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Todos estamos hartos de ver:
- a incendiarios, como los narcisistas Donald Trump y Binyamín Netanyahu, ahora con la máscara de pacifistas;
- a presuntuosos gestores, como Pedro Sánchez y Salvador Illa que, en realidad, lo único que gestionan a la perfección, es su propia agenda partidista y personal, demorando la realización de los acuerdos pactados; y
- a muchos ciudadanos de base que, ahora, trasladamos nuestras responsabilidades a las generaciones futuras.
y, claro, en esta línea, todos somos irresponsables, creadores de problemas, no solucionadores, como intento explicar.
Con relación a los dos perfiles señalados en primer lugar, los bomberos pirómanos y los anestésicos pasotas, ya he escrito en muchas ocasiones, por lo que, en el presente escrito, me centro en el tercer sector, el de los ciudadanos de base que, desde el referéndum del 2017, quedamos noqueados, fuera de combate.
Es sintomática la conducta de echar la culpa a los demás, por todo tipo de fracaso o revés; y, así, no asumir nuestra parte de responsabilidad y, consecuentemente, quedarnos como ‘inocentes’.
Ese conformismo, esa conducta sin implicarnos, para, así, poder culpar a los otros, por lo que hacen, por cómo lo hacen, o porqué no lo hacen. Esa actitud es muy cómoda, claro, y denota un perfil victimista: sufrir o padecer por las acciones de los otros, desmarcándonos de ellos y de sus incontrolables gestiones, pero, a la vez, no dejar de criticarlos.
Ese papel de víctima expresa una baja autoestima, pues es un mecanismo de defensa, de protección, ante el miedo de esas acciones y de las consecuencias que no queremos asumir.
Y una muestra de ese rol, que me parece más perversa, es la de pensar que ya hicimos lo que tocaba, y que ahora tocará a otras generaciones. Asimismo, en esa línea de escaqueo, me parece interesado el argumento de justificarnos señalado que ahora, más juventud vuelve a interesarse, como hemos visto en las manifestaciones pro-Palestina, con muchos universitarios y escolares expresando su voluntad.
Esa juventud, que, de pequeños (hace 8 años, en el 2017) asistieron, probablemente, a las manifestaciones independentistas, acompañando a sus padres, padres que, mayoritariamente, ahora nos quedamos en el sofá de nuestras casas. Con ese patrón se confirma, la difícil coincidencia de intereses intergeneracionales.
También argumentamos, a modo de ejemplo, que la juventud marroquí, que forma el movimiento GenZ212, y que, de forma espontánea, está desafiando al régimen de Mohamed VI, confirma nuestra tesis conformista de que el futuro lo han de construir los jóvenes que lo vivirán y, así, les pasamos la patata caliente de la responsabilidad.
Esa generación Z (postmilenial) marroquí (el prefijo telefónico internacional de Marruecos, es el 212), formada por jóvenes nacidos entre el 2000 y el 2012, no expresa un problema local y aislado, si no que es un sentimiento transnacional, transversal en el espacio, ya que se está manifestando, asimismo, en diferentes países asiáticos y africanos: en el 2022 hicieron caer el gobierno de Sri Lanka y en el 2024 el de Bangladesh, y este año se están manifestando en el Nepal, Madagascar, Indonesia, Filipinas, etc.; y, también, en algunos países europeos. El eurodiputado francés Raphäel Glucksman, dijo que ‘entre los jóvenes hay la idea de que ahora la extrema derecha es la que encarna el cambio, la que tiene el impulso revolucionario, mientras que la izquierda aparece como la defensora de las élites, del estatus quo’.
Esta claro que sus exigencias son universales, ya que esa juventud sufre la precariedad: protestan contra el inmovilismo, los privilegios y la corrupción del respectivo sistema, las desigualdades sociales, la inflación, la falta de recursos, la desaparición de trabajos de subsistencia, etc.
En Marruecos se suma, asimismo, la crítica a acoger el mundial de fútbol 2030, con España y Portugal, que refleja el summum de los grandes inversores (estatales e internacionales), que solo sueñan en construir y seguir construyendo con gran pompa faraónica y gran beneficio; y, claro, Marruecos, con ese evento, quiere, asimismo, blanquear su imagen ‘occidental’, recibiendo a grandes líderes políticos, siempre dispuestos al agasajo impúdico y obsceno.
Su ‘organización’ es espontánea, en todos los estados, mediante convocatorias en las redes sociales, en general, con un mismo símbolo: la popular calavera pirata con sombrero, de la serie del manga japonés ‘One piece’. Es decir, el símbolo internacional de peligro, ‘jolly roger’, con sombrero; así, el símbolo que han adoptado, transversalmente, como expresión de protesta, el Luffy, presenta esa calavera con un sombrero de paja, con las tibias cruzadas, como declaración de rebeldía y de libertad para vivir según sus propios ideales frente a las reglas establecidas por los regímenes distópicos.
Y como es habitual en todos los sistemas, la estrategia de contención se basa en la represión, persecución, asedio, toques de queda, registros y detenciones arbitrarias. Esa es la lectura del poder, para no afrontar los problemas y, claro, esa es su irresponsabilidad.
Por todo lo expuesto, me parece muy egoísta e irresponsable, que la sociedad, en general, nos desinhibamos de esos movimientos juveniles, cuando somos causantes (por acción u omisión) de su problema. Me parece evidente que dejar que los jóvenes luchen para solucionar ‘su’ problema, es una falta de empatía. Toda la sociedad deberíamos movilizarnos para forzar la solución de los problemas que afectan a cualquier tipo de grupo o estrato social.
Por eso, y volviendo a nuestro entorno catalán, no puedo dejar de pensar en la irresponsabilidad de trasladar a los jóvenes la conquista de nuestra República Catalana, pensando que, en su momento, ‘cuando sean padres, comerán huevos’, y actuarán en consecuencia.
Me parece evidente que todos somos necesarios, que nadie sobra, todos sumamos.
Y si la juventud catalana, de forma mayoritaria, no está movilizada por la independencia (aunque poco a poco se va viendo una mayor participación al respecto), nuestro trabajo es:
- hacer una función pedagógica, así como diseñar estrategias y acciones que sean motivadoras e inclusivas, transversales generacionalmente;
- pero, sobre todo, y de modo prioritario, desmentir con argumentos y hechos serios, sinceros y contrastables, que nuestro fracaso no fue, exclusivamente, por nuestra inutilidad (y la de nuestros líderes del momento), como han difundido los españolistas, si no por la represión del nada democrático reino español;
- y dar la palabra y la iniciativa a la toda ciudadanía, claro, para superar la idea, que pesa como una losa, de que los partidos y los líderes políticos de siempre, se perpetúan en sus poltronas, presentándose como imprescindibles, ya sea para un zurcido o para un fregado.
En consecuencia, debemos ser más permeables y dejar que la juventud vaya asumiendo roles de responsabilidad, y nosotros seguirles y apoyarles.
Muchas veces finalizo mis escritos diciendo que tenemos mucho trabajo por hacer y, en esta ocasión, me parece imprescindible, repetir ese mantra.