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Zapatero a tus zapatos

Amadeo Palliser Cifuentes

Amadeo Palliser Cifuentes
amadeopalliser@gmail.com

Continuando con mi escrito de ayer, y viendo la ingeniería financiera y empresarial del expresidente José Luís Rodríguez Zapatero, igual que otros muchos políticos, expolíticos, empresarios, etc., me parece interesante recurrir al origen de la frase que he tomado como título para el presente escrito, ya que, con toda seguridad, es ilustrativo.

‘El origen de este dicho, que se utiliza para aconsejar a alguien que no opine o juzgue más que de aquello que entiende, es recogido por Plinio el Viejo, en su tratado ‘Historia Natural’, que fue escrito en el siglo I. Según cuenta este historiador latino, Apeles (siglo IV a. C.), el más ilustre de los pintores griegos, era extremadamente exigente y crítico con su obra (…) y conocido por su meticulosa atención a los detalles y su disposición aceptar las críticas constructivas. Prueba de ello es que solía exhibir sus cuadros en la plaza pública y se escondía con disimulo detrás de ellos, para escuchar los comentarios y críticas de los transeúntes cuando se detenían ante sus obras.

(…)

En una de estas exhibiciones, un zapatero se detuvo frente a una de las pinturas de Apeles y criticó la representación de una sandalia, señalando que era demasiado ancha. Apeles, al escuchar la observación, decidió corregir el defecto, demostrando su apertura a las críticas cuando estas eran fundamentadas. Al día siguiente, el mismo zapatero regresó y comenzó a criticar otras partes del retrato, extendiendo su juicio más allá de su ámbito de conocimiento. Este comportamiento llevó a Apeles a intervenir, pues consideraba que las críticas sobre aspectos técnicos del arte debían provenir de expertos en la materia.

Ante las críticas infundadas del zapatero, Apeles salió de su escondite y pronunció la famosa frase ‘Ne sutor ultra crepidam’, que significa ‘zapatero a tus zapatos’. Con esta expresión, el pintor subrayó la importancia de opinar solo sobre aquello que se conoce bien (…)’

(https://share.google/awQWfZnTNrTIc9j70)

Todos, en todo momento y lugar, actuamos como el mencionado zapatero, pues opinamos más allá de nuestros conocimientos; y ya no digamos la prensa, las tertulias, etc., que están saturadas por ‘opinalotodo’, que se presentan como especialistas en pandemias, en volcanes, en economía, en fraudes y crímenes, en definitiva, sobre cualquier tema que, puntualmente, esté en el candelero de los medios, como, por ejemplo, ahora, la muerte de Isak Andic Ermay (1953 – 2024) fundador y principal accionista de Mango y de uno de sus hijos, Jonathan Andic Raig; o como los negocios de lobista, comisionista o de consultoría realizados por el expresidente José Luís Rodríguez Zapatero.

Asimismo, vemos que hay políticos, expolíticos, jueces, policías, y profesionales en general, que, por su prepotencia, se consideran expertos en todas las áreas, incluso las que son lejanas a su propio ejercicio profesional, cuando la realidad es que su valor se reduce a su agenda de contactos en todos los órdenes, por su poder de influencia respecto a funcionarios de todo tipo y nivel (presidente, ministros, directores generales, etc.), y esto, roza la corrupción, por difícil que sea probarla.

Por todo ello, nos encontramos ante dos fenómenos coincidentes: la acción prepotente de unos, y la reacción morbosa (envidiosa y vengativa) de otros. Y esas características humanas son antropológicas (del griego ‘anthropos’ y ‘logos’, estudio del ser humano), así que no nos deben extrañar.

Ahora bien, si actuásemos racional y conscientemente y, por lo tanto, de forma ética y moral, deberíamos actuar críticamente, y ponderar, adecuadamente, toda la información que nos invade. Y, en primer lugar, mirar a quién beneficia (cui bono) tal o cual noticia, es decir, que deberíamos tener una visión heurística (global), pues es evidente que igual que en el caso de un crimen, debemos indagar sobre su móvil, las coartadas de los testimonios y, poco a poco, ir descartando hipótesis y prejuicios. Y siempre, respetando los principios básicos de la legalidad, la objetividad, la eficiencia, la proporcionalidad, la honradez, etc.

Pero en este momento de hiperinformación superacelerada, mejor dicho, de infoxicación, vivimos saturados, especialmente por las fake news; y la estelar noticia de hoy, apenas dura unos días, pues será sustituida por otra más fulgurante y, así, se consolida la cadena que nos tiene sujetos al sofá de casa, y va conformando nuestra actitud acrítica.

Por todo ello, sería instructivo recordar la actitud del mencionado Apeles, ante las críticas del zapatero. Y eso no quiere decir, en absoluto, que desatendamos todos los inputs que nos llegan, si no que los contrastemos debidamente, buscando una aproximación a la objetividad, de por sí, imposible.

En definitiva, que no perdamos el tiempo que nos queda, con interpretaciones superfluas, malintencionadas e interesadas, pues no es inocuo el momento en el que aparece cada noticia, ya que siempre es para tapar otra anterior, para perjudicar / beneficiar, como recomienda el mencionado concepto ‘¿cui bono? (del censor y cónsul romano Lucius Cassius Longinus Ravilla (n. 170 a.C.) y popularizada por Marcus Tullius Cicero, 106 a.C. – 43 a.C.) y, también, el concepto ¿cui prodest? (de Lucius Anneus Séneca (4 a.C. – 65) y Publius Ovidius Naso, 43 a.C. – 17), es decir, a quién beneficia y quién saca provecho.

Séneca utilizó la expresión ‘cui prodest’ en Medea (acto primero, escena primera, versos 500-501): ‘Cui prodest scelus, is fecit’ (aquel que se beneficia del crimen, es el que lo ha cometido).

Es evidente que los autores de las tropelías, sean las que sean, son los principales culpables del delito, del que se benefician directamente; pero, después, siempre hay toda una corte celestial de pelotas y beneficiados directa e indirectamente, que forman toda una constelación manipuladora para conseguir, también, sus deseos, ya sean su propio beneficio o el perjuicio de sus enemigos.

Y en ese teatro del mundo, como lo denominó Pedro Calderón de la Barca (1600 – 1681), en su obra ‘El gran teatro del mundo’ (1634), deberíamos evitar ser meros titiriteros, que nos tragamos todo lo que nos echan, que nos conformamos con la basura, el detritus que generan, para que actúe como el soma (un tranquilizante narcótico), la droga proporcionada por el estado, en la novela distópica ‘Un mundo feliz’ (1931), de Aldous Leonard Huxley (1894 – 1963)

Hemos de ser conscientes que ese mundo feliz no existe ni existirá, y que es más incómodo y laborioso, intentar contrastar las noticias con fuentes que nos merezcan credibilidad, pero, aún, así, no dejar de desconfiar, pues, incluso las mejores fuentes actúan según el ‘quid pro quo’ (algo a cambio de algo), y ese algo, siempre somos nosotros, nuestro tiempo, nuestro conformismo, nuestra pasividad, etc.