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Siguiendo con el tema central de mi escrito de ayer, en concreto en las diferentes muestras de interacciones sociales, me parece preciso centrarme, ahora, en los funcionarios, en especial, en los altos funcionarios, si bien también los hay de bajo y medio nivel (operarios y conductores de Renfe, policías, jueces, militares, etc.), pues mayoritariamente (y siempre, salvo honrosísimas excepciones), más que destacar por su profesionalidad en sus respectivos empleos públicos, resaltan por su ideología castellano – franquista – españolista, como intento explicar a continuación.
Hace unas semanas vimos que ante la posibilidad de que el gobierno de Pedro Sánchez cumpliera con su acuerdo de transferir Rodalies (trenes de cercanías) a la Generalitat, como estaba pactado en el programa de investidura, la presión con amenazas de huelgas, por parte de los maquinistas y operarios de Renfe, hizo doblar el brazo del gobierno, que, finalmente, estableció una empresa en la que el estado seguiría teniendo mayoría, ahora el 50,1% del accionariado. Esa es la forma que tienen de ‘transferir íntegramente’ la gestión. Pero, el colmo, fue oír que el ministro de transportes, Óscar Puente, ‘justificase’ esa medida, diciendo que el gobierno siempre vela y velará por los derechos profesionales de los funcionarios y sus convenios laborales, ‘como no puede ser de otra forma’ (ese es el mantra de los más incompetentes, claro, pues formas siempre hay muchas)
Otros ejemplos de esa extralimitación de sus deberes, los hemos visto y sufrido con otros funcionarios, como los policiales y sus sindicatos ultraconservadores, que actúan políticamente, oponiéndose a la cesión del edificio de Vía Laietana 43, la comisaría de Barcelona, histórica por su represión y torturas; presentando querellas contra la amnistía de ciertos acusados independentistas; o falseando informes, como el ‘Tácito’ de la guardia civil; etc.
Y ya no digamos la casposa casta de la cúpula judicial, recluida en el tribunal supremo y la fiscalía; con sus decisiones siempre interesadas, como, por ejemplo, para avalar, ahora, el expolio de las pinturas de Sixena, propiedad del MNAC.
Y estos días lo vemos con los altos funcionarios de la hacienda y de la agencia tributaria española, contrarios a que se configure la agencia catalana y se transfiera la recaudación y gestión de los impuestos catalanes en Catalunya, tal como acordó ERC para investir de president al represor Salvador Illa.
Así, ahora, tras un año de ir perdiendo el tiempo, Illa ha expresado que ‘la agencia tributaria catalana no está musculada, y por eso, es preciso posponer hasta el 2028 (el acuerdo fijado para el 2026), para poder cumplir con el acuerdo y, así, ir incorporando personal y medios, sin prisas y con rigor’.
Y eso, claro, es otra bajada de pantalones del gobierno español y catalán; otra cesión al cuerpo funcionarial, parásito y depredador por excelencia (como hemos visto estos días con el caso Montoro).
Si el gobierno de Pedro Sánchez tuviera poder y voluntad de cumplir con sus deseos políticos, y como muy acertadamente señala Jofre Llombart, en su artículo titulado ‘El PSOE sí que puede esperar al 2028, Catalunya no’, la solución racional e instantánea consistiría en:
‘(…) convertir a los funcionarios y a los ordenadores de la agencia tributaria española establecidos en Catalunya, en funcionarios y ordenadores del cuerpo de la Generalitat. Pero esta élite funcionarial se dejará cortar antes un brazo que ser traspasado. Igual que con los trabajadores de Renfe y el traspaso de Rodalies, su poder es muy alto y, de hecho, estos colectivos son unos de los cómplices necesarios para retrasar, si no impedir, esta mejora de la calidad de vida de los catalanes (…)’
(Elnacional.cat, 3 de agosto 2025)
En todas las empresas hay empleados, trabajadores parásitos, pelotas, lambones, y éstos, generalmente, por carecer de ética, no tiene escrúpulos para hacer ‘cualquier cosa’ para prosperar, promocionar. Pero es vergonzoso que en los empleos públicos también se reproduzca esa degenerada estrategia.
Pero todavía es más grave y vergonzante cuando en los funcionarios públicos prima la ideología conservadora, neofranquista. Y que ese colectivo tenga tanto poder, ya es definitorio de un estado, controlado por una monarquía con el historial y los pies de barro, como la española, en la que Felipe VI actúa como el zángano, en todos sus sentidos, de la gran colmena que es el estado español.
Obviamente, es sabido que un funcionario (o cualquier trabajador) forzado a ser transferido, contra su voluntad, acabará siendo nefasto para su gestión posterior (más de lo que es en la actualidad), ya que podrá boicotearla o, simplemente, demorar cualquier medida, como describió Mariano José de Larra y Sánchez de Castro, 1809 – 1837), en su obra ‘Vuelva usted mañana’ (1833).
Por eso, llegado el caso, el gobierno, los gobiernos (central y Generalitat) deberían ser fuertes para sancionar y despedir a los incumplidores y, claro, enfrentarse a los diferentes sindicatos españolistas (UGC, CCOO, etc.) dejándolos de subvencionar, pues no es aceptable ni viable un gobierno con una oposición interna en el cumplimiento de sus deberes.
Pero en el actual estado español, dominado por ese cáncer metastásico, los independentistas catalanes nunca podremos ganar, conseguir y/o reconquistar ninguno de los derechos que nos arrebataron con los decretos de nueva planta firmados por el primer Borbón, Felipe V, tras derrotarnos en 1714.
Está claro, esos altos funcionarios españolistas juegan otra liga, y tienen mucha experiencia, y, a ellos sí que les sobra musculatura para poder reprimirnos.
Por eso, no nos conviene ni interesa intentar jugar en su liga, pues, además, los árbitros, y sus reales federaciones, son de sus mismos colores rojigualda; como vemos con el nefasto Salvador Illa, al que, ilusamente (o no) invistió ERC.
Por lo tanto, los independentistas catalanes debemos (o deberíamos) imaginar nuevas vías, sendas alternativas, para conseguir la independencia de forma pacífica, pero contundente, en las calles y en las formas. Ya que seguir como hasta ahora no tiene ningún sentido, salvo la triste, penosa y vergonzante convivencia conformista y anestesiante.