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Siguiendo con mi escrito de ayer, me parece interesante recordar un artículo de Vicenç Villatoro, titulado: ‘Los vencedores bautizan, los vencedores juzgan’.
En ese escrito, Villatoro comentó que:
‘Después de un conflicto, los vencedores quieren cambiar el nombre de las cosas y juzgar con la máxima pompa, solemnidad y humillación posible a los vencidos, para que se note que han ganado y perpetuar su victoria (…) y se trata, también, de consolidar la victoria, perpetuarla y poner los fundamentos para que no sea revocada y no renazca el conflicto del cual se han proclamado vencedores. Estas acciones de los vencedores tienen, por lo tanto, un componente simbólico, de ostentación de la victoria, pero también un componente práctico, de cortar las posibilidades de recuperación de los vencidos.
(…) El franquismo, después de ganar la guerra, cambiaron los nombres de calles y plazas, eliminando la lengua vencida y toda memoria anterior y el país se llenó de avenidas del caudillo y de calles y plazas José Antonio o Calvo Sotelo.
(…) El que manda pone el nombre. El que pone el nombre, manda. Y manda porque ha vencido (…) y el que juzga y el que es juzgado, y, sobre todo, el que no será juzgado nunca, a pesar que se le podrían aplicar los mismos cargos o las mismas sospechas (…)’
(elmon.cat del 24 de abril pasado)
Así ha sido siempre, por ejemplo, tras la victoria de las tropas de Felipe V (1683 – 1746), en Almansa, el 25 de abril de 1707, una de las poblaciones más castigadas, fue la de Xàtiva (Valencia), que recibió un castigo ejemplar y ejemplarizante, pues su población fue asesinada, la población quemada, las tierras sembradas con sal, y el nombre de la población fue cambiado por el de San Felipe.
Y de ese modo, tenemos una historia oficial, afirmando que España se remonta al Big Bang, que Don Pelayo (Pelai o Pelagi, 690 -737), de Asturias inició la reconquista contra los musulmanes; que Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid Campeador, 1045 – 1099) era un noble español, cuando, en realidad fue un guerrero mercenario, a las órdenes del mejor postor, pues ‘Cid’ quería decir ‘mi señor’, en árabe; etc.
Y nada ha cambiado, hasta nuestros días, con el rey Felipe VI (‘el v palito’, ‘el preparaO’), como expliqué en mi escrito de ayer, al referirme a los hechos del 2 de mayo de 1808; y, como sabemos los catalanes, que seguimos siendo represaliados desde su antepasado, es decir, durante todo el gobierno de los Borbones. No en vano el actual es el séptimo nieto del fundador de su negocio familiar en España.
Y, a tal fin, siguen la práctica de ostentar los principales cargos de la INjusticia española, para juzgar a los vencidos, aplicándonos sus leyes partidistas y vengativas, si bien, en la actualidad, están vestidas con el manto de la constitución, una constitución ‘acordada’ con la amenaza de las pistolas de los militares, para seguir manteniéndolo ‘todo atado y bien atado’, con el objetivo que los vencidos no podamos levantar cabeza.
Así, tenemos muchos ejemplos, siguiendo con esa cultura castellanizante, pues Pedro Sánchez, de forma unilateral, el 1 de marzo del 2019 cambió el nombre del aeropuerto de El Prat (Barcelona), por el de aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona – El Prat; rindiendo, de ese modo, un interesado homenaje a Josep Tarradellas i Joan (1899 – 1988) un president de la Generalitat con más oscuros que blancos, respecto a los intereses catalanes, y que fue un claro engranaje con la transición – traición; no en vano, en 1986, fue condecorado como ‘hijo adoptivo de Madrid’ y ese mismo año fue nombrado marques de Tarradellas, por Juan Carlos I.
Sobre el particular, me parece pedagógica la lectura, metafórica, de ‘El perro y el lobo’ de Jean de la Fontaine (1621 – 1695), pues el perro intentó convencer al lobo para que dejase su vida libre y se adaptase a la vida doméstica, pues, a cambio de vivir atado, y con un collar, tenía la comida asegurada. El lobo le preguntó sobre todo ello, y el perro le contestó ‘¿qué importa? El lobo le contestó ‘importan tanto, que renuncio a vuestra comida, techo y caricias, ya que de ir contigo, renunciaría al mayor tesoro, y echó a correr … y aún está corriendo’.
Y, pensando en los catalanes españolistas y españolizados, los boutiflers (*), también sería apropiada la lectura de la fábula ‘El granjero y la serpiente’, de Esopo (siglo VII a.C.), para recordarles el agradecimiento que pueden esperar de sus amos. En esa fábula, se cuenta que:
(*) catalanes partidarios de Felipe V; denominación originaria del francés beauté fleur (bella flor), por la flor de lis borbónica.
Un granjero caminó por sus campos una fría mañana de invierno. En el suelo yacía una serpiente, rígida u congelada por el frío. El granjero sabía cuán letal podía ser esa serpiente y, sin embargo, la recogió y la metió en su pecho, bajo su camisa, para traerla de nuevo a la vida, con el calor.
Cuando revivió y tuvo suficiente fuerza, la serpiente mordió al granjero (…) y antes de fallecer, dijo a sus familiares: ‘aprended de mi destino a no tener piedad de los canallas’.
Y nada ha cambiado, los engaños del estado español siguen igual, como vemos por la infrafinanciación, las promesas incumplidas de inversiones en estructuras, las teatrales e inútiles mesas de negociación bilaterales, etc.
Por todo ello, después de más de tres siglos de represión, me parece inconcebible que haya independentistas en estado de hibernación y, también, catalanes españolizados. Y, claro, si más de tres siglos no han sido suficientes para abrirles los ojos, nunca los abrirán. Por eso deberemos esperar a futuras generaciones, si tienen mejor suerte y preparación para efectuar una confrontación definitiva.