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Mañana se cumplirán 311 años de la caída de Barcelona ante las tropas borbónicas de Felipe V; y es de suponer que, después de 14 meses de asedio, y en la víspera del asalto definitivo de 20.000 soldados, los habitantes de Barcelona debieron pasar unas horas tremendas, durísimas, pues muchos estaban heridos, igual que sus dirigentes Rafael Casanova, Antonio Villarroel, etc., y todos exhaustos y carentes de lo más básico, alimentación, municiones. Pero, aún así, en la madrugada siguiente defendieron la ciudad, calle a calle, hasta la caída final.
Y con la celebración de la Diada Nacional de Catalunya, conmemoramos y celebramos esa resistencia, esa determinación; no celebramos derrotas, como burlonamente nos dicen los herederos de los conquistadores.
Por eso, 311 años después, con una represión que siguen aplicándonos en todos los niveles, económico, cultural, de libertades y, para más INRI, teniendo, desde hace un año, a un nacionalista español como president de la Generalitat, no podemos ni debemos desistir. No podemos ni debemos traicionar a los defensores de Barcelona, a los que murieron y a los que sobrevivieron a un coste durísimo. No podemos ni debemos olvidar sus sacrificios, y los de muchísimos conciudadanos que, en esos más de tres siglos, han seguido trabajando para mantener el imaginario colectivo que representa la pérdida de nuestros derechos, instituciones, lengua, etc.
Es evidente, y así lo hemos constatado, que las emociones y los sentimientos oscilan, fluctúan, presentando momentos de expansión, de auge, y otros de contracción y depresión; y hemos vivido que momentos de recuperación y alegría, como el 2017, han comportado una profunda crisis posterior, que todavía dura.
Y sabemos que no hay salidas ni soluciones mágicas; la historia nos ha demostrado que los débiles, sistemáticamente, somos los perdedores. Por eso, el reto es conocer nuestras debilidades, y trabajar para superarlas, sin perder las esperanzas, ya que hay ejemplos, incluso en la Biblia, como David contra Goliat, que nos enseñan que las habilidades pueden suplir la fuerza bruta, y permitir la victoria. Pero sería infantil soñar con ese tipo de soluciones, pues el estado español, acorazado y respaldado por la UE, nunca permitirán nuestra autodeterminación.
Por eso no nos queda otra que seguir trabajando, perseverando para defender nuestra lengua, costumbres, en definitiva, nuestra historia.
Hay catalanes nacionalistas españoles, como Illa, que defienden trabajar pensando en el futuro, olvidando el pasado (que, despectivamente, llaman política del retrovisor), y a ese planteamiento le llaman constructivo y lo consideran positivo, en contraposición del que planteamos otros, que no queremos olvidar el pasado, nuestra historia, de donde venimos, lo que queremos recuperar, y tampoco queremos olvidar a los que nos han reprimido y siguen haciéndolo. Pero esa segunda opción no imposibilita pensar en el futuro, pero un futuro radicalmente democrático, en el que los catalanes tengamos la libertad de autodeterminación, es decir, de ser ciudadanos con capacidad jurídica para decidir libremente nuestro futuro.
Y en ese contexto puntual actual, vemos que muchos independentistas catalanes estamos desmotivados, deprimidos; pero, aún así, muchos seguimos manteniendo un mínimo de ilusión y de esperanza; mientras que otros, también muchos, han bajado los brazos y, con la bandera del pragmatismo, se han retirado a los cuarteles de invierno, es decir, al sofá de sus casas o, peor todavía, facilitando la victoria de los españolistas, mediante la abstención o el voto de castigo a los partidos independentistas.
Por todo eso, hago un llamamiento a recuperar la ilusión, cuanto menos, para manifestarnos mañana, para no dar una nueva imagen de derrota, pues una débil concentración, será leída, maliciosa e interesadamente, como una demostración de nuestra ‘domesticación y normalización’.
Y para finalizar con una nota ‘mágica’, me parece interesante volver a citar, nuevamente, al filósofo y político Alexandre Deulofeu i Torres (1903 – 1978) que, tras estudiar los ciclos históricos de los grandes imperios y civilizaciones, vaticinó la desaparición del poder centralizado español, que se producirá, según sus cálculos, el año 2029, pues, según sus cálculos, la duración de esos grandes centros de poder es de 550 años como media (en línea con las teorías de Oswald Arnold Gottfried Spengler (1880 – 1936) y Arnold Joseph Toynbee (1889 – 1975)).
Pero, como he dicho, no podemos quedarnos en el sofá, manteniendo nuestro nivel de confort, y esperar que caiga la fruta cuando esté madura, pues, como dijo Pablo Ruiz Picasso (1881 – 1973), ‘la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando’.