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La mediación pedagógica del profesorado ante los desafíos éticos de la IA

Incorporar principios orientadores en el uso de la inteligencia artificial resulta esencial para resguardar el sentido humanista de la educación

Por el Dr. Ismael Zamora Tovar, académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG).

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en los entornos educativos plantea tanto oportunidades como desafíos que demandan una reflexión ética y pedagógica profunda. En términos de beneficios, estas tecnologías ofrecen posibilidades de personalización del aprendizaje, diversificación de estrategias didácticas y acceso ampliado a la información (Selwyn, 2019). Sin embargo, también generan riesgos vinculados con la privacidad, la manipulación de datos, los sesgos algorítmicos y la sustitución de las relaciones humanas, las cuales son esenciales en la formación integral de los estudiantes (UNESCO, 2021).
La incorporación de principios orientadores en el uso de la inteligencia artificial resulta esencial para resguardar el sentido humanista de la educación. MacIntyre (2016) recuerda que el cultivo del conocimiento, la búsqueda de la verdad y la formación ética no deben reducirse a fines utilitarios; mientras que Deci y Ryan (1985) destacan la importancia de la autonomía, la competencia y la relación como necesidades básicas para el bienestar y la motivación. En esta misma línea, Gilson (1939) y Newman (1852) subrayan el papel insustituible del docente como guía en la formación integral, y Santo Tomás de Aquino (1265–1274) sostiene que enseñar significa acompañar al estudiante en el despliegue de sus capacidades racionales y morales. Estos enfoques convergen en la idea de que la IA debe concebirse como un recurso auxiliar que, lejos de reemplazar lo humano, potencie el florecimiento de la persona y la esencia de la educación.

