
amadeopalliser@gmail.com
El periodista, productor y director Carles Porta i Gaset, inicia sus famosos episodios de la serie ‘Crims’ (crímenes) con la frase que he tomado como título del presente escrito, y que, a su vez, el autor tomó de una expresión clásica norteamericana: ‘¡pondremos luz en la oscuridad, caray, todavía dura la luz y la oscuridad!’. Y estas referencias me parecen adecuadas dada la situación actual que, en repetidas ocasiones, he señalado como negra; y sobre esto va el presente escrito.
La paremiología (del griego ‘paroimia’, proverbio, y ‘logos’, palabra) es decir, el tratado de refranes, presenta muchos sobre los colores, considerando el blanco y el negro, como tales.
Si bien, el negro no es un color, pero el blanco tampoco.
El color es una expresión de la luz, que ciertos materiales absorben y reflejan longitudes de onda específicas de la luz visible, lo que hace que los objetos adquieran un color determinado para el ojo humano. Cuando se refleja toda la luz, vemos el color blanco (el no color); por el contrario, cuando no se refleja ninguna luz, vemos el negro (la ausencia de color).
Así, el negro es la ausencia de luz (por eso no está en el arcoíris, en el que podemos observar el rojo, el anaranjado, el amarillo, el verde, el cián (azul celeste), el añil (azul marino) y el violeta), mientras que el blanco, es una total luz y un no color.
Evidentemente, todo lo expuesto, va sobre la luz, ya que, si hablásemos de pigmentos, evidentemente, el negro se obtiene como mezcla de colores secundarios: cian, magenta y amarillo.
Y es preciso señalar que la oscuridad no absorbe la luz, la materia sí (sin reflejar nada), y la convierte en otra energía o de nuevo en fotones. Mientras que un objeto blanco hace rebotar todas las longitudes de onda y no absorbe ningún color; si bien, puede considerarse el blanco como un. color por abarcar todos los matices del espectro de la luz visible. Pero, en sentido técnico, el blanco y el negro no son colores, son matices, que complementan a los colores.
En la psicología proyectiva se analizan, también el blanco y el negro, como expresión de sentimientos (test de los colores del psicoterapeuta suizao, Max Lüscher, 1923 – 2017).
Una vez efectuada esta introducción, obtenida de diferentes páginas de Wikipedia, me parece interesante volver a la realidad política (social), y, para ‘variar’ vuelvo con los despóticos ‘líderes’ habituales (Trump, Putin, Netanyahu, Xi Jinping, Kim Jong-il, etc.), y, también, con sus seguidores de baja estofa (calidad o condición), pues también los tenemos en nuestro ámbito próximo e, incluso, en el casero.
Martin Luther King Jr. (1929 – 1968) expresó que ‘la oscuridad no puede expulsar a la oscuridad: solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio: solo el amor puede hacerlo’.
Por eso, las acciones y estrategias de los mencionados ‘líderes’, que podemos asimilar a la oscuridad, y, en concreto, al negro, como símbolo de duelo, caos y muerte, si bien, obviando a sus antítesis: la potencialidad creativa y la trascendencia espiritual; es decir, como puente entre lo visible y lo invisible.
Y, por lo tanto, de la política de esos personajes, basada en su odio, solo se genera más odio, y más oscuridad, pues su estrategia se basa en la omertà siciliana (el código de honor que prohíbe informar sobre sus actividades delictivas), como vemos con la actual instrucción de Trump, de censurar los correos, mensajes, etc. de los turistas (y de sus familiares) que pretendan ir a los EUA.
Por eso, la presunción de poner luz en la oscuridad, en la práctica, no deja de ser una ilusión; y, muchas veces, una vana ilusión, basada en esperanzas y recuerdos más o menos readaptados. No en vano, Albert Einstein (1879 – 1955) dijo que ‘la memoria es la inteligencia de los tontos’.
Por todo lo expuesto, y juntando mi saturación (y cabreo) ante el avance de la derecha próxima al fascismo, por su autoritarismo, totalitarismo, antidemocracia, desprecio de la igualdad con los diferentes, los más desiguales y menesterosos; con mi edad y condición, posiblemente me hagan más vulnerable a la sensiblería, especialmente en esta época navideña (aunque, personalmente, nunca me han gustado estas fiestas del consumismo).
