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Un día como hoy, 14 de octubre, pero de 1940 (hace 85 años), se llevó a cabo el consejo de guerra contra Lluís Companys i Jover (1882 – 15 oct. 1940), president de la Generalitat de Catalunya desde el 4 de marzo de 1936, durante la Segunda República Española.
Companys se exilió a Francia el 5 de febrero de 1939; junto al lehendakari José Antonio Aguirre y otros miembros del gobierno vasco, Juan Negrín, presidente de la República española, un contingente de mossos d’esquadra dirigido por Frederic Escofet, y unos intelectuales catalanes: Armand Obiols, Joan Oliver, Francesc Trabal y Pau Vila.
El 13 de agosto de 1940 fue detenido por la policía militar alemana (la Wehrmacht), siendo Pedro Urraca Rendueles (1904 – 1989) (*) el guardia civil español responsable de traerlo a España, y el que le hizo el primer interrogatorio, antes de su traslado a Madrid.
(*) Ese Urraca, para honrar a su apellido, hacía de urraca, pues se apropiaba de los bienes y documentos de muchos de los exiliados, tras su detención; en 1947 fue condenado a muerte y confiscación de sus bienes por los tribunales franceses, bajo la acusación de colaboración con el nazismo, acogiéndose a la posterior ley de amnistía de 1953, tras un breve paso por Madrid, pasó a trabajar en las representaciones diplomáticas españolas en Bruselas, desde donde siguió persiguiendo a militantes del Partido Comunista y supuestos miembros de ETA, hasta su jubilación definitiva, en 1982. En su trayectoria, recibió las condecoraciones del mérito civil, y la orden de Isabel la Católica, así como la cruz del mérito policial (…)’
Tras varios interrogatorios, el 3 de octubre de 1940 fue trasladado al Castelll de Montjuïc (Barcelona), donde se le hizo un consejo de guerra sumarísimo, sin garantías procesales, y, claro, ilegal.
‘El 14 de octubre de 1940, a las diez de la mañana, en el más riguroso silencio, empezó el consejo de guerra contra el president Lluís Companys que, nacido en Tarròs el 21 de junio de 1882, tenía 58 años.
La sala estaba atestada. Asisten unas trescientas personas, en su mayoría jefes y oficiales del Ejército. Hay algunos jefes y elementos de la Falange, así como paisanos, perfectamente controlados. También concurren hasta una docena de señoritas.
Companys aparece sentado en el banquillo, siendo su aspecto normal, si bien demacrado, ofreciendo su semblante un color terroso. Viste traje claro y calza alpargatas.
(…) al terminar el abogado defensor, el presidente se dirigió al procesado por si deseaba hacer alguna manifestación, levantándose éste dice:
‘La historia nos juzgará a todos; moriré por mis ideales, pero sin rencor’.
(…)
Estaba acusado de ser ‘inductor de crímenes, de desórdenes públicos y responsable de sangre derramada por haber lanzado desde hace más de veinte años, a hermanos contra hermanos, en lucha fratricida’. Como defensa dijo a los militares que formaban el tribunal que no se le juzgaba a él, sino al president de la Generalitat de Catalunya.
Al cabo de una hora fue condenado ‘por adhesión del expresado delito de rebelión militar a la pena de muerte’. La ejecución se llevaría a término al día siguiente, a la madrugada. Aquella noche sus hermanas, Alba, Neus y Ramona, consiguieron el permiso del juez militar para estar de las diez de la noche a la una de la madrugada con su hermano. Después pidió un sacerdote para ser confesado, asistir a misa y comulgar. Su último deseo fue pan con chocolate de Agramunt. Al día siguiente en Montjuïc, a las seis y media, justo antes de morir, Companys gritó: ‘Per Catalunya’.
(…)
En la sentencia figuran varios ‘resultando’, entre ellos, el segundo, que dice:
‘Resultando que al producirse el Glorioso Movimiento Nacional, el 17 de julio de 1936, el procesado continuó en dicho cargo de Presidente de la Generalitat, oponiéndose decididamente al triunfo del Alzamiento a cuyo fin celebró reuniones en las Consejerías de la Generalitat de las que salió acordado el reparto de las armas que con profusión se hizo a los elementos frente-populistas para oponerse al Ejército Nacional, dirigiendo numerosas alocuciones alentadoras de la resistencia a la Causa Nacional y encauzando desde la propia Generalitat la lucha animada por medio de órdenes que transmitió a las fuerzas dependientes de su gobierno’.
