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El ‘Principio de Pareto’, conocido también como la ‘Ley 80 – 20’, dice que el 80 % de los efectos son consecuencia del 20 % de las causas. Y me parece interesante tomar esa ley al revés, es decir, que el 80 % de las causas, de nuestras acciones, apenas tienen el 20 % de los efectos; y eso debería hacernos repensar nuestra estrategia en todos los órdenes de nuestra vida, para bajarnos los humos y nuestra soberbia, como intento explicar.
Vilfredo Pareto (1848 – 1923) fue un economista y político italiano conocido por la teoría del ‘Óptimo de Pareto’ (Pareto-efficient), que demuestra que se consigue ese óptimo de equilibrio, cuando no es posible que alguien obtenga un beneficio superior sin que pierda algún otro, es decir, cuando no es posible mejorar ninguna evaluación sin empeorar otras. En una situación que no es ‘óptima según Pareto’ hay al menos un actor que puede obtener un beneficio superior sin que perjudique a nadie y, por lo tanto, tenderá a obtener ese beneficio, sin tener que vencer resistencias de otros, al menos, a priori.
Esta teoría de Pareto se aplica en la teoría de juegos, para la toma de decisiones multicriterio y la búsqueda de la optimización; para el control de calidad total y el método de mejora de procesos ‘seis sigma’.
En otros entornos, como en ingeniería de software se estima el 90 / 10; y, en las redes sociales, se calcula que un 1 % de los usuarios crean contenidos, el 9 % lo modifican y el 90 % lo consumimos pasivamente.
Por todo lo expuesto, me parece evidente que, como personas de condición y situación media (mediocre), que somos la mayoría, nuestras acciones individuales difícilmente tendrán efecto alguno, o lo tendrán brevemente y en círculos muy reducidos; y nuestra masificación multiplica nuestra irrelevancia, dejándonos como meros consumidores de contenidos y, para mayor colmo, consumidores acríticos y arrogantes.
Igualmente, la mayor parte de los políticos también son irrelevantes, por más complejo de superioridad que padezcan; y por más eco que tengan en los medios de comunicación, que, en realidad, también tienen un efecto minoritario, sino irrelevante, efímero.
Históricamente hemos comprobado que en la política española, incluso los innumerables casos de corrupción (ERO de Andalucía para el PSOE o el caso Gürtel para el PP), apenas tuvieron incidencia electoralmente, pues dichos partidos tienen ‘cautivos’ un gran poso de votantes, a modo de ‘fondo de armario’. El actual ejemplo de Extremadura puede ser la excepción que confirme esa regla y provoque un tsunami estatal o, seguramente, todo acabe resituándose, sin mayor efecto.
Asimismo, podemos constatar que muchas acciones y declaraciones de los partidos, no dejan de ser más que fuegos de artificio, sin efecto alguno, más allá del fulgor momentáneo, por lo que estarían dentro del 80 % de irrelevantes. Ahora bien, una acción como podría ser el regreso del president legítimo, Carles Puigdemont, sí que cabría incluirla entre el 20 % de las acciones con efectos notorios en todos los entornos.
Y, como he repetido en muchas ocasiones, si los partidos teóricamente independentistas buscasen el ‘óptimo de Pareto’, realmente se unirían, para buscar el máximo beneficio sin perjudicar a los otros, sin el desgaste que comporta la competencia entre ellos. Es sabido que el mayor peligro institucional tiene su origen en los enemigos internos, de los partidos políticos y, en este caso, del ‘movimiento independentista’.
Eso lo confirma la teoría del dilema del prisionero, en la teoría de juegos, pues los jugadores pueden colaborar o traicionarse, ya que se trata de una situación de suma no nula. Así, los partidos independentistas, buscando su propio máximo beneficio, independientemente de los otros, abusarán de la traición, que es la estrategia dominante; y el único equilibrio es que todos se traicionen, prescindiendo de lo que hagan los otros jugadores. La teoría del equilibrio de Nash (John Forbes Nash, 1928 – 2015) describió que los jugadores obtendrían un resultado global mejor si colaborasen, y eso sería la llamada ‘solución de Pareto sub-óptima’.
Hoy, 28 de diciembre, la iglesia católica conmemora el ‘día de los inocentes’, asesinados por decisión de Herodes el Grande (*), que, como ya comenté en escritos de ese mismo día de hace años, me parece el peor ejemplo posible, pues denota una enorme injusticia bíblica. José de Sousa Saramago (1922 – 2010), en su obra ‘El Evangelio según Jesucristo’ (1991) se planteó que José escondiera a Jesús para que no fuera muerto por orden de Herodes, y claro, los padres asumiendo la muerte de los otros niños inocentes.
(*) aunque según los historiadores, fue rey de Judea, Galilea, Samaria e Idumea, desde el 40 a. C., hasta el 4 a. C.; así que no cuadra con el nacimiento de Jesús, claro; por lo que se niega la historicidad del episodio, si bien, es coincidente con otros hechos similares, llegando a matar a 3 de sus hijos.
Pues bien, un día como hoy, y no quiero que parezca una inocentada, me parece relevante recordar la editorial conjunta (en la actualidad también es impensable un nuevo acuerdo así), titulada ‘La dignitat de Catalunya’ firmada y publicada el 26 de noviembre del 2009, por los doce periódicos con sede en Catalunya, en defensa del Estatut, que tuvo un enorme impacto, aunque, como sabemos, ningún efecto, pues la posterior sentencia del tribunal constitucional fue en sentido contrario (en el centrípeto de siempre, claro). Y así, 16 años después, los problemas mencionados en esa editorial: la definición de Catalunya como nación, el reconocimiento de la lengua catalana, las relaciones Generalitat – estado, etc., siguen igual, o peor. Y eso no es una ‘buena inocentada’, es una gran tomadura de pelo.
Y ya no sé que más podemos esperar, pues tenemos demasiados ejemplos de tomaduras de pelo por parte de los peluqueros del reino, y por los ‘corre-ve-y-diles’ de ERC, como estamos viendo estos días con mensajes interesados sobre la futura financiación de Catalunya (singularidad generalizada; eso ni Groucho Marx (1890 – 1977) fue capaz de pensarlo), pero sí ERC, con total desfachatez, pues está haciendo un ‘donde dije digo, digo diego’.
En definitiva, los independentistas catalanes deberíamos decidir el papel que queremos asumir en los próximos años, el de seguir perteneciendo a la masa irrelevante o, de forma definitiva (pacífica y ordenadamente), tomar las riendas del carruaje y guiar nuestro destino. Todo depende de nosotros.