La vida post coronavirus será notablemente diferente, ya que, según los especialistas “Esta pandemia cambiará nuestra economía, nuestra cultura, nuestros hábitos y nuestros valores. Cuando la emergencia sanitaria pase, cuando nuestras vidas estén a salvo, habrá cambiado la manera en la que trabajamos, nos ejercitamos, socializamos, compramos, gestionamos nuestra salud, educamos a nuestros hijos o cuidamos a nuestras familias (…) Porque cuando la realidad cambia, los valores sociales también terminan cambiando. Y cuando lo hacen, arrastran con ellos decenas de comportamientos humanos, pequeños gestos al principio y verdaderos terremotos al final” (“El mundo post-coronavirus”, Strategic Foresight).
Es triste pensar que a eso se le pueda llamar “nueva normalidad”, como hace repetidamente Pedro Sánchez; ya que, a mi modo de ver, eso no tiene nada que ver con la normalidad, salvo en la expresión estadística. Está claro que cualquier cosa podrá ser denominada como ‘vida’ y, obviamente, los valores anteriores tampoco eran óptimos; pero los que nos esperan aún serán peores, más restrictivos, pues, como dice el citado informe, “de repente, no sólo el contacto nos es vetado y se impone una distancia social obligatoria, sino que nosotros mismos hemos pasado a tenerle miedo a esa cercanía”.
Y si bien está claro que la distancia de seguridad con los otros es una medida higiénica, y, por lo tanto, recomendable, no es asumible, no podemos aceptar que perdamos ese aspecto que caracteriza nuestra personalidad. En caso contrario, dejaremos de ser nosotros mismos, para ser otros sensiblemente diferentes.
Y lo que es más grave todavía, como señala Tim Leberecht en dicho informe, al final resulta que “el enemigo somos nosotros. Somos nosotros porque todos somos transmisores potenciales de la enfermedad, y somos nosotros porque de nuestro comportamiento depende la contención de la epidemia”.
Este es el colmo de los colmos, en las guerras convencionales, el enemigo está en el exterior, pero asumir que nosotros mismos somos los potenciales enemigos, ya va en contra de nuestro propio sentido común. Rompe con todos los esquemas lógicos de autodefensa, y nos deja totalmente inválidos.
Que los enemigos sean todos los otros y, a la vez, lo seamos nosotros, modifica nuestros hábitos “El cambio que eso supone en una cultura como la nuestra tiene un impacto radical. Los dos besos tan nuestros, ahora nos preocupan y escandalizan. El abrazo, el apretón de manos. El hablar de cerca, sentarse al lado, compartir espacio. Todos estos comportamientos han pasado de ser algo automatizado e inherente a nuestra emocionabilidad, a ser algo prohibido y conscientemente evitado” (informe citado).
En un escrito anterior comenté el tema del racismo, en toda su amplitud, pero ahora lo podríamos incrementar contemplando a la totalidad de la humanidad, todos los otros son potenciales enemigos, a la vez que nosotros lo somos de todos los demás. Esto, obviamente, ya no se trata de una discriminación, ni racismo, ya no hay diferencias ni categorías, somos nosotros, nuestra privacidad, contra todo el mundo. Esto ya es un cuadro patológico extremo, disfrazado de ‘responsabilidad’.
Considerar al otro como “arma biológica” abre la puerta a nuevos protocolos sociales a prueba de contagio, como se indica en dicho informe. Efectivamente, considerar a todos los otros como potenciales armas biológicas, nos obligará a ser más rígidos con las personas con las que ‘debamos’ mantener esa cercanía inevitable.
Asimismo, esa nueva normalidad, en la que todo el mundo se sienta policía de nuestros actos, y muestren un duro juicio social con los que se salten o saltemos las normas, no deja de ser una materialización, potenciada, de la novela de ciencia ficción “1984”, de George Orwell (1903-1950), en la que ya no existe la libertad y, consecuentemente, se ha suprimido la identidad. Todo está controlado por la autoridad del “Gran Hermano” y de la policía del pensamiento y del lenguaje.
