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Joseph Ruyard Kipling (1865 – 1936), en su obra ‘El libro de la selva’ (The jungle book, 1894), escribió: ‘Ahora esta es la ley de la selva – tan antigua y verdadera como el cielo; Y el lobo que la mantenga puede prosperar, pero el lobo que la rompa debe morir. Como la enredadera que rodea el tronco del árbol, la ley avanza y retrocede – Porque la fuerza de la manada es el lobo, y la fuerza del lobo es la manada’. Asimismo, Antonio Gramsci (1891 – 1937), dijo: ‘El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos’. Y estos pensamientos me parece que son atemporales, como intento exponer en este escrito, basándome en el reciente ensayo de Irene Cordón.
En ese reciente libro de Irene Cordón Solà-Sagalés, titulado ‘Faraons de Silicon Valley: una (càpsula) sobre l’antic Egipte, el poder i la tecnocasta’, (Ara Llibres, Barcelona, set. 2025) la autora presenta una visión didáctica y personal de los faraones egipcios, comparándolos con los actuales reyes del imperio global, desde Donad Trump a Elon Musk, Mark Zuckerberg, Vladímir Putin, Binyamín Netanyahu, Úrsula von der Leyen…
Cordón (doctora en arqueología e historia antigua, master en egiptología y licenciada en derecho) empieza su prólogo escribiendo:
‘Nunca he entendido la admiración desmesurada por los faraones de Egipto. No eran dioses. No eran héroes. Ni especiales. Ni mejores. Eran hombres con un ego desbocado. Eran, simplemente, humanos con poder. Y el poder -entonces y ahora- siempre tiene un precio. Eran reales, de carne y huesos, con delirios de grandeza, una sed infinita de dominio y una habilidad extraordinaria para envolverse de piedras eternas mientras el pueblo, anónimo y olvidado, picaba roca bajo un sol implacable.
He pasado media vida estudiándolos, siguiendo el rastro de sus tumbas, leyendo sus inscripciones, recitando sus nombres como si fuesen oráculos. Y un día, sencillamente, me cansé. No porque no sean fascinantes, sino, porque la fascinación no puede estar por encima de la verdad.
(…) escribo este libro para explicar lo que he visto, lo que he aprendido y lo que no me han querido enseñar.
(…) de entrada, es preciso decir que ni tan solo se les llamaba ‘faraón’, hasta mediados del siglo XIV (a.e.c.) (*). Antes de eso, los soberanos de Egipto eran conocidos como reyes, como ‘nesu’, como ‘hem’, como ‘Horus vivo’, pero no como faraones. Este título, que significa, literalmente, ‘Casa Grande’, hacía referencia inicialmente al palacio real y no a la persona que gobernaba. Es lo mismo que hoy decir ‘la Zarzuela’ o ‘la Casa Blanca’
(*) es la forma abreviada de la expresión ‘antes de la era común’, denominación alternativa para no recorrer a términos religiosos (antes y después de Cristo).
(…) los faraones eran gobernantes autocráticos, ambiciosos, egocéntricos, a menudo despiadados y obsesionados con el poder y el control. Lejos de ser figuras próximas al pueblo, vivían rodeados de una cúpula de cortesanos, burócratas y generales que no dudaban en traicionarse los unos a los otros para escalar en la jerarquía del poder.
(…) es cierto que algunas mujeres llegaron a ser faraón, pero fueron excepciones en medio de una sociedad claramente patriarcal. Las fuentes indican que sólo cinco mujeres llegaron a conseguir ese título en más de tres mil años de historia (Nitocris, Nefersobek, Hatxepsut, Tauseret y Cleopatra VII) (…) pero no alteraron el orden establecido: se rodearon de hombres de confianza y gobernaron a través de las estructuras tradicionales del poder egipcio.
(…) y en el epílogo, la autora comenta: el poder del faraón se fundamentaba, entonces, en una fe colectiva profundamente arraigada y sostenida por todo un aparato simbólico, religioso y arquitectónico. La crítica es el verdadero enemigo de cualquier régimen basado en la mitificación del líder. Por eso, los faraones eliminaron cualquier forma de oposición intelectual, haciendo desaparecer nombres de antecesores incómodos de las inscripciones, creando un relato oficial único e incuestionable. Esto no es diferente de las actuales estrategias de censura y desinformación utilizadas por gobiernos autoritarios o por magnates de la información que manipulan la percepción pública.
