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Todo lo que vemos y leemos pintan bastos, y el ejemplo de ayer, con la tramposa y descafeinada desclasificación de los documentos del golpe (mejor dicho, golpes) de estado del 23-F-81, me confirma, una vez más, que a la ciudadanía nos toman por idiotas, por tontos útiles, a los que se puede contentar con cualquier piruleta truculenta. Y ese caso es un mero ejemplo del funcionamiento general, como intento explicar.
¿Por qué puñetas Pedro Sánchez ha hecho este numerito?, ¿qué quiere tapar?, ¿a qué viene este intento de ‘blanquear’, en gran medida, la imagen de la corona?, ¿a quién quiere engañar con esta pseudo-desclasificación?, y así, podría señalar muchas más preguntas, y todas ellas me llevan a ratificar que Sánchez no es más que un peón acrítico del sistema estatal.
Es evidente que, en su momento, todos los poderes del estado destruyeron lo que consideraron oportuno que no se supiera; asimismo, antes de la desclasificación, cabe considerar que se ha efectuado otra criba selectiva, para evitar la transparencia debida.
Viendo la manipulación de los papeles de Jeffrey Epstein (1953 – 2019) en los que, a pesar de todas las exigencias legales, se ha constatado que siguen faltando los documentos que más involucran a Donald Trump en esa red de pederastia, en la que han ido apareciendo los más importantes y notorios personajes de todos los pelajes; solo faltaba ver, ayer, las fotografías de Stephen Hawking. Pues bien, viendo esa manipulación, y volviendo a los papeles del mencionado 23-F, me parece repugnante ver que, en algunos documentos desclasificados, están tapados los nombres de los empresarios que financiaron esos golpes; y, peor todavía, ver que la casa real no ha desclasificado nada.
La casa real, y el rey, son una institución más, dentro del ordenamiento constitucional, y, por lo tanto, debería estar obligada a cumplir con las leyes, y también, con esta que nos ocupa. Taparlo todo con el concepto (pretexto) de la inviolabilidad, me demuestra la exactitud del refrán popular que dice ‘que no hay un palmo limpio’ y, en ese sentido, la casa real tiene muchas hectáreas negras del todo; y no tienen ningún reparo al respecto y, encima, se consideran con la capacidad para dar lecciones de moralidad.
Por todo eso, no puedo dejar de sentirme desesperado, desesperanzado.
Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.) afirmó que ‘la esperanza es el sueño del hombre despierto’; por el contrario, Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844 – 1900) escribió que ‘la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre’.
Así que ni la filosofía nos puede ayudar, pues parece evidente que la carencia de esperanza comporta la inexistencia de un sueño, de una ilusión; y, asimismo, cuando la tenemos, prolonga nuestra ansiedad.
Vistas esas teorías, la desesperanza debería ser considerada una ventaja, pero, a la vez, también es nuestra perdición, la peor de nuestras miserias.
‘(…) Con la desesperación se cae de lo virtual a lo real (…) por lo tanto, es elevarse no estar desesperado. Pero nuestra definición es aún equívoca. Aquí, la negación no es la misma que la de no ser cojo, no ser ciego, etc., pues si no desesperar equivale a la falta absoluta de desesperación, entonces lo progresivo consiste en desesperar
(…)
Se dice, por ejemplo, que alguien contrae una enfermedad, pongamos por imprudencia. Luego se declara el mal y, desde ese momento, es una realidad cuyo origen es cada vez más pasado. Sería cruel y monstruoso reprocharle continuamente al enfermo que está a punto de contraer la enfermedad, como teniendo el propósito de disolver de continuo la realidad del mal en lo posible. Bien, sí; la ha contraído por su culpa, pero sólo una vez ha sido culpa suya. La persistencia del mal no es más que una simple consecuencia de la única vez que lo ha contraído, a la cual no se puede, en todo instante, reducir su progreso; el enfermo ha contraído el mal, pero no se puede decir que todavía lo contrae. Las cosas suceden de otro modo en la desesperación; cada uno de sus instantes reales puede relacionarse con su posibilidad, en cada momento que se desespera se contrae la desesperación; siempre el presente se esfuma en pasado real, a cada instante real de la desesperación, el desesperado lleva todo el pasado como un presente (…) pues la desesperación no es una continuación de la discordancia, sino relación orientada hacía sí misma (…)’
(Revista de filosofía: historia y pensamiento, microfilosofía; https://share.google/w2i0vrmMhl9fuYdxA)
Por todo lo expuesto, es comprensible que los independentistas catalanes nos podamos sentir desengañados, desilusionados, desalentados, desmoralizados, en definitiva, desesperados, desesperanzados.
Etimológicamente, el término desesperar tiene el significado de ‘perder la confianza de que se cumpla un deseo, y viene del prefijo ‘des’ (separación, privación, negación) y el verbo ‘esperar’, del latín ‘sperare’ (esperar, tener esperanza).
Así que, por más desilusionados que podamos sentirnos, no podemos perder la confianza de que, en un momento lejano, que seguramente los de nuestra generación no veremos, se cumplan nuestras ilusiones, máxime, si siguen siendo compartidas por muchos conciudadanos.
En definitiva, hemos de confiar que la actual negrura acabe pasando, y vuelva a salir el sol; y eso nos ha de dar ciertos ánimos, pues, al menos popularmente, se dice que ‘no hay mal que cien años dure’.