Esa sociedad patética, llevada al extremo de auto considerarnos a nosotros mismos como potenciales enemigos biológicos, comporta la anulación total de toda persona, pues, sin un mínimo de libertad, sin un margen para saltarse las normas, quedamos reducidos a meros peones del ajedrez, con los movimientos limitados y medidos. Seríamos los casi angélicos Adán y Eva, antes de decidir optar por la libertad.
Y el miedo que nos han inculcado, “es un brutal consejero, y nos lleva a aceptar medidas que en ningún otro caso aceptaríamos”. “con el noble objetivo de monitorizar para contener la pandemia, estamos más que dispuestos a ser trackeados. Y la tecnología permite que se pueda hacer de forma relativamente fácil y rápida de implementar.
Voluntaria y gustosamente estamos dispuestos a poner a disposición del gobierno nuestra ubicación las 24 h del día, así como nuestro estado de salud: síntoma, temperatura corporal, etc. El objetivo inmediato, durante la crisis, es facilitar la monitorización del virus, permitir que se sepa dónde hay una persona potencialmente contagiosa para advertir a otros ciudadanos y reducir el riesgo de contagio. Pero, desgraciadamente, el viaje de la monitorización a la vigilancia y posteriormente al control es muy rápido.
El concepto de privacidad y de libertad pueden verse resignificados en muy poco tiempo (…) Si se nos enfrenta al dilema de tener que elegir entre privacidad o salud, o entre libertad o seguridad, en estos momentos seguramente escogeríamos renunciar a esa privacidad para salvaguardar nuestra vida y la de otros muchos.
El problema es que no debería plantearse esa dicotomía, porque para mantener la salud no es necesario renunciar a la privacidad. No es necesario que el gobierno controle cada uno de nuestros movimientos para que, si contamos con la información necesaria, actuemos con responsabilidad y conciencia social, y nosotros mismos minimicemos el riesgo de contagio si somos potenciales portadores de virus” (mismo informe).
Evidentemente, esos falsos dilemas: salud / privacidad o seguridad / libertad, son inaceptables, es un proceso para infantilizarnos. Somos responsables y sabemos los cuatro consejos básicos. Pero el sistema nos quiere como los Adán y Eva pre-libres.
El análisis que se hace en este informe me parece muy correcto, no así las conclusiones, que veo muy optimistas, ya que no comparto que podamos sacar ninguna de las siguientes consecuencias que señala. No creo que se den los nuevos valores ni los comportamientos derivados de cada uno de ellos; que transcribo seguidamente:
Nuevo valor: todos somos uno, formamos parte de la misma especie:
· Menor polarización.
· Más empatía.
· Nuevas redes de solidaridad.
Nuevo valor: el colectivo hay que cuidarlo:
· Mayor exigencia política.
· Mayor responsabilidad individual en el bien común.
· Reivindicación de una mejor preparación ante el futuro.
Nuevo valor: empoderamiento del individuo (mayor poder individual frente al poder de las instituciones):
· Teletrabajo y otras medidas de flexibilidad social.
· Homeschooling.
Nuevo valor: la seguridad (supervivencia) es más importante que nada. Desconfianza en las personas:
· Pérdida de la privacidad.
· Individuos guardianes del orden social (acusaciones entre vecinos).
· Distancia social fuera de entornos íntimos.
Como he dicho, no soy optimista, no creo que aparezcan estos nuevos valores como dominantes; y, en cuanto se refiere al último, es que ya no lo veo ni como posible valor, para mi es un antivalor.
No creo que, de la situación actual, en la que vemos a todos los otros como enemigos biológicos, y nos vemos a nosotros mismos como potenciales contagiadores, pueda salir ningún tipo de valor, de las paranoias no se puede esperar nada positivo, ni mucho menos. El mal no es generador del bien, en todo caso, puede generar un pseudo-bien, un simulacro. Y si nos conformamos en vivir en ese engaño, por comodidad, nada que decir, pero yo intentaré no sucumbir a él, prefiero discrepar, aunque esto me pueda generar un cierto nivel de estrés.