El cuarto resultando, dice:
‘Resultando que el procesado presidiendo el Gobierno de la Generalitat legisló ampliamente en toda clase de materias, inspirándose siempre en el afán de conseguir el triunfo de las izquierdas, llegando en este orden a incluso asumir facultades que nunca le correspondieron, organizando milicias armadas, con nombramientos expresos de Jefes militares, organización de la Industria de guerra, declaración de la Plaza bloqueada de la Barcelona, creación de Tribunales Populares, con distribuciones y nombramientos de funcionarios judiciales en consonancia con sus ideas políticas, organizando las patrullas de control a las que dispensó tal protección, no obstante los crímenes que cometían, que incluso hizo pasar, a su disolución, muchos de sus componentes al Cuerpo de Mozos de Escuadra, mantuvo inteligencia con organizaciones extranjeras favorecedoras de la rebeldía y finalmente dispuso incautaciones e intervenciones de bienes y bancarias’.
En definitiva, un conjunto de sandeces, mentiras y meras burlas, ya que, Companys representaba el gobierno legítimo, mientras que el rebelde, fue el de Franco. Así que imputar a Companys, por acciones legítimas y de defensa, fue un acto de criminal venganza.
Horas antes de ser juzgado, escribió una carta a su esposa, Carme Ballester, que acababa diciendo:
‘(…) Me siento tranquilo. Es Dios que ha puesto las cosas y las decisiones para darme este destino y me llena de una serenidad extraordinaria. Le doy las gracias pues habiendo de hacer todos el mismo camino, me ha reservado un final tan hermoso, por Catalunya y mis ideales, que revaloriza mi humilde persona. Tu que me quieres y has de querer el recuerdo que pueda dejar has de entender esto.
Entonces, no admitas, pésames, ni llores. Levanta la cabeza. Esta muerte, que afrontaré plácida y serenamente, dignifica. Vida mía, moriré queriéndote. Tu retrato lo llevaré conmigo. Y el último pensamiento será para ti y mis hijos, con el amor a Catalunya. Te besa, tu esposo, Lluís’.
Fue condenado a muerte; y ejecutado el día siguiente, el 15 octubre. El brigada de la policía armada y de tráfico, Benjamín Benet Blanch Cantavieja (*) recibió la orden de mandar el piquete de ejecución militar (…) pidió saber el nombre del condenado y quedó pálido al saber el nombre de Companys, pero obedeció.
(*) Benjamín Benet Blanch Cantavieja era natural de Mont-roig del Camp (Tarragona) (n. 1892); alistado voluntariamente al ejército como maestro de música, en 1912, se ofreció para ir a Melilla, donde fue condecorado. Se licencio en 1914, pero volvió al ejército en 1921, al ingresar en la policía. En la sublevación de 1936 se encontraba en Zaragoza. No quería saber nada del separatismo, pero tampoco del anticatalanismo. Se alistó con los rebeldes en octubre de 1937, y participó con la brigada legionaria italiana y las flechas negras. En abril de 1938 entró en Lleida. Fue nombrado brigada por méritos de guerra en julio de 1939 y después, ascendido a capitán. Murió en 1958, y según informaciones (Sapiens y El País), al volver a su casa, a primera hora, comentó a su esposa y a sus hijos:
‘Acabo de ordenar a un grupo de hombres que fusilaran al president de la Generalitat de Catalunya, el señor Lluís Companys. Y yo le he rematado en la tierra. Que Dios tenga piedad de su alma y que perdone la mía’
El brigada no volvió a hablar nunca más del caso, como explica el periodista Jordi Finestres en su libro ‘Retrat dún magnicidi. Les últimes hores del president Companys’ (Ara LLibres); en ese libro, se relata que intentó quedarse con el pañuelo lleno de sangre del president, pero un capitán de la guardia civil se lo impidió’.
(httpds://reusdigital.cat)
‘La de Benet no es la única ‘conexión’ tarraconense en el fusilamiento de Companys (…) el juez que instruyó el proceso contra el político catalán fue el general de brigada Ramón Puig i Ramón, nacido en Tortosa en 1867; y el fiscal que le acusó sin piedad fue Enric de Querol, natural de Tarragona e hijo del dirigente carlista reusense Fernando de Querol i Bofarull’
(https://www.diaridetarragona.com)
La comitiva que se dirigió al fosar de Santa Eulàlia, el escenario habitual de las ejecuciones, estaba formado por un soldado que llevaba una cruz alzada, seguido de dos soldados que iluminaban el camino con dos focos de gasolina, a continuación Lluís Companys, todavía fumando, acompañado de Ramón de Colubí (su abogado militar de oficio) y dos sacerdotes, Planas y Griful. Detrás, el juez militar Ramón de Puig, el gobernador del castillo, Joaquín Pascual Sánchez, el capitán de la guardia civil Gonzalo Fernández Valdés, y otro capitán de la benemérita, el inefable Manuel Bravo Montero, del servicio de información de la policía y jefe del Rondín Antimarxista. A su lado, el piquete mandado por Benjamín Benet.