Esta estrategia funcionó durante milenios y continúa funcionando hoy. Los humanos no somos criaturas racionales por naturaleza; somos criaturas que necesitamos historias para dar sentido al mundo. Los grandes líderes y magnates, como Trump o Ramsés II, mantienen su poder gracias a las narrativas creadas en la mente de las masas, historias que les permiten ejercer control e influencia. Esta creación de mitos es esencial para establecer y mantener el poder, convirtiendo aquello que es una construcción social en una realidad indiscutible. Los faraones, como los líderes actuales, solo aprovecharon esta necesidad para consolidar un poder que parecía divino, que les hacía invulnerables ante cualquier forma de crítica u oposición, pero que, en realidad, no era más que una ilusión perfectamente diseñada.
(…) las técnicas que los faraones utilizaron para consolidar su poder no han desaparecido. Hoy, los líderes mundiales, hacen servir mecanismos similares para mantener su autoridad. La repetición de un mensaje crea su propia verdad. Así como Ramsés II se presentó como el ganador absoluto de la batalla de Qadesh -a pesar de que el resultado real fuese una tregua incómoda-, muchos políticos modernos construyen una imagen de triunfadores imbatibles a partir de los medios de comunicación y las redes sociales.
Cuando Donald Trump se proclama a sí mismo como ‘el mejor presidente de la historia de los Estados Unidos’ o cuando empresarios como Elon Musk se proyectan como genios visionarios capaces de llevar la humanidad a Marte, no están haciendo otra cosa que construir mitos modernos, siguiendo el ejemplo de los antiguos faraones. No importa si su grandeza es real o no; lo que importa es que millones de personas lo crean.
(…) ¿Por qué todavía seguimos buscando faraones con corbata, con uniforme, con toga o con mitra? (…) conozco bien a los faraones, y quizás este libro no cambie nada. Pero, como mínimo, que quede claro: ya no los venero. Los conozco. Los analizo. Y los desmonto. Porque quizás la única manera de romper el encantamiento es mirarlos de verdad, sin miedo, sin romanticismos, y decirlo bien alto: los faraones no eran dioses. Eran hombres. Y no muy ejemplares.
La gran lección que se extrae de esto es clara: somos nosotros, la población, los que otorgamos poder a los grandes líderes, tanto del pasado como de los que hoy nos gobiernan. Somos nosotros los que les damos este ego desmesurado y esta capacidad de acumular poder, porque, al final, somos nosotros los que decidimos qué nombres perduran en la historia. Y solo nosotros tenemos en las manos la capacidad de hacer que estos líderes sean recordados, incluso, convertirlos en inmortales. Eudadl Carbonell, con toda su agudeza, tiene toda la razón cuando afirma que ‘somos una especie imbécil’. Una especie que repite los mismo errores una vez y otra, y que todavía se entretiene a mirar hacia el pasado buscando héroes allá donde solo había hombres con miedo, con hambre de poder y con muy poca empatía. Pero … ¿nos daremos cuenta alguna vez de nuestra propia responsabilidad?’
Pido perdón a la autora, Irene Cordón, por tan larga transcripción, pero me parece sumamente interesante para que el lector se sienta motivado para comprar este pequeño, interesante y clarividente librito, que nos muestra que ‘lo bueno, si breve, dos veces bueno’ (como dijo Baltasar Gracián, 1601 – 1658)
En definitiva, me parece que todos debemos y podemos aprender, extraer enseñanzas, de esta lectura, y aplicarlas en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, los independentistas catalanes deberíamos ser capaces de desvelar la realidad que nos rodea, desmitificar los relatos que nos han impuesto de forma interesada, y actuar en consecuencia, de forma libre y autónoma, pues, como escribió Kipling ‘la fuerza de la manada es el lobo, y la fuerza del lobo es la manada’. Solo así, superaremos la actual fase de transición, que apuntó Gramsci: ‘El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos’. En caso contrario, confirmaremos la citada tesis de Carbonell, ‘que somos una especie imbécil’.