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Por qué hacer las cosas fáciles, pudiéndolas hacer complicadas

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

Una expresión popular dice que ‘la política es el arte de tomar decisiones complicadas para resolver problemas sencillos’; ahora bien, por el contrario, cuando los problemas son realmente complejos, buscar soluciones sencillas, es otro error habitual. Seguidamente traslado algunas elucubraciones sobre la forma de afrontar los problemas.

Una visión general de la situación internacional, con sus enormes problemas: guerras, emigración, hambrunas, cambio climático, delincuencia, adicciones, vivienda, trabajo, etc., difícilmente se podrán solucionar si los ‘personajes’ que los han creado o multiplicado, intentan presentarse como solucionadores.

Eso lo afirmó Albert Einstein (1879 – 1955): ‘No podemos resolver problemas usando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando lo creamos’. Y, asimismo, dijo: ‘Si tuviera una hora para solucionar el problema, pasaría 55’ pensando en el problema y los otros 5’ buscando la solución’.

Y, por lo que vemos, los políticos, en general, se centran en buscar y presentar presuntas soluciones, sin dedicar tiempo a pensar debidamente en los problemas, en sus orígenes y en sus causas. Y, como dice un refrán: ‘Para cada problema complejo, siempre existe una solución simple, elegante y totalmente equivocada’ (Henry Louis Mencken, 1880 – 1956).

Efectivamente, la situación actual es muy compleja, ya que interfieren muchos y graves problemas, y algunos de ellos están conexionados y son interdependientes. Y ‘los problemas nunca se acaban, pero las soluciones tampoco’.

Y la complejidad actual no es mayor de la existente en algunos períodos anteriores y existirá en el futuro, ya que ‘cada generación tiene su desafío’.

Un problema es la desviación de un estándar esperado, como definió Kepner Tregoe’s; ahora bien, esa definición me parece simple, cuando sabemos que el problema es complejo, y, como dijo el analista mencionado, ‘un problema complejo exige al menos el mismo nivel de complejidad en la solución’.

Y, claro, la complejidad se multiplica cuando no somos capaces de captar íntegramente esa complejidad.

Los problemas simples, como, por ejemplo, los rompecabezas, tienen una única solución, y se puede buscar la solución más rápida y eficiente. Pero los problemas complejos no tienen una única respuesta correcta, ya que, al estar conformados por diferentes aspectos, su solución ha de ser específica. Y por eso, tienen muchas respuestas posibles o ninguna.

El pensamiento tradicional chino, influenciado por el taoísmo y el confucionismo, considera que ‘distintas cerraduras se deben abrir con diferentes llaves’, por lo que no debemos aferrarnos a una única solución o manera de actuar. Buscar la ‘llave maestra’ suele ser un claro error, pues generalmente no existe, por lo que centrarse en su búsqueda, es una efectiva pérdida de tiempo; tiempo que irá complicando el problema complejo.

Todos sabemos que la solución de los problemas, sencillos y complejos requiere identificar su raíz, evaluar las opciones de solución, implementar estrategias efectivas y aprender de los resultados. Pero tampoco debemos perdernos con los infinitos consejos de liderazgo, autoayuda, etc., como el ‘complex problema solving’.

Ahora bien, es cierto que, como dijo Franklin Covey, hay ‘líderes’ con estilos tranquilizantes (víctimas) y estilos generativos (protagonistas); y únicamente estos segundos, por su carácter optimista y empoderado, pueden ofrecer soluciones; ya que los primeros, por más voluntarismo que tengan, se topan con la dura realidad. Y, según ese analista, el liderazgo centrado en principios se pone en práctica de adentro hacia afuera, en cuatro niveles: personal (relación con uno mismo), interpersonal (relaciones con los demás); gerencial (responsabilidad de hacer que otros llevan a cabo tareas) y organizacional (necesidad de organizar a las personas y grupos, para crear la posibilidad de crear respuestas) 

Nadler e Hibino expresaron:

‘Quienes resuelven problemas de manera exitosa tienen una orientación sistémica, se enfocan en un propósito visionario, toleran la ambigüedad, incorporan la participación de otros, piensan en forma creativa y saben manejar información subjetiva.

