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En todos los órdenes de la vida (personal y social) vemos que predomina el lampedusismo o gatopardismo (cambiar todo para que nada cambie), que es la máxima expresión del conservadurismo: ‘que nos dejen tal cual y Pascual’, y así enterramos nuestras incertidumbres, ilusiones y emociones y, en definitiva, frenamos todo tipo de cambio. Como intento explicar a continuación.
A modo de recordatorio, es preciso señalar que la expresión que nos ocupa tiene su origen en la novela ‘Il Gattopardo’, la única novela del noble Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896 – 1957), publicada póstumamente (1958).
Esa frase mencionada, el autor la pone en boca de Tancredi hablando con el príncipe Fabrizio; ahora bien, de esa novela hay otros pensamientos, en esa misma línea, que también se han hecho populares, como:
- ‘Claro, el amor. Un año de ardor y llamas, y luego treinta de cenizas’,
- ‘Hacía decenios que sentía cómo el fluido vital, la facultad de existir, la vida, en suma, y quizás también la voluntad de seguir viviendo, iban retirándose lenta, pero continuamente, de él, como se agolpan y van pasando uno tras otro, sin prisa, pero sin pausa, los granitos por el estrecho orificio de un reloj de arena’.
Y esos pensamientos, que el autor centra en plenas turbulencias previas al Risorgimento (la unificación italiana, ‘Unità d’Italia’ o ‘l’Unità per antonomasia’), entre 1859 y 1870, me parece que son plenamente vigentes en la actualidad.
Es verdad que todas las reglas tienen excepciones, y así, tenemos a Trump, que, sin ningún reparo, se salta todas las líneas rojas, para romper el estatus quo, abusando de su gran poder.
Ahora bien, a nivel personal y social, y, especialmente, al nivel político mediocre, predomina el gatopardismo. Solo hace falta ver a los diferentes políticos como:
Pedro Sánchez (que actúa como la gallina Mike, citada en mi escrito de ayer, que vivió 18 meses descabezada, sin saberlo, claro), y así, ese ‘líder’, va dando cabezazos a diestro y siniestro, como, ahora, su lucha contra las grandes redes sociales, olvidando que, si bien su posición es correcta, sería más operativa si fuese elaborada, asumida y respaldada por la UE; pero lo que él busca es la notoriedad, que se hable de él, aunque sea mal, pues, así, domina y controla la agenda de las tertulias y discusiones políticas, que se centran en su última ocurrencia de turno, para no hablar de otros temas. Y así, con esa actitud gatopardista, van pasando los años, y el sistema profundo español sigue campando a su aire, con el impasible ademán falangista / franquista.
Y esa misma actuación lampedusiana la vemos en los ‘líderes’ de ERC, que se pierden, y nos pierden, discutiendo por las ramas, para ocultarnos el fondo, el núcleo realmente importante, que es la independencia. Y, de ese modo, vergonzantemente, apuntalan al PSC/PSOE.
Pero también muchos independentistas catalanes se han acomodado al estatus quo, considerando la República Catalana como una mera quimera; y, por lo tanto, asumiendo el papel de derrotados, de vencidos.
Y en ese caldo de cultivo, obviamente, predominan los ‘tancredos’ (volviendo, así al citado personaje Tancredi, autor de los pensamientos mencionados en la novela de Tomasi di Lampedusa.
Es preciso recordar que el ‘tancredo’ hace referencia ‘al torero que ejecuta una suerte consistente en esperar inmóvil al toro, subido en un pedestal; es decir, las personas que ‘hacen de estatua’ ante los problemas, sin inmutarse ni mover un solo músculo’. El ejemplo paradigmático lo tenemos en el president Salvador Illa (155); pero, también, en muchos conciudadanos, independentistas y unionistas españoles.
Es verdad que, en determinados momentos, es preciso y conveniente, efectuar movimientos paralelos, como, por ejemplo, los efectuados por el ingeniero rumano, Eugeni Lordachescu (1929 – 1988) que, tras el terremoto de 1977, y ante el deseo del presidente Nicolae Ceausescu (1918 – 1989) de aprovechar el desastre para reurbanizar la capital, se dedicó a trasladar a 13 edificios religiosos (entre ellos, la iglesia de Schitul Maicilor, que pesaba más de 800 toneladas, y que movió 250 metros; y el monasterio completo de Mihai Voda, con su gran torre anexa) y 16 edificios civiles; en contra de la opinión de muchos de sus colegas, que vaticinaron que el proyecto era inviable y ningún funcionario se atrevió a dar el permiso por escrito, ya que todos consideraban que los edificios se caerían. Pero no fue el caso, Lordachescu los elevó y colocó en unas vías y las movió unos metros, para, así, dar paso a nuevas carreteras y parques.
Y ese ejemplo me parece más que elocuente y motivador, pues las aparentes grandes decisiones solo requieren personas lúcidas, intrépidas y con el carácter preciso para enfrentarse a los innumerables tancredos que abundan por doquier, y que prefieren que ‘todo cambie para que todo siga igual’, ‘cambiar todo para que nada cambie’, pues piensan que ‘el gato escaldado, del agua fría tiene miedo’, y muchos sabemos, precisamente, que ‘gato miador, nunca buen cazador’, y, por eso, debemos huir, abandonar, a ese tipo de pseudo líderes, que nos quieren marear con su verborrea, creyendo que nos engañan, y no nos dejan fluir, como expresa el término japonés ‘kawa’ (río o arroyo que encarna el movimiento continuo de la vida), contrapuesto, obviamente, a los ‘hombres estatua’ citados.
Hombres estatua, inmóviles, incluso ante la noticia de que Adif ejecutase únicamente el 50% del presupuesto en Catalunya, el pasado 2025, a pesar de haber recibido 4350 millones de euros de fondos europeos (NextGenerationEU), la empresa más beneficiada; importes finalistas, destinados, casi a partes iguales, entre los trenes de alta velocidad y los de cercanías. O como la judicatura española, inmóvil, a pesar de la decisión del Tribunal de Justicia de la UE, que hoy ha dado la razón a los entonces eurodiputados, Puigdemont, Ponsatí y Comín, a los que el parlamento europeo les quitó, irregular e, ideológicamente, la inmunidad de la que gozaban por derecho; pero los jueces españoles son los prototipos del pensamiento del ‘impasible ademán’ que he comentado.
Por todo ello, nos hace falta que el president legítimo, Carles Puigdemont, haga como Eugenio Lordachescu y, a pesar de todas las opiniones contrarias, se decida a dar el gran salto hacia adelante (pero, claro, sin recordar el de Mao Zedong (1893 – 1976).