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Todo son intereses

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

La realidad es compleja, y el comportamiento social mucho más, ya que, en éste, prevalece el relativismo sobre el objetivismo. Un relativismo que tiene aspectos tanto positivos como negativos; ahora bien, llevado al extremo, descalifica la ética, como intento explicar, basándome en la reciente noticia sobre la aprobación de la ley de la amnistía por el tribunal constitucional.

José Ortega y Gasset (1883 – 1955) escribió el ensayo titulado ‘Meditaciones del Quijote’ (1914) defendió que ‘Yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo’.

A todas luces, es razonable defender que las personas no podemos abstraernos del entorno de cada momento, máxime cuando estamos en un universo caracterizado por el cambio y el movimiento.

Pero también es lógico que hay unas ‘verdades’ inamovibles, determinadas empírica y científicamente, si bien sujetas a constante revisión, en función de nuevos conocimientos. Y esas ‘verdades’ nos permiten entender el mundo. Ahora bien, hay verdades objetivables: llueve o no llueve.

Pero esas ‘verdades objetivables’ también pueden ser desmentidas, en función de intereses, y este punto es el que me parece el núcleo duro a debatir, y es en el que me centro, basándome en el reciente ejemplo mencionado.  Es decir, en la ley de la amnistía, que esta mañana, el tribunal constitucional ha considerado que es constitucional, que encaja en el ordenamiento legal.

Pues bien, remontándome un poco, puedo entender (pero no compartir, claro) que hubiera y siga habiendo personas que consideraron, y sigan considerando que nuestro referéndum de independencia fue un delito de la máxima gravedad, por atentar contra la ‘sacrosanta’ unidad de su reino y, por lo tanto, merecedora del máximo castigo y la consiguiente represión judicial, policial, etc. Y, puedo entender, que esas personas, alienadas por su ideología, antepongan sus creencias por encima de la razón. Y esas personas, que mantienen su coherencia, son peligrosas y dañinas; por lo que deberían ser descalificadas.

Pero también son peligrosas las personas ‘acomodaticias’, que tienen un cinismo que se lo pisan, pues, teniendo y compartiendo los ideales de las anteriores, cambian de opinión de forma interesada, personal o de partido, para mantener o mejorar su poder y prebendas.

En esa línea, por ejemplo, me parecen casos paradigmáticos Pedro Sánchez y Salvador Illa; pues ambos apoyaron las medidas adoptadas por Mariano Rajoy (PP), e incluso en las últimas elecciones hicieron campaña electoral, contra los indultos y la amnistía. Ambos se cansaron de declarar que no cabían en la constitución y que nunca se adoptarían. Pero, al necesitar los votos de los partidos independentistas, modificaron su discurso, de la noche al día y, hoy, ambos se felicitan del fallo del tribunal constitucional, por el ‘bien de España y de la convivencia’, incluso Illa, que se había manifestado con el PP y Vox en contra de esas medidas, ha dicho que ‘es una hora feliz, por concluir esa década del procés’.

Teóricamente, una ley de amnistía borra lo que fue considerado delito, pero es evidente que eso no soluciona el conflicto político catalán, ya que nos seguimos viendo privados para conseguir nuestro objetivo de independencia. 

Y seguimos viendo que la represión continúa en todos los sentidos, como lo expresó Felipe VI en el monasterio de Montserrat, criticando los ‘discursos totalitarios de los independentismos, pidiendo que renunciemos a las identidades excluyentes’. Es evidente que, según ellos, la única identidad ha de ser la que pone en nuestros DNI, pues tienen claro que en 1714 fuimos conquistados, y les debemos sumisión, por los siglos de los siglos.  

Esta mañana, tras la aprobación del tribunal constitucional, Salvador Illa ha citado la famosa locución de San Agustín de Hipona (354 – 430), para afirmar la supremacía papal: ‘Roma locuta, causa finita est’ (cuando Roma ha hablado, la causa está terminada), dando así por terminada la disputa sobre la constitucionalidad o no de la mencionada ley de la amnistía.

Pero la historia nos ha demostrado que los tribunales de justicia españoles, si tienen algún factor común definitorio, es la falta de autoridad moral e independencia. Así hemos visto cómo esos tribunales constitucionales recortaron el Estatut de Catalunya (votado por los catalanes, y por el congreso de los diputados, tras un grave cepillado y, finalmente, sancionado por el rey); asimismo, vimos que el tribunal supremo retorció todas las leyes precisas, para condenar a nuestros líderes; y ahora vemos cómo siguen expoliando las obras de arte del MNAC.

Y la prueba definitiva de esa parcialidad judicial la hemos visto hoy, pues el tribunal constitucional ha fallado de acuerdo con los dos bloques: a favor, 6 magistrados ‘progresistas’ contra 4 de ‘conservadores’ (y eso, tras la abstención del ‘progresista’ Juan Carlos Campo; y apartar al ‘conservador’ José María Macías). Y, claro, el mantenimiento férreo de esos clichés nos hace desconfiar del valor de la sentencia; ya que cuando hay ‘obediencias ciegas’ a los ideales señalados al inicio del presente escrito, nos confirma que la sentencia, no es, técnicamente, objetiva, ya que se ajusta a creencias, pues no se contempla la posibilidad de alguna reconversión (en uno u otro sentido), tras una caída del caballo.

En definitiva, que todo son intereses, que siguen engañándonos, así que no podemos fiarnos, pues si bien la constitucionalidad de la ley de la amnistía es una buena noticia, como he señalado, no es la solución y, asimismo, deberá ir superando diferentes escollos y las argucias legales que vayan ideando los conservadores del tribunal superior, que siguen considerando, impertérritos, que la ley es arbitraria e inconstitucional, como muchos siguen pensando que el delito fue de sedición, a pesar de que la sentencia del maquiavélico Manuel Marchena no contemplase este delito. El dinosaurio Felipe González ha dicho que esa sentencia es ‘un acto de vergüenza, por tratarse de una autoamnistía, y que es un acto de corrupción política de Sánchez.

Y la confirmación de esos intereses la tuvimos ayer con Pedro Sánchez que, si bien se mantuvo firme ante Donald Trump y los demás miembros de la OTAN, en realidad, acabó firmando el documento acordado que implica el paulatino incremento del gasto militar hasta el 5% del PIB, que será evaluado en el año 2029. Sánchez justifica que tiene un acuerdo escrito con Mark Rutte, el Jóker de Trump, pero ese documento, en el supuesto de que realmente exista, nadie lo ha visto, así que se desconoce si hay letra pequeña. Y ya sabemos cómo se las gasta el tahúr de Sánchez.

Por todo eso, los independentistas catalanes no deberíamos caer en esas trampas de elefantes, e ir a la nuestra, pues mientras estemos bajo la bota española, no podremos ser lo que queremos ser. Y tampoco deberíamos caer en la falacia de que la política ‘es el arte de hacer posible lo imposible’. Si no hay presión, nunca se conquista (reconquista) nada.