
En los dos últimos escritos me centré en una crítica a nuestros políticos, ante la previsible investidura de president de la Generalitat el próximo viernes 26. En el presente me centro en la responsabilidad de la ciudadanía.
En primer lugar, me parece preciso señalar que los diputados electores reciben presiones de diferentes lobbys, como vimos, por ejemplo, con la vergonzante patronal empresarial; y a estos efectos me parece interesante reproducir el siguiente hecho histórico:
‘En noviembre de 1268 el Papa Clemente IV falleció en la ciudad de Viterbo (Italia). En ese momento comenzó la ‘sede vacante’ de la Iglesia Católica más prolongada hasta la actualidad.
Los 19 cardenales de la misma ciudad donde había fallecido el Pontífice (como era habitual en la época). Sin embargo, en el siglo XIII los cardenales disponían de una mayor libertad que en la actualidad durante el proceso. De hecho, no estaban incomunicados con el exterior, salían y entraban del recinto religioso cuando querían y hablaban con quienes quisieran. Se producía una votación diaria y, en caso de no haber acuerdo, los cardenales regresaban a sus aposentos de la ciudad.
Así fueron pasando las semanas con votaciones infructuosas. Los cardenales estaban divididos en dos grandes facciones. Por un lado, los partidarios del Rey de Nápoles y Sicilia, Carlos de Anjou (que representaba los intereses de Francia) y por otro lado el grupo de cardenales italianos.
Una vez más se desató una soterrada guerra de poder en la cúpula de la Iglesia. Estrategias, pactos y traiciones.
Casi un año después, la impaciencia ya hacía mella en los fieles. Pero también en los reyes y nobles de la cristiandad, todos interesados en que el obispo de Roma fuera cercano a sus propósitos.
Para acelerar el proceso, los cardenales fueron recluidos en el Palacio Papal de Viterbo, donde permanecieron incomunicados. Era el primer aviso.
Sin embargo, la medida resultó insuficiente y el ‘habemus papam’ se resistía. Además, cada vez quedaban menos cardenales electores, y es que tres fallecieron durante el tiempo que duró el cónclave.
Los magistrados de la ciudad de Viterbo decidieron aumentar la presión sobre los purpurados y racionaron los alimentos. Además, se retiró parte del techo del palacio para que las inclemencias meteorológicas apremiaran a los cardenales a decidirse por un candidato. Pero las medidas de presión no daban resultado.
En setiembre de 1271 la situación ya era insostenible. Felipe III de Francia obligó a los purpurados a designar un reducido comité formado solo por seis de los cardenales electores para designar un candidato de consenso.
Con la amenaza de Francia ya sobre sus cabezas y el riesgo a posibles cismas, el comité eligió a Tebaldo Visconti como máximo pontífice.
Sin embargo, había un problema. Visconti no era sacerdote, sino diácono y además se encontraba en Tierra Santa, concretamente en Acre, como legado papal.
Cuando fue informado, emprendió el camino a Roma, donde fue ordenado sacerdote y posteriormente obispo, requisito imprescindible para ser Papa.
Finalmente, el 27 de marzo de 1272, adoptó el nombre de Gregorio X, para ejercer su pontificado.
La Iglesia Católica ya tenía nuevo líder. Sin embargo, la imagen había quedado deteriorada por el largo interregno sin un Pontífice. Para tratar de evitar que algo tan bochornoso sucediese, Gregorio X reformó el sistema de cónclave mediante el ‘Urbi periculum’, dónde fijó que los cardenales quedarían incomunicados y verían reducida su ración de alimentos progresivamente a partir del cuarto día. El sistema pretendía acabar con las eternas luchas de poder entre la jerarquía eclesiástica. Solo se aplicó en el siguiente cónclave. Posteriormente se suprimió y las intrigas de la Curia volvió a dominar las elecciones papales’.
(D. Valera, 24 febrero del 2013; www.abc.es)
Efectivamente, de esta historia podemos sacar importantes conclusiones, extrapolables a nuestra actualidad, desde la intromisión de los poderes fácticos, el desprecio de la voluntad popular, y los intereses materiales de los electores y sus respectivos partidos.
Y la primera derivada de esas conclusiones es, a mi modo de ver, que, precisamente, la ciudadanía debería ser la única que presionásemos, ya que los políticos, son nuestros representantes, nada más y nada menos. Por eso, es a nosotros a los que no nos tienen que defraudar, no deberían olvidar que están a nuestro servicio. Y si tenemos que castigarles, transitoriamente, con menos dietas y menos oropeles y prebendas, deberíamos poder exigirlo y los políticos deberían acatarlo.