Pero, el 90 % de los ejecutivos se dedican a diseccionar los problemas de manera analítica, apuntan a corregir los errores, rechazan la ambigüedad, prefieren trabajar en soledad, enfatizan técnicas mecanicistas y usan sólo datos objetivos’.

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Como describió James MacGregor Burns (1918 – 2014), ganador del Pulitzer en los años 70, en su ensayo ‘Transforming leadership’: ‘El liderazgo transformacional es un estilo de liderazgo en el que los líderes inspiran y motivan a sus equipos para lograr cambios positivos y significativos tanto en la organización como en sus miembros, yendo más allá de las tareas y recompensas convencionales’.

Pues bien, después de toda esta larga introducción teórica, me parece que un claro ejemplo de problema complejo, lo tenemos con la instalación y el desalojo de 400 inmigrantes, mayoritariamente subsaharauis) del Instituto B9 (unas instalaciones municipales abandonadas), en la que hace años venían malviviendo; desalojo efectuado por Xavier García Albiol (PP) el alcalde de Badalona (localidad próxima a Barcelona), por orden judicial, a la que el mencionado alcalde se aferra y cumple, a pesar de coincidir en los días más fríos y lluviosos y en vísperas de las fiestas navideñas, que, idealmente, deberían potenciar la armonía y fraternidad.

La actitud chulesca del alcalde, que ha considerado ‘delincuentes’ a todos los inmigrantes implicados, apoyado por algunos vecinos, molestos por las incomodidades provocadas por ese colectivo, que incluso se han opuesto al asilo ofrecido por la iglesia católica, para una quincena de ellos durante un par de semanas, en un local de Cáritas; la lentitud de respuesta del president / gestor Salvador Illa (155); la mínima información en los medios de comunicación tradicionales (si el drama hubiera sido en el extranjero, la reacción hubiera sido muy distinta); etc. Y todo ese coctel, defendiendo cada uno su prisma particular y su parcela de gestión, evidentemente, impide e impedirá llegar a una solución responsable.

Obviamente, debemos ser empáticos con los badaloneses, pero, más, si cabe, con los inmigrantes. 

Y claro, buscar una solución habitacional temporal para esos casos, no solucionará el problema. En la ciudad de Barcelona, hace un par de semanas censaron a 1784 personas viviendo en las calles; y en el total de Catalunya, unas 2300 personas.

Así que el problema es sumamente grave, y requiere diseccionar el problema, que, en origen, estriba en la carencia de papeles de identidad para ese colectivo llegado irregularmente, lo que impide que trabajen y, claro, que puedan alquilar una vivienda entre varios. Y, aún con papeles, su propia condición sería un hándicap para los propietarios, que no quieren problemas. 

Asimismo, si el ejecutivo español modificase las leyes, para solventar el problema administrativo, sería acusado de efectuar una señal, que provocaría el efecto llamada, para muchos más inmigrantes irregulares. 

Josep Sánchez Llibre, presidente de fomento del trabajo (patronal de derechas), el pasado día 11, planteó la necesidad de acoger a un millón y medio de inmigrantes en los próximos diez años, para poder contribuir al crecimiento económico; y apuntó la necesidad de plantear la transformación demográfica, marcada por la baja natalidad estructural, el envejecimiento acelerado, ‘si España no afronta el reto demográfico de forma contundente e inmediata, nos quedaremos sin mano de obra para trabajar y sin capacidad de competir’ (…) ‘es necesario impulsar un gran pacto social entre los poderes públicos y la sociedad civil española que permita corregir, superar y anticipar los cambios que se están produciendo en la economía como consecuencia de la evolución demográfica y como consecuencia de esta transformación demográfica’.