Y en este momento concreto, me han parecido ‘singulares’ los siguientes aspectos, observados en la feria navideña, que visitamos el pasado jueves 11:
En primer lugar, nos detuvimos en una parada de velas (Blends rituals) y, ante mi sorpresa, un vendedor, que me pareció especial, por su edad (mayor de 60 años), elegancia, educación, atención, sabiduría y pedagogía, con calma, sin prisas, nos dio una lección sobre los tipos de cera y rituales. Y nos explicó que las diferentes velas que tenía en la parada, habían sido elaboradas por su esposa, una artesana cerera, basándose en u arte milenario, con fragancias antiguas y tradicionales. Asimismo, nos dio una cartulina, como propaganda de su negocio, y las velas elaboradas por su esposa Valeria Méndez, diciéndonos que era proveedora de la catedral y de diferentes iglesias de Barcelona.
Y, en concreto, por ser el día 11 de diciembre, nos explicó que las velas de miel atraen sentimientos de calidez, dulzura y abundancia. Y que los días 11 y 22 de cada mes son días que tenemos una energía especial ya que coinciden con los números maestros. También nos dio una cartulina explicativa sobre otros rituales con velas de colores, basándose en los siete chakras.
El vendedor, que como he dicho, fue todo un artista, nos convenció, y compramos un par de velas ‘maestras’, diciéndonos que el mismo día 11, debíamos encender la primera, dando las gracias por todo, y el 22, encender la segunda, haciendo las peticiones que considerásemos. Y que, en ambos días, debíamos dejarlas consumir totalmente, sin apagarlas previamente. Y eso hicimos el pasado 11, y el 22, haremos la segunda parte.
Al llegar a casa, y buscando en internet, vi que los números maestros (o impersonales), según la escuela pitagórica, son el 11, 22, 33, 44, 55…
Es decir, los números capicúas. Y, claro, en nuestro calendario, solo tenemos el 11 y el 22.
Yo no creo en nada, y menos en la numerología, y estoy convencido que los números no tienen propiedades ni cualidades específicas; y que toda relación mística que se pretenda efectuar, me parecen meras elucubraciones anticientíficas, por más fundamentos históricos (esotéricos y exotéricos) que las consideren válidas, como la cábala.
Pero, aún así, compramos esas velas, y encendimos la del día 11. Si bien, con la certeza de que con ellas no pondríamos luz en la oscuridad, por más que lo deseáramos.
En segundo lugar, en esa feria navideña, me sorprendió la excesiva muestra de elfos, más que en años anteriores, pequeñas figuras vestidas de rojo o verde, con orejas puntiagudas; figuras humanoides procedentes de la cultura nórdica, que, por la globalización, se han popularizado, y, en estas fechas navideñas, las familias distraen a sus niños, escondiendo esos elfos traviesos. Y, como buenos consumistas, compramos elfos para nuestros nietos y, también una para nosotros, para que lo vean en las próximas fiestas.
Este ejemplo, más bien tonto, me parece relevante, por su colorido, ante la negrura que nos rodea.
Y para finalizar con ese tipo de anécdotas, más o menos folclóricas, ya comenté hace unos días, que compré una nueva versión de la novela ‘Peter i Wendy’, de J. M. Barrie, traducida al catalán por Joana Castells Savall, (edición Males Herbes, noviembre 2025), y comenté la influencia, según explica en el prólogo la citada traductora, de la muerte de su hermano mayor, con 13 años, y teniendo él 6; así que el ‘niño que no crece’ y que permanece igual, en nuestra memoria, es el muerto.
Y la traductora, en su apunte final, dice que:
‘(…) el País de Nunca Más es un lugar de cada uno y el paisaje suele variar muchísimo, según quien se atreva a soñarlo. Siempre es así, una isla con magníficos destellos de colores aquí y allá, barreras de coral y barcos veloces a punto de zarpar, y escondites salvajes y solitarios, y gnomos que suelen ser sastres, y cuevas por las que pasa un río, y príncipes con seis hermanos mayores, y una cabaña a punto de hundirse, y una viejecita muy pequeña con la nariz ganchuda.
Y llegamos rápido, con un salto de página’.
Y, en definitiva, volviendo a la negra realidad política, no es que debamos pasar página, si no, relativizar dicha realidad, para que su oscuridad no nos impida ver los colores, el arcoíris, el compromiso bíblico de no volver a sufrir nuevos diluvios, por más tormentoso que nos parezca el presente generado por Trump y sus acólitos, sus trompeteros trumpistas, que pretenden absorberlo todo (no sólo las riquezas), como los agujeros negros.