En este momento los investigadores no han descubierto, todavía, la vacuna o los medicamentos paliativos para frenar el Covid-19, por lo que los consejos se refieren a la higiene (lavado de manos, mascarillas y distancia de seguridad), por eso me parece importante efectuar una excursión mental a la Grecia Clásica, ya que además de ser siempre interesante, en esta ocasión es sumamente oportuna:
“Asclepio era el dios de la salud.
Panacea, en griego quiere decir “que todo lo cura”, era hija de Asclepio (para los griegos), Esculapio (para los romanos) y de Epione, y hermana de Higía.
Panacea era la diosa de la salud, su nombre se compone de ‘pan’, todo, y ‘akos’, remedio; por lo que literalmente significa ‘capaz de curar diversas enfermedades.
Higía era la diosa de la curación, la limpieza y la sanidad, de su nombre deriva el término ‘higiene’. Esta divinidad se asoció con la prevención de la enfermedad y la continuación de la salud.
Durante siglos, las sociedades prefirieron la dualidad Asclepio / Panacea, es decir, el enfoque de salud entendido como curación quirúrgica (Asclepio) o farmacológica (Panacea); el ser humano aprende a dominar las enfermedades a través del conocimiento de las plantas o minerales y de la tecnología quirúrgica.
La otra vertiente de la salud, la cara oculta, es Higía, la cual ha permanecido postergada porque no enseña fórmulas nuevas ni curas milagrosas, muy al contrario, Higía enseña el camino de la moderación y la razonabilidad” (fuente Wikipedia).
Es decir, que hasta que Asclepio / Panacea no consigan los remedios precisos, debemos seguir los consejos de Higía, obviamente.
Aplicando metafóricamente estos símbolos a nuestra situación política actual, igualmente, debemos seguir la prudencia ‘higiénica’, ya que no podemos esperar nada de fuera, ni España nos curará de nada, nunca ha sido ni será nuestra Panacea, ya que nunca ha curado ninguno de nuestros males, más bien los ha aplicado y potenciado.
Y tampoco debemos esperar nada de Asclepio, al que podríamos comparar con la UE, ese club de estados que más bien se asemeja a un club de comerciantes y, como se dice: ‘entre bomberos no se pisan la manguera’.
Por todo eso, no nos quedan muchas alternativas a los que, políticamente, no queremos resignarnos a ver a los otros como enemigos biológicos, ni a nosotros como potenciales contagiadores, y no queremos asumir los nuevos valores mencionados en el informe citado, ni queremos la nueva normalidad homogeneizadora de Pedro Sánchez, por eso preferimos la ilusión que refleja la canción del grupo ‘Obeses’, de la que seguidamente traduzco unos fragmentos que reflejan las personas RESPONSABLES:
Obeses “Ens en sortirem”
(Estribillo)
Saldremos
Aunque parezca que, de hecho, nadie nos entiende.
Mientras quede alguno de pie que confíe ciegamente
Me has de creer si te digo que saldremos
Sabes bien que aquella noche fuimos los amos de la calle
Sabes bien que lo que vivimos nunca nadie lo podrá deshacer.
Cuando el sol despuntó
Ya éramos más de un centenar
Con las caras con una sonrisa clara.
Escribimos un nuevo destino,
Los que estuvimos fuimos héroes,
Fuimos heroínas, fuimos historia sin fin.
Sabes bien que aquella lucha dejó un regusto amargo.
Y sabes bien que la victoria es para el que coge el rumbo más largo.
La esperanza en los ojos.
Para saltar todos los obstáculos,
Cuando la causa es noble hace falta salvar el orgullo.
Y por fin nos levantamos,
Los que estuvimos volveríamos
Mil veces para volverlos a ganar.
(Estribillo repetidamente)
Amadeo Palliser Cifuentes