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La cinta de Möbius personal y social

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

La cinta de Möbius (Moebius) es una superficie de una sola cara y un solo contorno, y no es orientable; y me parece que ese modelo matemático euclidiano también se puede aplicar a la conducta de las personas, partidos políticos, y a todos los grupos sociales en general, como comento a continuación.

Todos somos conscientes que nuestras ideas y comportamientos, en gran parte son variables y dependientes de las circunstancias puntuales de cada momento. Y ese fenómeno es observable, asimismo, a nivel micro y macrosocial, solo hace falta ver las vueltas y cambios de opinión de los líderes sociales, para, dar su ‘mejor versión’ en cada momento. Pero, como en la mencionada cinta, la superficie, el sustrato, es único e invariable, y no orientable, por más que la apariencia pueda engañarnos al respecto.

Los insustanciales programas de autoayuda, basándose en pensamientos milenarios, nos recuerdan la frase latina ‘Faber est suae quisque fortunae’ (cada uno es artífice de su propia fortuna), que, en parte es cierto, pero, en mayor medida, somos dependientes de nuestras circunstancias, como dijo José Ortega y Gasset (1883 – 1955): ‘yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo’. La primera parte de esa frase me parece clara, pero la segunda me parece más compleja y confusa, pues nosotros apenas tenemos posibilidad de cambiar las circunstancias para salvarnos nosotros.

Las circunstancias personales, por ejemplo, el país, el año y la familia de nuestro nacimiento, son totalmente determinantes de nuestras vidas, y son imposibles de cambiar; otras circunstancias de segundo nivel, pero también esenciales, como las amistades, el trabajo, los estudios, las aficiones, etc., sí que son moldeables, modificables, pero, claro, en gran modo están influenciadas por nuestro entorno socioeconómico natal, y, por lo tanto, modificarlas no son fáciles, ni siempre posible.

Hay otros condicionantes físicos y psicológicos que también nos marcan y condicionan; por ejemplo, en la piscina del gimnasio veo a un hombre ciego y a una mujer que le falta una pierna, hasta arriba de todo. Y tienen la fuerza de voluntad para hacer deporte, pero, claro, con sus lógicas limitaciones. 

Y esos esfuerzos, como los que hacen todo tipo de personas para mejorar, se basan en el pensamiento clásico ‘sapere aude’ (atrévete a saber), a ‘saber’, en el más amplio de los sentidos. Y si es verdad que ‘la fortuna favorece a los audaces’ (audentes fortuna iuvat), no nos dejemos engañar, pues sabemos que esa afirmación es más bonista que real, y es propia del más puro capitalismo, que nos quiere a todos compitiendo.

Ahora bien, los políticos y sus partidos, sí que tienen esa facultad camaleónica, acomodaticia, para mostrar su versión más interesada. Y es así, en gran medida, por su falta de escrúpulos, ya que, aparentemente tienen unos objetivos políticos conocidos, pero, en realidad, su verdadero interés es el de maximizar su beneficio (votos y cuotas de poder), en detrimento de sus competidores. Pero, volviendo al símil con la famosa cinta de Möbius, la superficie real es una, y solo una, alcanzar el poder al coste que sea, para gozar de sus prebendas, y, si de paso, se consiguen algunos beneficios colaterales del programa electoral, ya consideran conseguida la cuadratura del círculo.

Y dada esta situación, vemos que el engranaje sociopolítico quiere una ciudadanía dormida, adocenada y sumisa; pero si continuamos siendo esos personajes grises y acomodaticios, que vamos mostrando aparentes diferentes caras de la misma superficie, es evidente que nunca conseguiremos nada relevante, ni personal ni socialmente. 

