En tiempos en los que la ciudadanía latinoamericana mira la política con una mezcla de cansancio y desconfianza, los perfiles que intentan marcar diferencia suelen hacerlo por dos vías: el discurso emocional o el método. Iván Devanny Díaz Rojas, candidato a la Cámara de Representantes por el departamento del Atlántico (Colombia), está apostando por lo segundo: presentar su trayectoria como una evidencia de disciplina, formación y gestión, y convertir esa lógica en una manera de legislar “sin improvisación”.
Díaz Rojas nació en Barranquilla, en el barrio Galán, y desde muy joven orientó su historia personal hacia una idea que hoy repite como mensaje de fondo: la superación como ruta, no como relato. Su doble formación como abogado y politólogo le da, en teoría, una lectura amplia de las instituciones, el conflicto social y los dilemas que se resuelven —o se agravan— desde el Congreso. Pero el rasgo distintivo en su narrativa pública aparece por fuera del derecho: la aviación.
Certificado como piloto a los 29 años, Iván Díaz utiliza esa experiencia como metáfora y como método. En una entrevista reciente explicó que en la cabina aprendió que la disciplina no es negociable, que las decisiones bajo presión se toman con procedimientos, y que cada elección tiene consecuencias sobre la seguridad de otros. El mensaje es claro: si en la aviación no hay espacio para la improvisación, en la política tampoco debería haberlo cuando se decide sobre empleo, seguridad, justicia y presupuesto público.
Su hoja de vida también transita por la gestión privada. Inició en el sector inmobiliario y, con 20 años, fundó una empresa que presenta como plataforma para entender cómo se construye empleo, cómo se negocia y cómo se sostienen proyectos en entornos reales, lejos del papel. A eso suma experiencia en espacios de mediación y construcción de consensos como gestor de paz, y un rol en el sector salud desde la gestión administrativa en una clínica, con énfasis en eficiencia y atención con enfoque humano.
Con ese conjunto de antecedentes, Díaz Rojas intenta instalar tres discusiones que, por su naturaleza, trascienden fronteras y conectan con inquietudes comunes en la región:
1) Seguridad con prevención y sistemas, no con frases.
En lugar de prometer “mano dura” como eslogan, propone un enfoque que mezcla inteligencia y análisis de datos para anticipar el delito, tecnología aplicada en barrios y una justicia que funcione. Su tesis insiste en algo que suele decirse poco en campaña: seguridad y empleo no caminan por carriles separados. Para él, un joven sin oportunidades es un punto vulnerable del sistema social.
2) Primer empleo con experiencia real y remuneración digna.
Díaz Rojas centra parte de su conversación pública en un bloqueo que atraviesa a la juventud: se exige experiencia para trabajar, pero pocas puertas están dispuestas a darla. Su planteamiento va hacia incentivar y exigir vinculación de practicantes y pasantes con pago justo, para que el primer empleo deje de ser un privilegio y se convierta en un puente real hacia la formalidad.
3) Congreso con territorio y rendición de cuentas.
Uno de sus énfasis es que el Congreso no puede seguir operando como una burbuja distante. Habla de presencia territorial permanente —barrios, corregimientos y municipios—, mesas de trabajo con sectores sociales y seguimiento público a compromisos. En el fondo, propone que la relación representante–territorio no sea episódica, sino medible y verificable.
Por supuesto, la prueba de fuego no está en el concepto sino en la ejecución: sostener una agenda territorial constante, convertir diagnósticos en iniciativas viables y navegar un sistema político donde el método compite con la coyuntura. Sin embargo, el caso de Iván Devanny Díaz Rojas deja una pregunta que vale para Colombia y para buena parte de América Latina: ¿puede la política recuperar credibilidad si vuelve a parecerse a un proceso serio, con reglas claras, evaluación de riesgos y rendición de cuentas, en lugar de un escenario de improvisación permanente?
En esa tensión —entre el deseo ciudadano de resultados y la cultura política del atajo— se jugará buena parte del sentido de este tipo de candidaturas. Y también, el pulso de una región que ya no solo pide promesas: pide método.