Por su parte, Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, dijo que ‘el cambio demográfico es global pero se da la circunstancia de que España es uno de los países donde esta transformación será mayor porque tenemos una esperanza de vida de las más largas pero con muy baja natalidad, y ya somos el quinto país más envejecido de Europa (…) Esta evolución va a tener impacto en varios ámbitos y ha llegado la hora de actuar, hay que abordar cuestiones como las derivadas del envejecimiento de nuestra población, que va a provocar el incremento del gasto en pensiones, que va a pasar del 13 % del PIB hoy, a suponer el 16 % en el año 2050 (…) para tener una España mejor tenemos que trabajar en la integración, hay que recibir, atraer a la gente que quiera sumar (…)’

Como hemos podido ver, desde el alcalde de Badalona, considerando delincuentes a los 400 inmigrantes en cuestión, y los presidentes de las dos patronales, considerando a los inmigrantes como mano de obra (necesaria para contener los salarios), a la vez que estigmatizando a los pensionistas, como un gasto; y todos ellos, olvidando que tanto los inmigrantes, como los pensionistas, somos personas.

Me parece claro que esa perspectiva citada, como la de los sindicatos, nunca tendrán la empatía precisa, ni serán objetivos, para solventar ese complejo sudoku.

Es cierto que fomentar la natalidad requiere plantear ayudas familiares, facilitar la vivienda asequible, y el empleo estable. Y todo eso requiere una clara política social que exige muchos millones de euros. Y un gobierno ‘progresista’ como lo autoconsidera Pedro Sánchez, debería centrarse en todo ello, y, si es preciso (que lo es), distanciándose, todavía más, de las exigencias guerreras de Donald Trump, la OTAN, la UE, y olvidarse del gasto (ese sí) en armamento y en el ejército, en la casa real (mejor dicho, irreal), etc. Los medios son finitos, limitados, y se requieren unas políticas humanistas, centradas en solucionar los problemas de base.

Y aún así, invirtiendo en esos problemas, posiblemente se solucionen a medio o largo plazo; pero el problema actual debe afrontarse ya, sin dilación.

Muchos ayuntamientos tienen locales infrautilizados o abandonados; la iglesia católica tiene un sinfín de espacios y patrimonio, incluidas sus iglesias (la de Sta. Anna, en Barcelona, convertido en un refugio humanitario, organizado por la monja María Victoria Molins i Gomila (1936 y recientemente fallecida, en febrero del actual 2025) es un claro ejemplo, que debería confirmar la regla; el ejército tiene, también, grandes espacios inutilizados; incluso, llegado el caso, hay polideportivos que podrían destinarse a acoger a todas esas personas, de una forma digna, y facilitarles lo necesario (alimentación, abrigo, sanidad, etc.), pero, en paralelo, es preciso regularizar, ágilmente, sus papeles, censarlos, conocer sus carencias y necesidades, e intentar darles una solución personalizada. La empatía, el identificarse con los otros, es un requisito básico, pero es inútil, si no lleva emparejadas acciones en consecuencia, aunque sean parches momentáneos.

Es indigno que, ante tantas carencias, podamos ver el parlament de Catalunya, el ayuntamiento de Barcelona, la propia Generalitat, por citar unos ejemplos, ricamente iluminados e inmaculados, con aire acondicionado, sus coches oficiales, etc.; y ya no digamos de la Zarzuela o la Moncloa. Y me parece vergonzoso imaginar a nuestros políticos, rodeados de esos lujos, sus moquetas en sus despachos, y ver que se muestran incapaces de afrontar, realmente, los problemas más básicos, como los que nos ocupan. Esos políticos, en realidad, están incubando el huevo de la serpiente, del problema, para que se siga reproduciendo, es decir, que ellos mismos se vayan reproduciendo.

Y la realidad es que, en nuestro fuero interno, todos somos racistas o, mejor dicho, clasistas.

Como he dicho, el problema es muy complejo, pero, en este caso, me parece claro que hay que diferenciar las causas estructurales, macrosociales de las necesidades primarias y puntuales. Y ambas deben afrontarse al unísono, pero, siendo conscientes que las primeras tendrán sus efectos, como he dicho, a medio o largo plazo; y, las segundas, requieren una solución ya, inmediata, sin dilación, y digna, considerando que todos somos personas.

Y claro, a pesar de la mejor voluntad de servicio, algunas medidas serán erróneas, pero ya lo dice un proverbio japonés (Nanakorobi yaoki): ‘caerse siete veces, levantarse ocho’.