Es inmoral que, una vez conseguido el voto, se crean con las manos libres para actuar según sus personales y partidistas intereses. Y se prodiguen en los medios de comunicación, como si fueran dioses o los titanes del Olimpo.
En este momento, los partidos independentistas deberían ser capaces, pues están obligados a ello, para consensuar un programa de gobierno, con un calendario que determine los pasos en la hoja de ruta independentista, que es lo que votamos el 52% de la ciudadanía. Y todo lo que se aparte de eso, será una estafa.
Sabemos de las dificultades que tendremos con el carpetovetónico estado español, que no para de recibir avisos de los organismos internacionales para su modernización y armonización, como ahora la Comisión de Venecia pidiendo a España una reforma de la ley mordaza, que da un excesivo poder a la policía o, ayer también, la comisaria de Derechos Humanos del Consejo de Europa, pidiendo a España una reforma de los delitos de injurias a la corona y el enaltecimiento del terrorismo, que comportan una grave limitación del derecho de libertad de expresión. Pero, aquí, como si lloviera…, el orgullo hidalgo castellano está por encima de todo.
Pero sabemos, también, que los partidos independentistas deberían ser conscientes de sus propias limitaciones y defectos, para, entre todos, hacer frente al estado español.
Por eso me parece muy ilustrativa la siguiente fábula:
‘La fábula del vagabundo
Había un vagabundo que vivía en una población de montaña, con grandes montañas y grandes campos donde se cultivaba paja para el ganado que también había en los corrales de la población. Este vagabundo que no tenía casa se alimentaba de lo que los vecinos le daban de comer y como no tenía casa dormía en un montón de paja.
Una noche de tantas, mientras dormía, entró un pequeño ratón en el montón de paja en el que dormía y buscando el calor correteó por todo el cuerpo del vagabundo y por mala suerte hizo caca encima del bigote del vagabundo, muy cerca de la nariz, sin que éste se despertase ni se diese cuenta.
De buena mañana y tras aspirar el fresco aire de la montaña exclamó el vagabundo: ¡Que mal huele aquí! Y como decía no poder soportar ese nauseabundo olor, decidió marcharse del montón de paja en el que había pasado la noche. Se marchó al que había al lado, a una pequeña distancia, pensándose que era el montón de paja en el que había dormido lo que olía mal, pero para su sorpresa, al llegar al nuevo montón de paja, este también olía mal y pensándose que también era ese montón de paja el que olía mal, decidió buscar otro y otro y otro.
Pasados los días y no encontrando ningún montón de paja que no oliese mal, al final pensó que era la propia población la que olía mal, y se fue a la población de al lado y una vez allí buscó un montón de paja que no oliese mal para pasar las noches.
Así empezó a buscar, sin encontrar ningún montón de paja que no oliese mal, para su desesperación.
Así fueron transcurriendo los días y en uno de tantos, cuando ya había llegado el frío y estando resfriado, en una noche el vagabundo estornudó y al estornudar saltó la caquita que tenía pegada en el bigote y a partir de ahí ya ningún otro montón de paja le olió mal’.
Sé que la ciudadanía estamos atravesando una situación bastante depresiva y desmotivante, ya que no tenemos referentes que nos ilusionen; pero, a pesar de eso, seguimos persistiendo, tozudamente, manifestándonos algunos centenares en diferentes espacios de Catalunya, ya que sabemos que, si desistimos, ya no habrá ninguna presión que recuerde y obligue el deber de trabajar por la amnistía y el referéndum de autodeterminación.
Por todo eso, somos conscientes de que apenas tenemos fuerza, de cada vez menos. Y vemos que los unionistas nos hacen frente, de cada vez más frecuentemente, como mañana, que vendrán a manifestarse en la avenida Meridiana de Barcelona, en el lugar en el que lo venimos haciendo diariamente, desde hace más de un año. Y sabemos que ellos, por muchos medios que tengan, apenas reunirán un minúsculo grupito de manifestantes, a los que los medios de comunicación les darán un mayor eco, que a nosotros.
No es nada nuevo, los poderes ejercen sus tentáculos en pro de sus beneficios, y por eso, mayoritariamente, no informan, adoctrinan, para conformar la realidad que desean, la de una ciudadanía sumisa, callada y amorfa, que se quede en casa, sentada en el sofá, delante de la televisión (el pan y circo).
Por todo eso, los independentistas debemos ser conscientes y saber delimitar y ponderar nuestras fortalezas, y también nuestras carencias, y no caer en conclusiones facilonas como el vagabundo de la fábula, que nos hagan tomar decisiones que nos alejen de los otros partidos independentistas, como si los otros fueran los montones de paja ‘aparentemente’ malolientes.