Al llegar al fosar, Companys habló de manera animada con los dos sacerdotes y, en el impresionante silencio, se despidió de sus acompañantes más inmediatos y, muy especialmente, de su defensor, Ramón de Colubí, que, muchos años después, lo recordó así:
‘Al salir fuera, lo le acompañé al fosar. Cuando vimos que todos estaban en sus sitios, le abracé. Él me correspondió. Nos despedimos. Fui en dirección al piquete de fusilamiento. La cuestión era muy grave. Yo nunca había vivido una situación así.
Companys de descalzó. Después de unos segundos interminables, un silencio dramático fue roto por la voz de Benjamín Benet, que primero dio la orden de apuntar y a continuación la de abrir fuego, a los jóvenes soldados que formaban el piquete. Diversas balas impactaron en el cuerpo -no en la cabeza- del president Companys, que gritó ‘per Catalunya’, justo antes de caer a tierra. Después, Benjamín Benet se acercó, solo, pisando con sus botas el fosar lleno de barro y sin nada de hierba (…) cuando llegó, vió que el president todavía estaba vivo. Sacó la pistola y le disparó, más de una vez, con una pistola Astra 400 de 9 mm de largo, conocida como ‘la puro’. Después de diversos tiros, Companys, ahora sí, estaba muerto. Acababa así la vida del 123 e president de la Generalitat de Catalunya’
Companys fue el único presidente de gobierno elegido democráticamente, ejecutado en Europa, en este caso, por el estado español. Pero fue el ejecutado 2761 en juicios sumarísimos desde el 26 de enero de 1939, fecha de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona, la mayor parte en el Camp de la Bota (1702, las últimas en 1952), pero, también en la prisión Modelo, en el cuartel de Montjuïc, etc.
El 30 de julio de 2024, el estado español reconoció que el president Companys había sido condenado por ‘tribunales ilegales e ilegítimos’ y declaró la nulidad de las sentencias y resoluciones judiciales dictadas contra él.
Nada nuevo, pero, hoy, 85 aniversario de la farsa de juicio de guerra sumarísimo, releyendo la documentación que sobre el particular figura en la web de la Generalitat, creo que es preciso recordar la extraordinaria celeridad en la realización de esa farsa, y su inmediata ejecución, horas después. Lo que demuestra el claro interés de venganza ejemplar, como lo estaban siendo los miles de ejecutados en esa sangrienta sed de destrozar al enemigo vencido.
Y el fallo de la sentencia, también es ‘destacable’, ya que establece que:
‘Fallamos que debemos condenar y condenamos al ex – Presidente del disuelto Gobierno de la Generalitat catalana, Luis Companys Jover, como responsable en concepto de autor por adhesión del expresado delito de rebelión militar, a la pena de Muerte con accesorios legales caso de indulto y expresa reserva de la acción civil o responsabilidad de igual clase en cuantía indeterminada. Lo que por esta nuestra sentencia juzgando, pronunciamos, mandamos y firmamos: Manuel González, Federico García Rivera, Fernando Giménez Sáenz, Rafael Latorre, Gonzalo Calvo, José Irigoyen y Adriano Velázquez’.
Me parece de interés recordar que, tras el triunfo del Frente Popular, en 1936, Companys y su gobierno salieron de la prisión, y pronunció su famoso y emotivo discurso, con las siguientes palabras:
‘Volveremos a sufrir, volveremos a luchar y volveremos a ganar’.
Evidentemente, Companys fue un político relevante, que supo asumir sus responsabilidades hasta sus últimos momentos; si bien, a lo largo de su corta vida (58 años), como es natural, tuvo sus aciertos y sus errores. Pero al ser fusilado, fue convertido en un símbolo y un referente de coherencia, del que tenemos mucho que aprender.
Y, respecto al estado español: NI OLVIDO NI PERDÓN, por más que, recientemente, anularan la sentencia (pero, claro, por interés de Pedro Sánchez, para ser investido presidente, no por convicción ética ni moral).