacemos el trabajo sucio del adversario. Cada vez que reducimos el 9-N a una anécdota validamos el relato de España y de su clase política.
Y la cosa más perversa de esta dinámica no es sólo que nos anula el pasado; es que nos condena el futuro.
(…)
El 9-N fue la primera vez en siglos, que los catalanes votábamos sobre nuestro futuro político, en un ejercicio de autodeterminación no tutelado ni consentido por España ni Francia.
(…)
Con el añadido, todavía, que el drama del negativismo catalán que arrastramos y que tanto daño nos hace hoy, se disfraza de virtud. ‘Somos muy críticos’, decimos, como si la autocrítica destructiva fuera un mérito. ‘No nos engañemos’, repetimos, como si el único engaño posible fuese el optimismo. ‘Toquemos de pies al suelo’, insistimos, mientras nos enterramos nosotros mismos en la tumba hasta el cuello. Cuando ser crítico no quiere decir ser autodestructivo. Cuando tocar con los pies la tierra no quiere decir renunciar a andar.
(…)
La primera responsabilidad de un pueblo que quiere ser libre, es saber leer su historia con la generosidad inteligente de los que entienden que las naciones se hacen a fuego lento, con paciencia, con la suma de gestos que, aisladamente, pueden parecer insuficientes pero que, acumulados, resultan irreversibles (…)’
(Vilaweb, 9 nov. 2025)
Esta editorial me parece genial, pues Vicent Partal, como casi siempre, nos traslada unos comentarios y pensamientos sobresalientes que, a muchos, nos llegan hasta el fondo de nuestra forma de pensar, y de actuar.
Y en esta ocasión, Partal hace un análisis muy preciso de nuestra manera de ser de los catalanes, pues nos planta ante nuestro pesimismo patológico, y al vernos en ese espejo, nos repetimos, de forma consciente que, efectivamente, ‘las naciones se hacen a fuego lento’, pero, después de más de tres siglos de represión, nos decimos que es humano que flaqueen nuestra desconfianza y paciencia, pues no somos de hierro. Y ese es un mero mecanismo de defensa.
Por eso, aprovechando el aniversario de la mencionada ópera ‘La fuerza del destino’, compuesta por Giuseppe Verdi (1813 – 1901), basada en la novela castellana ‘Don Álvaro o la Fuerza del Sino’, publicada en 1835 por Ángel María de Saavedra Ramírez de Baquedano, duque de Rivas (1791 – 1865) y con una escena adaptada de la obra Vallensteins Lager, de Johann Christoph Friedrich von Schiller (1759 – 1805), me parece que puede ser interesante atar algunos cabos con la citada editorial de Partal.
El argumento de esa novela y de esa ópera, es muy conocido, por lo que no me detendré en él (como única curiosidad familiar, destaco que buena parte de la historia se centra en Hornachuelos, un pueblo cordobés, en el que nació J. V., uno de mis cuñados, fallecido por el Covid, en 2020)
Y pasando al núcleo del presente escrito, me parece de interés destacar que el destino, la fatum, la fatalidad, el sino, o como queramos llamarlo, aunque no confiemos en él, por no creer en la determinación de nuestras acciones, realmente nos condiciona.
Y no es que creamos en fuerzas o poderes sobrenaturales, pero muchos tampoco creemos en el libre albedrío, ya que estamos condicionados y supeditados por el ‘destino’ impuesto por el poder central. Y esa imposición, de acuerdo con la teoría de la causalidad, que afirma que: ‘toda acción conlleva una reacción, dos acciones iguales tendrán la misma reacción, a menos que se combinen varias causas entre sí haciendo impredecible a nuestros ojos el resultado’, nos confirma que no estamos en un entorno neutro.
Sabemos que nada existe por azar y, por eso, somos conscientes de los efectos de la represión española, que son la causa de nuestro pesimismo; pero esa actitud debemos superarla, revertirla, ya que, en caso contrario, como dice Partal, estaremos haciendo el juego sucio de los represores.
Y ya sabemos el destino que nos quiere imponer el reino español, y no es, ni más ni menos, que el proclamado por la Falange Española, que, en el artículo 1 de sus estatutos fundacionales del 7 de diciembre de 1933, define a España de la siguiente forma:
‘Falange Española cree resueltamente en España. España no es un territorio. Ni un agregado de hombres y mujeres; España es, ante todo, una unidad de destino; Una realidad histórica; Una entidad, verdadera en sí misma, que supo cumplir -y aún tendrá que cumplir- misiones universales.
Por lo tanto, España existe:
- Como algo distinto a cada uno de los individuos, y de las clases y de los grupos que la integran.
- Como algo superior a cada uno de esos individuos, clases y grupos, y aún al conjunto de todos ellos.
Luego España, que existe como realidad distinta y superior, ha de tener sus fines propios. Son esos fines:
- La permanencia en su unidad.
- El resurgimiento de su vitalidad interna.
- La participación, con voz preeminente, en las empresas espirituales del mundo.
(…) El separatismo ignora y olvida la realidad de España. Desconoce que España es, sobre todo, una gran unidad de destino. Los separatistas se fijan en si hablan lengua propia, en si tienen características raciales propias, en si su comarca presenta clima propio o especial fisonomía topográfica. Pero -habrá que repetirlo siempre- una nación no es una lengua, ni una raza, ni un territorio. Es una unidad de destino en lo universal. Esa unidad de destino se llamó y se llama España. Bajo el signo de España cumplieron su destino -unidos en lo universal- los pueblos que la integran. Nada puede justificar que esa magnífica unidad, creadora de un mundo, se rompa.
(https://share.google/jmlOR5C2p9Ls5bOQx)
Y, por ‘arte de magia’, esos principios se trasladaron a la constitución de 1978, ya que, en su artículo 2, especifica que:
‘La Constitución se fundamente en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles (…)’
Por todo ello, queda claro que los poderes del reino español nos quieren aculturar con esa pretendida unidad de destino en lo universal, que, por lo visto, emana del Big Bang, y está por encima de la voluntad y características de las personas.
Y si caemos en esa trampa, y sucumbimos al pesimismo y catastrofismo, como pasó con la aculturación de las poblaciones indígenas americanas, realmente, nuestro destino, nuestro fatum, será el que definió José Antonio Primo de Rivera (1903 – 1936), en los mencionados principios ideológicos de la falange.
En definitiva, debemos, deberíamos, ser capaces de discrepar de ese relato, de esa narrativa que nos imponen; y, en consecuencia, es preciso que defendamos los principios fundamentales de la libertad, igualdad, etc.
Solo priorizando a nuestros paisanos, a nuestros conciudadanos, y sus deseos sobre nuestro futuro político, obviando toda elucubración fantasmagórica, espectral y supratelúrica del reino español, podremos llegar a ser lo que queremos ser; y, para ello, debemos actuar en consonancia, con la máxima coherencia … y celeridad.