Hace unos días cité el libro ‘Moments estel.lars de la humanitat’, de Stefan Zweig; y en ese libro, el autor comenta una quincena de momentos que considera importantes. Entre ellos, y con relación al tema que nos ocupa ahora, me parece interesante señalar a un personaje, el de Emmanuel de Grouchy (1766 – 1847), marqués de Grouchy, cuya tropa no llegó a tiempo para socorrer a Napoleón en Waterloo, como éste le reclamó; después de la derrota, se exilió a los Estados Unidos, y a los seis años volvió, y la monarquía le restableció los honores, llegando a ser par de Francia:

En el capítulo titulado ‘El minuto universal de Waterlloo: Napoleón, 18 de junio de 1815’, el autor se centra en el citado mariscal Grouchy:

‘(…) un hombre mediocre, honrado, recto, íntegro, de confianza, un capitán de caballería, a menudo acreditado, pero un simple capitán de caballería, nada más. No es un guerrero ferviente y temerario como Murat, ni un estratega como Saint-Cyr o Berthier, ni un héroe como Ney. Ningura coraza guerrera le adorna el pecho, ningún mito envuelve su figura, ninguna peculiaridad visible le da fama y distinción dentro del universo heroico de la leyenda napoleónica. Solo la mala suerte y las desgracias le han hecho famoso. Durante veinte años luchó en todas las batallas, de España a Rusia, de Holanda a Italia. Lentamente ha ido subiendo los escalones hasta obtener el rango de mariscal, no inmerecidamente, pero sin cumplir ninguna proeza extraordinaria. Las balas de los austríacos, el sol de Egipto, los puñales de los árabes, el frío de Rusia, le han ido sacando del medio aquellos que le precedían. Desaix en Marengo, Kléber en el Cairo, y Lannes en Wagram. El camino hasta la más alta dignidad no lo ha tomado al asalto, sino que se le ha ido abriendo a tiros durante veinte años de guerras.

Napoleón es consciente que Grouchy no es ni un héroe ni un estratega, sólo un hombre de confianza, fiel, honesto y sensato. Pero la mitad de sus mariscales están bajo tierra (…) por eso se ha visto obligado a confiar el golpe decisivo a un hombre mediocre.

(…) Las órdenes de Napoleón son claras. Mientras él mismo ataca a los ingleses, Grouchy, con un tercio del ejército, ha de perseguir a los prusianos. Parece un encargo sencillo, directo e inequívoco, pero también es vincladís y de doble corte, como una espada. Pues, además de la persecución, se ordena a Grouchy que se mantenga permanentemente en contacto con el ejército principal.

Vacilante, el mariscal acepta la orden. No está acostumbrado a actuar por su cuenta. Su prudencia sin iniciativa sólo se siente segura cuando la mirada genial del emperador recomienda la acción. Además, Grouchy nota en su espalda la insatisfacción de sus generales (…)

(…) en el momento preciso, durante un segundo, Grouchy reflexiona. Y este solo segundo configura su destino, el de Napoleón y el de todo el mundo. Este segundo en la masía de Walhaim determina todo el siglo XIX y, inmortal, depende de los labios de un hombre muy honrado y mediocre. 

(…)  Todas las virtudes burguesas -la prudencia, la obediencia, el esfuerzo y la discreción- se funden impotentes en el fuego de uno de estos minutos del destino que solo reclaman el genio y quedan plasmados en una imagen duradera. Este momento decisivo rechaza a los débiles y menosprecia, y con sus brazos ardientes, como otro dios en la Tierra, solo ensalza a los valientes y los eleva al firmamento de los héroes’.

Jordi Carbonell y de Ballester (1924 – 2016), en su discurso en la Diada de 1976, dijo: ‘que la prudencia no nos haga traidores. Somos intransigentes en nuestra moderadísima posición, porque no queremos que la prudencia nos haga traidores’. Y esa lección de una persona íntegra y coherente, que se opuso a declarar en castellano durante sus encarcelamientos y juicios, a pesar de que eso le comportó graves problemas de toda índole, nos debería servir de guía para dejar de ser meras abejas obreras para alimentar a la reina. Asimismo, debemos alejarnos de los ‘privilegiados’ zánganos que tienen como misión copular con la reina. Por eso, deberíamos hacer como las abejas, que, al final del ciclo, expulsan a los zánganos, que acaban muriendo de frío o hambre fuera de la colmena.

Me parece que esta metáfora es clara, y nada sutil, es directa, transparente.