
En Lerma, la crisis ya no solo se mide en drenajes colapsados, ríos contaminados o calles llenas de baches. La verdadera descomposición está en el poder, y tiene nombre: Miguel Ángel Ramírez Ponce.
El alcalde ya no lo oculta. Él mismo admite que dejó de sentirse parte del PRI, que ya no acude a sus llamados y que no coincide con su dirigencia. Pero lo que tampoco puede ocultar es que sigue moviéndose bajo la sombra de sus padrinos políticos, sosteniendo reuniones y manteniendo vínculos que desmienten cualquier intento de ruptura real.
Porque cuando un político dice que se va, pero sigue negociando con los mismos de siempre, no hay ruptura: hay simulación.
Los encuentros con figuras como Erick Sevilla y Jaime Cervantes dejan claro que Ramírez Ponce no ha soltado al priismo; simplemente lo está utilizando mientras busca acomodo en otro lado. Y ese “otro lado” no es uno solo.
En lo público, el alcalde ya se deja ver cercano tanto a Morena como al Partido Verde, jugando en ambos frentes, midiendo terreno y dejando abiertas todas las puertas. No hay definición, no hay postura: hay cálculo. Hoy es uno, mañana puede ser otro… donde mejor le convenga.
El problema no es el cambio, es la falta de congruencia.
Ramírez Ponce juega a varias bandas: se distancia del PRI en el discurso, pero mantiene sus estructuras; se acerca a Morena y al Verde en lo público, sin comprometerse del todo con ninguno. Un doble —o triple— juego que no refleja estrategia, sino una obsesión por no quedarse fuera del poder.
Y es ahí donde la preocupación crece.
Porque en medio de este reacomodo político, también surgen versiones insistentes sobre intentos de proyectar el poder hacia su círculo más cercano, particularmente hacia su esposa, quien ya ocupa una posición clave en el DIF municipal. El mensaje que muchos leen es claro: no importa el partido, lo importante es que el control no se pierda.
Mientras tanto, Lerma sigue igual… o peor.
El propio alcalde reconoce problemas estructurales graves: basura en los canales, descargas industriales, infraestructura rebasada. Pero a esto se suma otra realidad que golpea directamente a la ciudadanía: la falta de agua potable en diversas zonas del municipio.
Y aquí es donde la contradicción se vuelve insultante.
Porque mientras hay comunidades con carencias básicas, sí hay recursos —y voluntad— para festivales y eventos como el Reolin Barejón, que terminan siendo escaparates políticos antes que prioridades sociales. La pregunta es inevitable: ¿en qué momento el espectáculo se volvió más importante que el servicio público?
La percepción crece: un gobierno más enfocado en la imagen que en la solución.
A esto se suma el desgaste interno: funcionarios señalados, bajas en áreas sensibles y una administración que comienza a mostrar fisuras. La “honestidad” que presume el alcalde choca cada vez más con una realidad llena de dudas.
Ramírez Ponce habla de un proyecto “multicolor”, pero lo que realmente construye es un proyecto personal. Uno donde los partidos son escalones, las lealtades son desechables y el municipio es solo el escenario.
En política, cambiar de rumbo puede ser válido. Lo que no es válido es simular, jugar en todos los bandos y apostar siempre al mejor postor.
Y en Lerma, cada vez queda más claro que el alcalde no está gobernando con empatía por su gente… ni por el lugar que lo vio crecer.
Sino pensando, únicamente, en dónde caerá parado.