Principios para el uso ético y humano de la inteligencia artificial
Los principios para el uso de la inteligencia artificial en la educación se ordenan según los valores o bienes internos de la práctica educativa, priorizando lo esencial: la persona, la verdad, el bien y la comunidad. A partir de estos fundamentos, se incorporan los aspectos instrumentales y operativos —como acceso, transparencia y ética en la investigación— para garantizar que la tecnología potencie el florecimiento humano y preserve la esencia de la educación.
El análisis de la literatura y los enfoques teóricos señalados permite formular los siguientes principios para guiar el uso de la IA en la educación:
1.           Valores intrínsecos de la educación y de la comunidad académica: Preservar que la IA fortalezca el cultivo del conocimiento, la búsqueda de la verdad, la formación ética y la construcción de comunidad en justicia (MacIntyre, 2016). Es fundamental asegurar que estos fines esenciales no sean desplazados por objetivos meramente utilitarios o externos, manteniendo así la integridad de la práctica educativa.
2.           El rol humanista del docente: Reconocer al profesor como guía insustituible en la formación integral, orientador en la búsqueda de la verdad y mediador en el desarrollo de capacidades racionales y morales (Newman, 1852; Gilson, 1939; Tomás de Aquino, 1265–1274).
3.           Autodeterminación y necesidades humanas básicas: Asegurar que la IA potencie la autonomía, la competencia y las relaciones significativas, contribuyendo al florecimiento humano (Deci & Ryan, 1985).
4.           Primacía de lo humano: Garantizar la salud, la dignidad, el bienestar, la seguridad, la privacidad y la protección de las personas por encima de cualquier interés tecnológico.
5.           Herramienta de potenciación, no de sustitución: Usar la IA para enriquecer el aprendizaje, la creatividad y la colaboración, sin desplazar las relaciones humanas que sostienes la práctica educativa.
6.           Alfabetización digital y ética: Promover una comprensión multidisciplinaria de la IA que incluya aspectos filosóficos, éticos, sociales y técnicos, así como la conciencia sobre riesgos relacionados con sesgos, discriminación, fraudes y vulneraciones de privacidad (Williamson & Piattoeva, 2022).
7.           Acceso equitativo: Asegurar que toda persona cuente con oportunidades y competencias para interactuar con la IA de manera justa y eficiente.
8.           Privacidad y rol humano en la evaluación: Proteger la información personal y garantizar que el profesorado conserve un papel central en la valoración de logros, conductas y resultados.
9.           Transparencia y neutralidad: Asegurar que los sistemas de IA revelen la procedencia de sus datos y eviten manipulaciones o sesgos.
10.         Investigación ética y consciente de riesgos: Promover el uso de la IA en la investigación bajo rigurosos estándares éticos, evaluando beneficios, límites y posibles consecuencias negativas.
11.         Uso responsable y contextual: Reconocer que la IA es apropiada en ciertos escenarios e inadecuada en otros, estableciendo límites claros y transparentes.
El profesorado desempeña un papel insustituible en la mediación ética y pedagógica del uso de la inteligencia artificial. En primer lugar, es responsabilidad de los docentes definir el alcance de la IA en los procesos formativos, identificando qué actividades se benefician de su uso y cuáles requieren interacción humana directa. En segundo lugar, los docentes deben fomentar la alfabetización digital y crítica, promoviendo en los estudiantes la capacidad de analizar los alcances y limitaciones de estas tecnologías, así como sus implicaciones sociales y éticas (Selwyn, 2019). En tercer lugar, corresponde a los educadores actuar como modelos de integridad y transparencia, explicando explícitamente el uso de la IA en la enseñanza y la evaluación.
Desde una perspectiva teórica, el rol docente también incluye preservar los bienes internos de la educación (MacIntyre, 2016) y fortalecer las necesidades básicas de autodeterminación (Deci & Ryan, 1985). Esto implica garantizar que el uso de la IA no socave la autonomía de los estudiantes, ni limite su capacidad de relacionarse o desarrollar competencias auténticas. En este sentido, los docentes son mediadores reflexivos que aseguran que la IA se mantenga subordinada a los fines formativos esenciales.
En este nuevo ecosistema educativo, el docente se erige como mediador insustituible entre el conocimiento, la tecnología y el estudiante. Si bien la IA puede aportar eficiencia y apoyo en múltiples tareas, su presencia nunca podrá reemplazar la misión humanista y formativa del profesorado.
Desde la visión de John Henry Newman (1852), el maestro no se limita a transmitir información, sino que orienta la inteligencia y el carácter moral de los estudiantes, promoviendo su libertad y responsabilidad. En una línea similar, Étienne Gilson (1939) subraya que la función del profesor es acompañar al alumno en la búsqueda del sentido y de la verdad, asegurando que el conocimiento no se reduzca a mera utilidad técnica.
Por su parte, Santo Tomás de Aquino ofrece una visión que sigue siendo actual: el maestro es un magister interius, un guía que ayuda al estudiante a desplegar sus propias capacidades intelectuales y morales. El verdadero aprendizaje es interior y requiere una relación pedagógica que oriente hacia la verdad y el bien. En esta perspectiva, la IA puede servir como herramienta auxiliar, pero nunca podrá sustituir la dimensión sapiencial y formativa del docente.
De este modo, el profesorado asume un rol ético y humanista: custodiar los bienes internos de la educación, guiar al estudiante hacia el conocimiento verdadero y fomentar virtudes intelectuales y morales que permitan afrontar con discernimiento los retos de un mundo impulsado por la tecnología.

Conclusión
La incorporación de la Inteligencia Artificial (IA) en el ámbito educativo abre la puerta a nuevas posibilidades pedagógicas y a un aprendizaje más potente. Sin embargo, su puesta en marcha requiere seguir claros preceptos éticos y contar con la participación del profesorado.
Los once principios presentados establecen una guía para asegurar que la IA esté orientada al desarrollo pleno de las personas, el fortalecimiento de la comunidad y la generación de conocimiento. Bajo esta óptica, el docente cumple una función primordial como guía, mediador y custodio de la calidad educativa. Solo así la IA dejará de ser el objetivo principal y se convertirá en una herramienta para lograr las metas más elevadas de la educación.
En la educación superior, la adopción de la IA no debe verse como un simple cambio tecnológico, sino como un reto ético y pedagógico significativo. La intención de estos principios es orientar su integración desde una visión humanista, donde la dignidad humana, la justicia y la búsqueda de la verdad son los pilares.
Dentro de este esquema, el rol del profesor es insustituible y fundamental. Como señalan pensadores como Newman, Gilson y Santo Tomás de Aquino, la tecnología puede apoyar, pero únicamente la interacción educativa entre personas asegura la formación integral del estudiante. El éxito futuro de la educación dependerá en gran medida de sostener este balance entre la innovación tecnológica y el respeto a los fines esenciales de la enseñanza