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A modo de introducción es preciso recordar que esta activista política, diputada en el Parlament de Catalunya por la CUP, desde setiembre del 2015 a diciembre del 2017; en el verano del 2018 se exilió en Suiza, para eludir el sistema judicial español. Y el pasado 19 de julio, se presentó voluntariamente ante el tribunal supremos español, tras aceptar que se presentará cada vez que la requirieran, aunque siga domiciliada en Suiza.
Este aparente punto final del exilio, ya que puede volver cuando quiera, pues el único delito que se le atribuye es el de desobediencia, que no comporta prisión, cierra un ciclo personal de esa activista.
Obviamente, la reacción en los medios y las redes sociales ha sido enorme, desde las críticas acérrimas hasta las más benevolentes. Yo también he señalado mi disgusto, en un escrito anterior, como podrá comprobar el lector.
Ahora bien, creo que es necesario efectuar una clara división entre la Anna, persona, y la Anna personaje.
A nivel privado, nada que decir, es libre de hacer lo que mejor le parezca. Ella misma, en una nota divulgada en las redes, informó que en la decisión habían incidido aspectos personales, sin explicarlos, pues no debía, claro. Y no somos nada ni nadie para exigir explicaciones al respecto.
Tampoco tenemos ninguna categoría moral que nos autorice a exigir mayores sacrificios, si ella ha tomado esa decisión. Si necesitamos héroes, debemos sacrificarnos nosotros y punto. Es muy infantil criticar desde el sofá de casa. Y si lo que queremos son héroes ajenos, para ‘justificar’ nuestra actividad o inactividad, deberíamos hacérnoslo mirar, ya que es patológico.
A nivel público, político, la situación es radicalmente diferente. Y si Anna había aceptado el papel de personaje, es decir, ‘persona de distinción, calidad o representación en la vida pública, o, persona singular que destaca por su forma peculiar de ser o de actuar’, como se define en el diccionario de la RAE, ese es su problema, de su partido, y de sus votantes.
Ella, tras exiliarse, dijo: ‘No iré a Madrid: me persiguen por mi actividad política y la prensa gubernamental ja me ha declarado culpable, y como no tendré un juicio justo, he buscado un país que pueda proteger mis derechos’ (en ese momento, no señaló motivos personales para exiliarse).
Ahora ha señalado: ‘Después de cuatro años y medio de exilio, se produce un paso procesal necesario para recuperar una libertad de movimientos que nunca tuve que haber perdido, ni yo ni nadie (…) y el paso que ha hecho ahora responde al contexto político y judicial general y a una serie de circunstancias personales’.
Lógicamente, el análisis político de ambas declaraciones demuestra una falta de coherencia (si excluimos los aspectos personales, claro); pero ¿quién no es incoherente en repetidas ocasiones, como para tirar la primera piedra?
¿Por qué debemos exigir coherencia a Anna, si los políticos ‘independentistas’ en ejercicio, no lo son, ni los diferentes colectivos independentistas, tampoco?
¿Seguimos necesitando mártires, para nuestra revolución?, si es así, los que critican su decisión, no ¿siguen instalados en una situación mágica?, ¿necesitamos personajes que nos saquen de nuestra mediocridad?, deberíamos haber aprendido, hemos tenido muchas lecciones, y ‘la letra, con sangre, entra’, y cómo ha entrado.
La falta de coherencia política señalada, en todo caso, será penalizada por los votantes de la CUP, salvo que ponderen los motivos personales.
Criticarle que ha antepuesto soluciones personales a las colectivas, está en esa misma línea, y punto.
¿Qué grupo o colectivo no acaba anteponiendo voluntades y decisiones personales a las grupales y asamblearias?, así que, difícilmente, desde fuera, sin conocer toda la información, ni ética ni moralmente, tenemos argumentos para evaluar la decisión.
Por eso me gustó el artículo de Josep Miquel Arenas (Valtònyc), el rapero también exiliado, que tituló ‘Quina alegría, Anna’ (Qué alegría, Anna), pues entre otras cosas decía: ‘Huele mal, pero me alegro mucho por ti y lo entiendo perfectamente’, y tras reconocer que la forma de proceder del poder judicial español, es la de blanquear su imagen en Europa, y aislar a Carles Puigdemont (como señalé en un anterior escrito), siguió escribiendo, ‘que nuestra impotencia no ha de ser sobre Anna, si no sobre el contexto de la situación. (…) Yo también pienso cada día, si todo aquello que he sacrificado ha valido la pena. Y creo que parar es legítimo, porque nadie está obligado a salvar el mundo ni a ser un superhéroe (…) y se merece ser recibida como alguien que ha habido de dar mucho, porque todos no hemos estado capaces de dar un poco (…) Te habías ido de casa para luchar por los derechos fundamentales y yo pienso que ser feliz es uno de esos derechos’ (Vilaweb, 20 de julio)
Podemos y debemos analizar políticamente, si fue ‘justificado’ su exilio (personalmente, sin duda, ya que los miedos y percepciones de cada uno, corresponden a su subjetividad), pero políticamente, otros compañeros, como Eulàlia Reguant y Antoni Baños, fueron a declarar en el juicio farsa contra el ‘procés’ independentista, sin mayores consecuencias que las económicas por las sanciones.
También podemos analizar si el oscurantismo procesal del juez Llarena, con Anna, pues hasta hace unos días le seguía imputando la rebelión, ha sido legal (que no lo es, pero el poder judicial español es así), y sabemos que siempre se mueven entre la amoralidad y la inmoralidad. Nada nuevo.
En definitiva, creo que valorar las decisiones que tomen los exiliados, como los que estaban en prisión, únicamente deberían tomarse a nivel personal, sin valoraciones políticas, pues su sufrimiento, es determinante. Y, claro, les priva cierta objetividad.
Pero, como contrapartida, esos mismos personajes tampoco deberían exigir lealtades políticas por sus decisiones personales. Se trata de ámbitos diferentes. Y todos han abusado, como hemos visto.
Para finalizar, y volviendo a los héroes citados en mi escrito de ayer: Rafael de Casanova, Antoni de Villarroel o Josep Moragues, y haciendo un ejercicio de ucronía, si en 1714 hubiese habido twitter, ¿qué se hubieran dicho unos a otros, y sus respectivos seguidores?
Con toda seguridad, los partidarios de Villarroel hubieran acusado a Casanova de todo, menos de guapo, no olvidemos la diferente vida y muerte de ambos, post 1714. No en vano, Albert Sánchez Piñol, en su obra ‘Victus: Barcelona 1714’, considera a Villarroel el verdadero héroe del momento.
Pero no debemos enfrentarnos, ni por el 1714, ni, ahora, por la decisión de Anna, ya que, al fin y al cabo, nuestra división es lo que buscan, como en su día apuntó el nefasto José M. Aznar.